las-insoladasHay malas películas, hay películas aburridas, hay películas feas, y hay otras sin gracia. Hay películas mal actuadas y las hay ideológicamente reprochables. Las hay manipuladoras, tontas, ingenuas, solemnes. Lo que se ve muy poco es un director que no tenga la menor idea de cómo hacer una película. Gustavo Taretto ya lo había demostrado en Medianeras. Misteriosamente algunos críticos, que padecen ataques de indignación histriónica ante cosas sensiblemente menos graves,  la consideraron una buena película, incluso una muy buena y hasta excelente.

Taretto hace planos de colores y cree que es Almodóvar, hace personajes reconocibles y cree que es costumbrista, inserta trilladas reflexiones como “Buenos Aires le da la espalda al río” y cree que es culto y profundo. Escribe personajes estereotipados y cree que es sarcástico, les agrega unos TOCs y cree que los hace entrañables, los hace decir chistes y cree que hace comedia. No hace más que probar que el costumbrismo, la comedia, el sarcasmo y todo lo que hace a una película son algo más que sus tópicos y clichés: son asuntos más complejos que crecen en otro lado.

Tanto Medianeras como Las insoladas no son más que una colección de guiños. No basta con que aparezca Lanata, además tiene que prender un cigarrillo. Si alguien nombra a Menem todas se tocan la teta izquierda, ¿una vez?,  no, tres veces.

La aparición del tilingo de Lanata en Medianeras no es un dato menor. Taretto hace películas lanatianas donde el alma no está nunca en juego porque está siempre resguardándose de dar un paso en aguas demasiado profundas, resaltando las miserias ajenas para no arriesgarse a encontrarse nunca con las propias.  El mismo compromiso vacío y descomprometido, la misma alusión a un interlocutor perteneciente a un grupo de avispados que no se dejan engañar como la gilada, que no se dejan emocionar con pavadas, en fin,  que no se dejan.

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La palabra superficialidad suele usarse para referirse a lo que no aborda temas profundos o importantes o serios. Es un adjetivo del que se ha apropiado una clase social que se cree parte de una elite cultural. Las películas de Taretto nos dan la posibilidad de recuperarlo porque son una muestra perfecta de superficialidad. Todo lo que sucede en ella es eso que vemos en la superficie. Hasta es difícil suponer las tres dimensiones. Los personajes no tienen pasado, no tienen deseos (más que los manifiestos), ni angustias escondidas, ni futuro, ni podríamos imaginarnos como actuarían en otras circunstancias, ni nos interesa. No construye mundos propios ni evoca alguno conocido. Todo está ahí al servicio del instante.

De todos modos algo tendrá para ser aplaudido por los críticos, para que Haciendo cine haga una tapa con Las insoladas, para que seis muy buenas actrices quieran trabajar con él. Y tan buenas son que se nota que son buenas incluso empantanadas en esos diálogos duros, todavía pegados a los modos de la palabra escrita. A pesar de los personajes estereotipados y chatos con los que lidian, todas logran mostrarse. Carla Peterson y Maricel Álvarez imponen su personalidad. Marina Bellati nos hace creer que es tan gris como su personaje. Elisa Carricajo la tiene muy difícil con un personaje horrible que sirve como ejemplo de todo el cine de Taretto. Es un estereotipo de estudiante de psicología new age, pero como el director le tiene miedo al ridículo y no se anima al grotesco, solo puede burlarse de ella, y como no tiene cariño ni profundidad, queda forzada y sin gracia en un intento torpe de costumbrismo cómico. Luisiana Lopilato tiene gracia, es fresca y liviana, ya encontrará su película. Violeta Urtizberea protagoniza el único momento que parece vivir por fuera del guión en toda la película: cuando relata un ofrecimiento para hacer una porno.

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En definitiva la película agobia con una introducción de treinta minutos cuyo único momento intenso es cuando deducimos con horror que todo transcurrirá en esa tarde, en esa terraza y con esas conversaciones. Sigue una hora de lo mismo interrumpida cada quince minutos con un “¡Chicas, se me ocurrió una idea!” y salpicada de fotos de publicidad de Coca Cola y burlas hacia la ignorancia de los personajes, con la supuesta complicidad del espectador tilingo. Al menos no aparece Lanata.

Las insoladas (Argentina, 2014), de Gustavo Taretto, c/Carla Peterson, Luisana Lopilato, Violeta Urtizberea, Elisa Carricajo, Marina Bellati, 102′.


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