Una_segunda_oportunidad-738163000-largeAtención: Se revelan detalles del argumento.

Algo huele a podrido en todos lados. La producción dinamarquesa Una segunda oportunidad (título tan lelo como tramposo pero, bueno, si de trampas hablamos así venimos desde el vamos) abre a portazo puro e interpela/arrastra al espectador de las solapas junto con la irrupción de dos canas en la mugrienta vivienda de una pareja de drogadictos que tiene a su bebé en condiciones infrahumanas mientras ellos están en pleno cóctel de saque y violencia conyugal. Se llevan a los tres, pero luego la justicia decide que no hay acto criminal y vemos -una, otra y todavía otra vez más- escenas similares, al tiempo que un “ingenioso” montaje de opuestos nos alecciona sobre este mundo binario donde Andreas (Nikolaj Coster-Waldau), uno de los detectives, rubio y esbelto, vive en una hermosa casa junto al mar (qué bien les va en Dinamarca a los polis de civil) en absoluta felicidad junto a su mujer y a su bebito, y su plenitud sólo es quebrada por el llanto nocturno del niño o una llamada a la misma hora para ir a buscar al choborra de Simon (Ulrich Thomsen), su solitario socio, que está a las piñas en un bar. La directora Susanne Bier presenta estos opuestos apelando por un lado a planos cerrados, opresivos, con colores recargados y ambientes mugrientos, frente a los espacio amplios, modernos, de grandes ventanales donde se filtra la luz y un bucólico parque alrededor, y los sopapos y despojos son reemplazados por susurros y abrazos. Tanta bandera no puede sino anticipar -y a los gritos- que se viene una lección para los protagonistas y para uno, que espía este partido desparejo entre la sordidez y la prosperidad humana. A agarrar el cuadernito.

“Tengo la reputación de un cirujano, porque no pueden sentir el corte, parece simple pero es un arte, a nuestro estudio lo llaman el hospital porque hace dinero con los enfermos, dejamos que la gente sea ella misma, no hay truco” (Peter Gabriel, The Barry Williams Show).

Televicios. La Bier y el guionista Anders Thomas Jensen vienen con antecedentes de ser parte del colectivo Dogma. No tiene sentido aquí volver sobre vetustísimas disputas acerca de la insignificancia de este movimiento para la historia del cine. Podemos entrever que lo han dado por muerto ya que al menos en Una segunda oportunidad todo huele a gastados recursos de thriller estadounidense (hasta hay un interrogatorio con el típico good cop/bad cop) combinado con un show grotesco, donde cada secuencia compite a cual más extrema y gráfica, disfrazado de drama con análisis de la conducta humana en situaciones límite: la felicidad de Andreas y familia se trunca de la forma más cruel y él buscará por cualquier forma reparar lo irreparable, aunque sea potenciado por su indignación ante los resortes de la justicia, y aquella pareja y su inmerecida paternidad. La moraleja es que todos podemos convertirnos en monstruos si la desesperación nos gana. “Aún la gente normal”, pareciera subrayar, perverso, el guión de Jensen que, encima, mete vueltas de tuerca inútiles para que tanta desgracia armonice.

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Flor de novedad entonces la que nos cuenta la película de Bier, que, después de una primera media hora de azotes vs. caricias, se convierte en una hora más de descensos al infierno, contada con aquel afán didáctico y aleccionador tan similar al de los programas televisivos, ya no sólo policiales sino generales, donde, con la excusa de exponer sobre la cruda realidad de la violencia de género y el flagelo de la droga, se largan a un vale todo testimonial con agudos editoriales periodísticos de sermón mirando a cámara. Cualquier degeneración a más descabellada o indignante cae a la parrilla del noti como una buena molleja.

La morbosidad de Bier, tanto visual como de manipulación de sus personajes, siempre toma rehenes, además del aguante del espectador: los cuatro protagonistas sufren in crescendo y en cada secuencia hay un bebé, así sea tirado en el suelo nadando en su mierda y llorando, o llorando en una cuna de lujo, o muerto, o bajo una sábana, o sacudido y siempre ocupando el centro del plano. Ningún justificativo para el razonamiento pueril, ramplón de Una segunda oportunidad sobre las bajezas humanas, intentando como broche de oro un final abierto de redención. Al final, después de semejante menú de atrocidades, no somos tan bestias.

Una vez más aparece, profética, aquella frase de Boris Karloff en Targets, de Peter Bogdanovich, en la que se lamentaba por el eclipse del horror de ficción ante una realidad apabullante.

Una segunda oportunidad (En chance til, Dinamarca, 2014), de Susanne Bier, c/ Nikolaj Coster-Waldau, Ulrich Thomsen, May Andersen, 102′.


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