judi-dench-philomenaPhilomena es una película placentera, reparadora y reconfortante, sin que nada de ello implique el cultivo deliberado de la ignorancia, la negación del mal, la evasión de responsabilidades, o la condescendencia sentimental. «Inspired in true events”, cuenta los hechos con la eficacia del relato cinematográfico clásico, forma de comunicación eficaz y emotiva, sin abandonar el realismo y añadiéndole comentarios que complementan analíticamente lo que la síntesis ficcional dejó afuera para no perturbar la ilusión.

La mujer vieja que lee novelas románticas seriales y disfruta de Mi abuela es un peligro (Big Mama’s House) con Martin Lawrence y el escritor de ensayos políticos e históricos encarnan esos dos sujetos y unas cuantas dualidades más: la fe y el ateísmo es una de las más evidentes, la cordialidad interesada y la misantropía lúcida es otra, además de distintas formas de relacionarse con el dinero según la clase social. El bordado de ninguna de ellas es burdo ni aspira a ser total, así como ninguna de estas cuestiones se plantean en el marco abstracto de la alegoría, sino en el contexto de situaciones concretas vividas por personajes y a través de palabras pronunciadas por cuerpos.

Coogan por partida triple (más autor que nadie de esta película en tanto actor, productor y guionista junto a Jeff Pope), Dench, y la transparente dirección de Stephen Frears presentan una comedia justa, sobria, segura, llena de diálogos brillantes funcionales al relato y a los personajes. La razón por la que esta mujer no vio a su hijo en los últimos cincuenta años es una cuestión personal pero también social, vale decir política aunque ella no lo entienda de ese modo a causa de la influencia ideológica del catolicismo. La educación liberal del protagonista no está exenta de falta, pero no en el sentido de pecado, sino de carencia. Esto no significa que la película iguale las diferencias para evitar la toma de posición o que la oculte especulativamente para no ofender a nadie.

El Frears de Ropa limpia, negocios sucios, Susurros en tus oídos, Sammy y Rosie van a la cama e incluso Relaciones pelígrosas (ya en EE.UU.) puede haber perdido el pelo pero no las mañas, eso que caracteriza al personaje de Steve Coogan (fabuloso Tristram Shandy de Winterbottom), quien con su inoportuna franqueza, acantilada cortesía, ligera depresión, una medida de egoísmo imprescindible para entender al otro e insobornable anticlericalismo, que debe entenderse como rechazo de toda cerrada omnipotencia corporativa, materializa el punto de vista del director. Nadi reniega aquí de su creencia, pero una de las partes habrá de reformulársela más existencial que formalmente, y en esa distinción radica la validez ética de la película.

La apuesta secular de Philomena por la convivencia entre partes en continuo comercio es claramente política, y en su sentido último entiende el sentimiento religioso pero rechaza su institucionalización, que siempre exige sacrificios colectivos más o menos cruentos. Cuando Coogan pronuncia la expresión latina quid pro quo en el erróneo pero usual sentido de una cosa por otra está exponiendo la necesidad de transacciones, tratos o trueques para vivir en sociedad, sin que esto implique una ocultación de hechos legalmente punibles, aún cuando estos puedan ser justificados por la alienada víctima.

Lo que la película –y Frears a través de ella- ya no tiene es la rabia –fabulosamente expuesta por el cine político italiano- entendida como una impostergable, casi hormonal necesidad de actuar incluso violentamente para alterar un orden injusto. No la distorsiona igualándola al abuso de poder institucionalizado sino que advierte sobre los costos psíquicos de ella sobre una determinada persona en una determinada circunstancia. De hecho, un arrebato transgresor es lo que permite acceder a –o confirmar- los hechos en cuestión así como la verdadera e inmodificable cara de la pasión punitiva religiosa.

 
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Paula Vazquez Prieto me señala que la pata secular del tráfico humano denunciado por Philomena no está suficientemente expuesto, y es posible que le falte énfasis porque el enfoque escogido es el de la parte que no ha conseguido emanciparse, pero se indica con toda claridad, o al menos con la suficiente como para que reparemos en ella. Acaso lo que sucede es que la Iglesia Católica sea un actor social más ostensible, centralizado y ubicable que el de las huidizas entidades mercantiles. En todo caso, el protagonismo de la administración de Reagan podría constituirse como un blanco indirecto de la puesta en escena si no fuera porque las distinciones entre medidas económicas republicanas y demócratas no parecen ser el centro de atención.

Este se desplaza a la cuestión de la maternidad y la elección sexual. En la resolución de la primera no puedo dejar de pensar que la británica película de Frears le dedica un muy diplomático y quizás filial “hijos nuestros” a los EE.UU. La segunda da pie para la exposición de las contradicciones inherentes a toda identidad, como en el caso del personaje republicano y homosexual. Ambas son materia de discusión biopolítica, y aquí es donde la decisión de cubrir una “historia de interés humano”, que el protagonista rechaza porque quier escribir sobre la historia de Rusia, deja de ser la concesión que le parecía al principio –algo parecido a lo que me pasó con la entera película- para transformarse en un poderoso agente de intervención política y posible cambio (como en la aún mejor El solista del también británico relacionado al cine estadounidense Joe Wright).

Además, el sentido de esa elección no se cierra con la última imagen de la ficción sino en los créditos, cuando nos informan que el alter ego no ficticio del protagonista finalmente escribió varios libros sobre Rusia. Al margen del sofisticadamente rojo sentido del humor del gesto, la dialéctica de la película se extiende entonces hasta los títulos y no hace más que abogar por una lógica estratégica de la acción social a largo plazo en lugar de alentar irresponsablemente extremismos pírricos. De allí el placer nada culpable que contagia su inteligente y pragmático inconformismo.

Philomena (Reino Unido / EE.UU. / Francia, 2013), de Stephen Frears, c/ Steve Coogan, Judi Dench, Sophie Kennedy Clark, Sean Mahon, 98’.