Si la música de Britney Spears nunca te llamó la atención, es más, si procuraste esquivarla cada vez que escuchabas sus canciones, es difícil que te conviertas en espectador de este documental. Pero si algo de tu morbo te empujó a mirarlo, es probable que lo veas completo. Britney vs. Spears, por suerte y desgracia a la vez, no trata sobre su carrera artística. Esta nueva y necesaria producción de Netflix, digámoslo sin vueltas, trata sobre cómo la mierda humana del padre Spears le cagó (por lo menos) trece años de su vida a Britney.

La estructura del documental se protege con la trama. Y ese no es un logro del director ni de los productores: es la atracción que el caso genera por sí solo. Por eso, pese a algunas fallas narrativas —la más perjudicial es que el documental cree que todos los espectadores conocen la carrera de Britney Spears—, al ritmo irregular del relato y a varias cuestiones confusas, como lo son algunos detalles legales que los entrevistados afirman pero escapan al saber común, el lado oscuro de la biografía que se denuncia salva el resultado. Incluso hay algo llamativo, que bien podría ser otra mala crítica al documental, pero que quizá se trate de un desafío imposible, que se condensa en los trece años que le costó a Britney liberarse: ¿Quiénes son en definitiva los malos? ¿Qué se engloba del otro lado de ese “VS” del lado Spears de la contienda?

Si nos sentamos frente a Britney vs. Spears sin conocer nada de su historia, el hecho de que el padre sea un malnacido no se capta desde el principio. Empezamos a detectarlo, no demasiado sutilmente pero sí paulatinamente, pasados algunos minutos. Primero, prende las alarmas el testimonio de una compañera de Britney que aclara no querer ni nombrarlo. Luego otra, que incluso parece tener miedo de pronunciar su nombre: con gestos se niega a emitir alguna palabra sobre el señor Spears. Cuando los entrevistados se van sumando y absolutamente todos lo omiten, y en la misma línea se llega al final, nos damos cuenta de que ni siquiera el propio documental se atrevió a profundizar en la figura del padre, por lo que la conclusión inconsciente que sacamos es que James Parnell Spears no sólo es capaz de explotar a su hija tanto tiempo sino que vez también tiene la fuerza suficiente para enfrentarse y ganarle una contienda a Netflix.

En resumen, la historia es así: a principio de su estrellato, Britney Spears es declarada, a instancias de su padre, insana mental, incapaz de valerse por sí misma. Entre otros garrones, esto implica que le quitan la tenencia de sus hijos y que se le asigna un tutor. En apariencia, a juicio de los medios masivos de distorsión social, las razones estarían vinculadas al consumo de alcohol, o drogas, o a las típicas razones que en nuestro país atrapan a televidentes de Rial o algún despreciable similar. Para ejemplificar, el documental muestra algunas imágenes de archivo televisivo, como por ejemplo una en la que Britney maneja a alta velocidad y pasa un semáforo en rojo. En ese momento la cronista grita: “Oh my God, she´s crazy”. Imaginen si en Argentina declaráramos insanos a los que pasan en rojo. Volviendo a la película, Britney puede funcionar de modo impecable arriba de un escenario, en una gira, puede también ser un engranaje aceitadísimo de la máquina musical destruye sesos, pero no puede administrar sus cuentas, comprarse una casa con los millones que generó, ni decidir sobre sus hijos. El documental pone su atención en ese punto, en ese litigio ilógico que subyace a su supuesta incapacidad, en esa insanidad que no logra comprobarse porque la justificación se esconde detrás de decrépitos profesionales vestidos de traje: tutores, médicos, abogados, jueces, y a la cabeza el propio padre de la artista. Por el contrario, algo que sí se muestra en la película es cómo Britney debe vivir de manera “austera” (en función del dinero que genera), mientras los cerdos mencionados anteriormente engordan sus fortunas.

Hay un cerco, un muro, algo hermético que protege a papá Spears. Y aunque lo primero que uno imagina es una torre de dinero, ese blindaje seguramente podría desmenuzarse en otras cuestiones. Otras razones, otros causales. Para una de las periodistas que conduce Britney vs. Spears, ese monstruo es el patriarcado. Pero ni el documental se anima a reafirmar esa teoría, que solo se desliza apenas una vez. Del mismo modo, esta nota imagina que si este sujeto hubiese sido, por ejemplo, el padre de Michael Jackson, los productores documentarían la misma trama siniestra. De poder encontrar a los responsables de este robo de vida, entre otras conclusiones, seguramente desfilarían hombres y mujeres. Entonces pensemos, preguntémonos: ¿a qué se dedica el papá de Britney? ¿Quiénes construyen ese muro impenetrable? Lamentablemente, el documental no logra ver más allá de ese horizonte.

A dinosaurios como el que suscribe esta nota, las letras de las canciones de Britney no le levantaron sospechas. Pero parece que sus últimos hits venían por ese lado, el de gritar a cuatro vientos su verdad. Incluso, en algunas de sus apariciones en público, donde la estrella pop intentó saltar el cerco, quitarse el bozal, penetrar en las cámaras que solo venden cáscara, se pueden, hoy con el diario del lunes, ver los truncos pedidos de auxilio. El documental expone algunos de esos llamados, y en definitiva puede que haya funcionado como un salvavidas en lo legal, en relación a las auspiciosas notificaciones que la artista recibió muy poco tiempo después del estreno, pero los trece años de vida que le robaron no se los devuelve nadie. Y de ahí se desprenden las sensaciones que construye el documental con el correr de los minutos. Entre otras, se mezclan la angustia y la furia. Y es imposible no imaginar cuántas otras personas pueden estar sufriendo algo similar.

De la vida artística casi ni se habla. Solo cuando sirve para situar algún momento importante de la lucha legal. Es raro ver un documental sobre una cantante en la que casi no haya música. En cuanto a la tibieza con la que el documental ataca al padre, o escarba en él, seguramente sea el termómetro de todo lo que le falta destruir a esta sociedad en la que vivimos. Y eso que nos estamos refiriendo a la vida de una mujer conocida en casi todo el mundo. No es demencial pensar que si se tratase de una desconocida, el documental estaría catalogado junto a otros policiales de crímenes. Pero, famosa y todo, Britney, que sacó no sé cuantas canciones, trabajó con no sé cuántas empresas, fue atravesada por el lente de no sé cuántos programas televisivos, aclamada por millones de fanáticos… jamás tuvo voz. Quizás el mal sea esa torre de billetes. Ojalá fuese eso nomás. Queda claro en este documental que son muchos engranajes juntos los que por mucho tiempo se han negado a desalinearse y salvar a una persona. Insistimos: ¿quiénes construyen ese muro impenetrable?

La sensación final es que hemos asistido al interior de un puterío. A una mecánica idéntica a la que esclaviza a una mujer y la pone contra su voluntad para beneficio de terceros, y al servicio de las necesidades sexuales de otros a los que poco les importa la vida detrás de esa tarifa que pagaron. Es otra clase de prostitución, de esclavitud, de trata de personas. Siguiendo el hilo de esta comparación, sin sexo de por medio (por lo menos no se menciona), en este documental hay que señalar a los personajes. Sin dudas, la “puta” sería Britney. Su papá, el proxeneta. El ejercicio final es dejar de mirar para otro lado y hacer la lista de los clientes y proveedores que construyen ese muro impenetrable.

Puntaje: 5/10

Britney vs. Spears. (EUA, 2021). Dirección: Erin Lee Carr. Guion: Sloane Klevin. Fotografía: Shane Sigler, Megan Stacey. Edición: Jason Sager, Tim K. Smith. Elenco: Britney Spears, Erin Lee Carr, Jenny Eliscu. Duración: 93 minutos.


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