A esta altura ya es casi un género en sí mismo esto de tomar una enfermedad terrible y reconvertirla en el motor de una historia conmovedora, incluso tierna. Supongo que es una forma de lidiar con eso, de romantizar un poco la situación para no caer en cierta desesperación.

En Vivir dos veces (María Ripoll, 2019), Oscar Martínez -imitando, por algún motivo, a José Sacristán- es Emilio, un profesor universitario de matemática ya jubilado y con un Alzheimer incipiente. Emilio, que teme olvidar al amor de su vida (un amor idílico infantil al que, según cuenta, negó por sus estudios), decide emprender un viaje disparatado junto a su nieta en busca de esta mujer.

Después de algunos enredos sin demasiada trascendencia, Emilio la encuentra.
La mujer, claro, tiene demencia senil, Y al verlo no lo reconoce. Pero no hay nada de qué preocuparse porque, cuando el Alzheimer avance, ambos van a tener la oportunidad de volverse a conocer. De ahí lo de “vivir dos veces” del título. Un espanto, sí, y tiene que resultarnos encantador. Por el tono, por regla del género.

¿Pero por qué ya estamos hablando del final de la película? Porque, claramente, es el final lo único que les importó a los realizadores. Ninguna de las historias ni los mismos personajes tienen otra razón de ser que justificar esta conclusión prefabricada.

Vivir dos veces intenta ser una especie de road movie irónica, ácida y familiar del tipo Little Miss Sunshine (2006, Valerie Faris y Jonathan Dayton) pero de ninguna manera logra acercase, ni en el tono ni en la solidez del argumento, incluso pese a ciertos elementos que podrían haberle dado más carne a este esqueleto, como la nieta (Mafalda Carbonell), todo un paquete de carisma en sí misma, pero con un arco argumental tan raquítico como el de sus padres. La madre (Inma Cuesta), una obsesiva del orden y controladora que siente desdén por el desdén de Emilio para con ella. Y el padre (Nacho López) es un punching bag construido para que te caiga mal (es un coach por internet, pero se aseguran de que entiendas de que es un fracasado en todos los aspectos posibles ¡es una comedia, che!). Finalmente, por algún aprendizaje que este viaje les va a dar -aprendizaje que se me escapa-, se van a separar. Pero está bien, porque el padre es un fracasado y nadie quiere fracasados, parece, además engaña a su mujer, para que no queden dudas de que este tipo es detestable. Nada de ofrecer algún matiz de carácter, algún detalle argumental relevante al tipo desempleado, es un garca y ya está.

La nieta, que es coja, también se conoce con un chico de internet y aprende que las apariencias no importan o algo así. Porque las moralejas ya las conocemos, ¿qué importa si aportan a la trama?

Lo importante es estirar la historia hasta ese final, donde Emilio ya no recuerda ni quién es él ni la mujer a la que buscó. Se vuelven a presentar y es re emotivo, porque es tratar a los ancianos como niños. Subestimar su experiencia de vida. La mujer es solo una fantasía, porque no sabemos nada de ella, salvo ese flashback al comienzo donde todo es tan idílico que no hay lugar para la naturalidad. Importa más el paisaje y el muelle que entender quiénes son ellos. Bah, ella es macanuda y quiere jugar con él, él quiere estudiar, ¿qué más necesitamos saber? Él es matemático, ¿para qué convertirlo en una persona? Ella es una fantasía, ¿para qué darle personalidad?

La ironía es que la película parece querer hablar, en cierto plano, acerca de humanizar las relaciones, pero ella misma carece del candor necesario para siquiera simular un cachito de humanidad. En definitiva, Vivir dos veces es, fundamentalmente, superficial, como ese encuentro que -cualquiera que conozca a alguien con Alzheimer lo sabe- mañana va significar absolutamente nada.

Calificación: 4/10

Vivir dos veces (España, 2019). Dirección: Maria Ripoll. Guion: María Minguez. Fotografía: Núria Roldos. Montaje: Nacho Ruiz Capillas. Elenco: Oscar Marínez, Inma Cuesta, Mafalda Carbonell, Nacho López, Isabel Requena. Duración: 101 minutos. Disponible en Netflix.


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