Un primer plano del cuello degollado de un cuerpo caído en el piso; deja ver una prenda de encaje rojo en la zona del hombro. La cámara acompaña el desplazamiento de la sangre hasta los pies del asesino, un joven que mira perplejo en medio de una multitud en un local bailable. Estas son las primeras imágenes de El Príncipe (2019), opera prima de ficción del realizador chileno Sebastián Muñoz, que está basada en la novela homónima (poco conocida) del escritor, también chileno, Mario Cruz.

Este comienzo, al recortar el rojo del encaje y de la sangre, ya nos sitúa en la lógica del crimen pasional, donde se unen muerte y sexualidad. Y si de entrada ya sabemos quién es el asesino, el director deja en claro que la línea que le interesa tomar es tratar de entender las motivaciones del joven para cometer dicho asesinato, así como dar cuenta de las consecuencias que se derivan para él. De allí que nos ahorra el aspecto policial y judicial, para pasar directamente a su vida en la prisión y constituirse como un drama carcelario teñido de elementos melodramáticos y eróticos.

Jaime (Juan Carlos Maldonado) comparte celda con un grupo de presos liderados por El Potro (Alfredo Castro), un hombre mayor que él y que detenta cierto poder en la prisión. La diferencia de edad entre ambos instala la situación entre el padre y su protegido. Su apodo de El Príncipe lo instaura en la línea de sucesión. El vínculo paterno-filial se deja ver en el punto en el cual El Potro no sólo cuida de él, sino que es quien lo introduce en la música, proveyéndolo de una guitarra, al tomar en cuenta su intención de emular la imagen de símbolo sexual de Sandro y su gusto por la ropa distinguida y refinada.

Esta posición de privilegio le brinda a Jaime beneficios, pero a la vez lo deja en un lugar de sumisión al amo. La posición pasiva de Jaime respecto de El Potro queda desnuda de entrada, a partir de las distintas órdenes que El Potro le da a su llega a la celda y la respuesta sin resistencia por parte de éste. En este contexto, la violación del comienzo implica para El Potro marcarlo como su mujer. Porque en la lógica del tipo machista, someter a un hombre, como se somete a una mujer, es signo de virilidad.

Muñoz acierta al plantear una estética erótica para su película. Esta decisión formal, tomada con sutileza y cuidado poético, elude la obscenidad pornográfica y está al servicio de poner en primer plano la ligazón entre violencia y sexualidad que subyace al vínculo entre varones, constituyéndose así las relaciones de poder a partir del homoerotismo.

En la infancia, durante el complejo de Edipo, para el niño soportar la posición pasiva respecto del deseo del padre hace a la posición viril; mientras que aquel que no pueda tolerarla y la rechace, responderá identificándose con el tipo violento, hacia las mujeres u otros hombres, como modo de reafirmar su virilidad. Lo que subyace al tipo machista es un profundo horror y rechazo a lo femenino, tanto en las mujeres como en él mismo.

El director muestra, a lo largo de la película, cómo la lógica del poder machista, fundada en el sometimiento feminizante mediante el uso de la violencia hacia otro varón, se da no sólo dentro del mismo grupo, sino en los distintos niveles del universo carcelario: en las disputa entre bandos, así como también en las vejaciones perpetradas por los guardia-cárceles durante las requisas. Porque no sea cosa que, al esbozar un gesto de ternura u de amor por otro varón, se queden del lado de lo femenino angustiante.

El vínculo entre El Potro y Jaime se va afianzando, a partir de que éste le cuente su historia y los antecedentes que lo llevaron a la cárcel. Así, conforme avanza la narración en presente, el director va insertando flashbacks que dan cuenta de la vida previa de Jaime y algunos fragmentos en voz en off en primera persona que le permiten conservar el espíritu del texto literario.

Huérfano de madre, Jaime vivía con su padre. En pleno despertar sexual, debutó sexualmente con la amante de su padre y comienza a sentirse atraído sexualmente por un amigo. Su amigo aparece como un personaje ambiguo, poco definido, que coquetea con la seducción homosexual pero a quien a la vez se ve con mujeres. La decepción amorosa es el signo de esta atracción que el director marca con los colores de la vestimenta de ambos, reservando las tonalidades del rojo para el objeto de deseo y el azul triste para el amante. Se trata de una relación signada por lo imposible, pues no sólo es no correspondida sino también prohibida por la moral sexual de la época. 

En este punto es donde se vuelve importante el contexto histórico de la película, que transcurre en San Bernardo en los años 70, en los albores de la asunción a la presidencia del político socialista Salvador Allende. La rígida y conservadora sociedad chilena identifica al varón con ese macho fuerte y dominante, que despliega su poder en torno de una mujer. En este contexto, la homosexualidad es profundamente rechazada, porque, caso contrario, implicaría convalidar los aspectos femeninos en un varón.

Hay varias planos en los flashbacks (en la escena sexual con la amante del padre y en la noche de detención con el amigo) donde el director desdobla la imagen de Jaime con su reflejo en el espejo o en un charco de agua. El desdoblamiento de la imagen de Jaime marca, desde la puesta en escena, la escisión entre aquello que se puede manifestar públicamente y lo que debe permanecer reprimido y se oculta en lo íntimo de sí mismo, pero pulsa por irrumpir en libertad. La paradoja que plantea el director es que en ese mundo aparte de la cárcel, amurado e invisibilizado del resto de la sociedad, Jaime encuentra un espacio nuevo donde asumir y desplegar en libertad su deseo homosexual, sintonizando el comienzo de una nueva etapa de la política chilena más esperanzada con la conquista interna del protagonista.

El amor es lo que introduce un cambio en la relación entre Jaime y El Potro. Las relaciones sexuales dejan de ser forzadas para pasar a ser consensuadas e incluso El Potro se permite ceder la posición de control dominante, para abandonarse en el goce y dejarse tomar por Jaime. Pero Jaime comienza a embrollarse en el conflicto subjetivo entre el amor y la lealtad hacia El Potro y la tentación del deseo respecto del jovencito El Rucio (Lucas Balmaceda), que pertenece al bando del argentino Che Pibe (Gastón Pauls), quien comienza a escalar en el poder al sostener el mercado interno de diversos objetos y provisiones. La codicia del Che Pibe, los celos de El Potro y los deseos homosexuales que bullen en Jaime construyen un trío de melodrama romántico como caldo de cultivo en el que se cuece la lucha por el poder. En este punto, el gato de El Potro, que se pasea por el otro bando (y que puede ser identificado a Jaime en el punto de aquello que tiene de indomesticable por el amo), el triste azul (que se torna cada vez más oscuro) de la vestimenta que identifica a Jaime y el tango «Pasional» entonado por Che Pibe, anticipan el trágico final, que resignifica el crimen del comienzo.   

En El Príncipe, Sebastián Muñoz, apoyándose en interesantes momentos de belleza estética y en un trío protagónico que brinda interpretaciones arriesgadas y convincentes, ofrece una mirada diferente del mundo carcelario, con claras reminiscencias al cine de Pasolini. La sordidez de la marginalidad tumbera asociada a violencia de las luchas internas por el poder, que dejan ver los clásicos y predominantes productos audiovisuales, aquí se esclarece por las tensiones de amor y deseo constitutivas que las subyacen. E incluso abre la pregunta por cuánto del desprecio y la censura hacia la homosexualidad siguen vigente en la conservadora sociedad chilena del presente.

Calificación: 7.5/10

El Príncipe (Chile/Argentina/Bélgica, 2019). Dirección: Sebastián Muñoz. Guion: Luis Barrales y Sebastián Muñoz (sobre la novela de Mario Cruz). Fotografía: Enrique Stindt. Montaje: Danielle Fillios. Elenco: Juan Carlos Maldonado, Alfredo Castro, Gastón Pauls, Lucas Balmaceda, Sebastián Ayala. Duración: 96 minutos.


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