Nazareno baja desde las montañas, trotando alegremente entre riscos y peñascos. Muchachito natural, queda claro que viene en estado de inocencia, incontaminado por el mundo; su prensecia de hijo de la Naturaleza contrasta con la fealdad y la sordidez. El mito saltarín y candoroso viene vestido con estilizada sencillez: pulóver a rayas en cuidadoso degradé que va del azul al celeste pasando por el blanco; blue-jean atemporal y exquisitamente desvencijado. ¿Simplificación artística de una imagen del folklore? No: más bien imagen in, tal como la proponían las vidrieras de la Galería del Este, hace unos cinco años, en Florida al 900.

A Nazareno le suceden cosas curiosas. Baila una suerte de tarantela y el ritmo de la música lo va llevando hacia la fiesta aldeana. En medio de la vorágine con el lobizón asomándole ya por los ojos, descubre, entre vistosas llamaradas a Griselda, y baila con ella algo que podría entenderse como una danza demoníaca visualizada por los fotógrafos de Vogue.

Nazareno se enamoró, está claro. Arrobado, le dice a Griselda: “Sos increíble… sos increíble…”, en el mismo lenguaje que la guionista María Luisa Bemberg suele utilizar cuando sus personajes sofisticados tienen algo inefable para comunicar. Después la cámara ya embriagada de Leonardo Favio transmite su propia idea del júbilo amatorio: travellings enloquecidos, raudas cabalgatas a través de los campos, con los amantes encaramados sobre algo que parece un arado, pero –y la ilusión óptica no es casual- también puede semejarse a la práctica del surf.

Los contactos de Nazareno con el mundo son sencillos pero ese mundo que propone Favio no presenta grandes complicaciones: nada que ver con una imagen del Universo, reducida a una expresión escueta que preserve las contradicciones y la complejidad, sino una deliberada esquematización de las clases sociales, donde la pobreza resulta, en el fondo, un estado feliz, además de proporcionar un marco decorativo para deleite de la cámara.

Los aldeanos calcados de sus colegas de Transilvania, persiguen al lobo humanos y son vistos como jauría indiferenciada. El Diablo, sintomáticamente, no es solamente malo, sino también rico, de ahí el apodo de poderoso: un potentado quejoso y desdichado, a quien las riquezas parecen pesarle y que le pide a Nazareno, en un pequeño desliz fáustico que Favio le agrega a la historia, que interceda por él ante Dios.

Está claro: la reconciliación del Bien y el Mal vendría ser un acuerdo de superestructuras, vehiculizado por Nazareno en su rol de pueblo. Lástima que la realidad atente un poco contra el sencillo esquema de Favio: la mayoría de los ricos no tienen tantas ganas como su Poderoso de llegar a un acuerdo con Dios.

Inútil y vana la polémica sobre si Leonardo Favio tiene o no talento, porque Nazareno Cruz y el lobo propone desafíos más graves que la decisión sobre su aptitud o inepcia para el oficio que ejerce. Sí se encuentran, en cambio, elementos de juicio que las mismas imágenes aportan: una lágrima de Nazareno baja morosamente por su mejilla y un fundido la convierte en torrencial catarata. De esa original metáfora a los cuentitos para leer sin rimmel de Poldy Bird no hay más que un paso, así como no hay más que un paso -quizá el mismo- entre las agresiones en fortísimo de la banda sonora y esa “metralla de las sensaciones fuertes” que el escritor nazi Ernest Jünger proponía como arte poético del Tercer Reich.

Nazareno y Griselda se aman en interminables rallentados, entrelazan sus cuerpos en poses decorativas que armonizan con el verde del pasto y a Favio nunca le basta un solo alarido para demostrar que alguien sufre: multiplicados al infinito, esos alaridos tienen que pasar por los potentes amplificadores de Pholanex y ejercer luego su operativo terror sobre los tímpanos del público.

No es casual que esta ñoñería irracional apele tanto a los gritos, a las reiteraciones de seis o siete compases idénticos de música, a lo desaforado como norma expresiva: solo el ruido y la potencia ficticia podrían disfrazar la blanda sensiblería cómplice de su mensaje reaccionario.

Porque, ¿qué significa, en definitiva, el aullido melodiosamente dulcificado de Nazareno, frente a la marcha silenciosa que el indio boliviano emprendía, sin estridencias, en medio de un silencio aterrador, al final de Sangre de cóndor? ¿En qué difieren las visiones que el boliviano Jorge Sanjinés y el argentino Leonardo Favio presentan de los mundos místicos que subyacen, como fermentos latentes, en sus dos países?

Difieren, sobre todo, en la instrumentación ideológica; el mundo místico es, para Sanjinés, un estado del cual el hombre sale dificultosamente, mediante su toma de conciencia. Para Favio, a través de su héroe deliciosamente ataviado con un pulóver azul degradé, el foklore, por añadidura falsificado, no es sino un pretexto para proponer el inmutable y edulcorado mundo de la pobreza como el mismo Paraíso, un territorio que el hombre nunca debería abandonar.

Hay que repetirlo: inútil discutir si Favio tiene o no talento. Nada cuesta reconocer que es talentoso, quizá el más talentoso de quienes pueden, en estos momentos, darse el lujo de filmar.

Sí vale la pena, en cambio, recordar un poco la Historia y analizar un poco las circunstancias en que otro hombre de gran talento, el arquitecto Charles Perrault, exhumó, a pedido de Luis XIV, las viejas leyendas de Francia. Pulgarcito, La Bella Durmiente del Bosque y El Gato con Botas fueron reescritas por este talentoso literato a pedido expreso del Rey Sol y en su prefacio, Perrault aclara que usará el “moderno lenguaje de monsieur Racine”, lo que traducido a idioma contemporáneo equivale a filmar Nazareno en el idioma de Fellini.

También dice Perrault que “es útil recordar las viejas historias y difundirlas entre el pueblo, para hacerles olvidar un poco las hambrunas, los estragos de las largas guerras y otras calamidades con que la Divina Providencia quiso afligir al pueblo de Francia”.

Perrault cumplió su propósito. Espantado por las maldades del Ogro o por la perfidia de las hermanastras de Cenicienta, el campesinado francés olvidó por unos años las ollas vacías y anjacó de otra manera su hambre. Esas leyendas no solo gustaron a la plebe. Madelaine de Scudéry, exacta y chismosa cronista de Versailles, acota: “Su sencillez e ingenuidad eran muy apreciadas por el Rey quien vio bien que el Pueblo de Francia conociese esas fábulas. De noche se las hacía leer y no pasó mucho tiempo antes que hiciesen las delicias de toda la corte”.

Publicado en La Opinión el sábado 14 de junio de 1975 e incluido luego en Periodismo todoterreno, libro compilado por María Moreno y publicado en 2015.


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