Primera voz. María Luisa Bemberg definida por el peso de sus palabras, recuperada desde los archivos. De un lado, aparece un trabajo de recuperación de entrevistas televisivas y filmaciones de participaciones en mesas de debate; del otro, se ponen en juego una serie de archivos sonoros, grabaciones que el director Alejandro Maci realizó durante el proceso de adaptación de El impostor. La voz de María Luisa Bemberg escapa de los tópicos comunes de la promoción de sus películas para participar de otro tipo de significaciones. Los momentos en que se vuelve evocativa -la referencia a la niñez y adolescencia, a su rol como madre- sirven menos como apunte biográfico enmarcado por fotos familiares y filmaciones de época que como puntos de partida para desplegar una visión del mundo. Si la recuperación de esos tramos de su vida sirven para señalar lo que implicaba ser mujer en las décadas del 40 y 50 y remarcarlo desde la diferencia con los hermanos varones -la lista que hacían con su hermana de lo que ellos podían hacer y ellas no-, la referencia a su familia sirve para recomponer una insuficiencia o una parcialidad –“tener hijos no es todo para una mujer”- que funciona como complemento de ese planteo inicial. Hay allí, en un segundo instante en que se vuelve sobre el tema, un planteo que resulta crucial a la hora de entender al personaje y su visión. Dice algo así como que “procrear no es lo mismo que crear”. La creación asume, entonces, un papel liberador. No es solamente la necesidad de contar las historias propias, sino de hacer de estas historias un territorio que se apropia y se expone a la mirada del otro.

Segunda voz. O la misma, porque sus películas le permiten hablar de algo más. Algo que está presente en cada uno de sus films, pero que necesita del paso reafirmativo de la voz de su hacedora. Si esa voz explicita que comenzó a hacer cine por razones ideológicas, las entrevistas y comentarios que rescata el documental se ocupan de confirmarlo. La referencia a la presión cultural manifestada en su corto Juguetes, la descripción de la clase social tanto en Crónica de una señora como en Miss Mary, el cambio de la mirada sobre el amor y las instituciones familiares que estaban implicadas en Momentos y Señora de nadie, la necesidad de liberación de la mujer de los mandatos culturales, representada de manera más trágica en Camila y como reflejo de una persistencia en De eso no se habla, aparecen como centros de un nudo en el que se despliega esa necesidad de “ver el mundo desde un escenario”. De allí que no resulte extraña la referencia reiterada que hace a su propia vida como punto de referencia que deriva en el acto creativo que emprende. “Quitarle la monotonía a una vida que era siempre lo mismo” y “no puedo seguir viviendo una vida que me queda tan chiquita” son marcas en las que se apoya para comprender la relación entre su vida y la de los personajes que decide poner en pantalla. En ese recorrido, el documental pone en relación una serie de planteos que Bemberg exhibe y que son centrales en su visión sobre el cine y el mundo. “Hubiera sido inmoral que hiciera una película con un protagonista varón” señala como corolario de la realidad de que solo un siete por ciento de los directores de cine eran mujeres, pero ello se complementa con la claridad con que demuestra conocer la posición en la que se encuentra. “Si yo me equivocaba, me equivocaba por todas (…) no iban a decir que era mala, sino que las mujeres no sirven para hacer cine”. Ese poder representativo como mujer, se traducía asimismo en su lugar de clase pero desde una perspectiva crítica. Si en una asumía las posturas del feminismo como propias “en un momento en el que era una mala palabra”, en la otra, su pertenencia de origen le permitía volver su mirada hacia ella. María Luisa Bemberg no era la voz de la clase a la que pertenecía, sino que volvía sobre lo que la distanciaba de ella: “la gente de mi clase no hace cine y no tienen una mirada crítica sobre sí misma”. Como mujer en un mundo dominado por los varones, como una mujer de una clase social a la que cuestionaba, la voz de María Luisa Bemberg resaltaba -y aún hoy lo sigue haciendo- como una especie solitaria.

Tercera voz. María Luisa Bemberg como representación de las mujeres, traducida a través de los personajes de sus películas. Pone en ellas a mujeres que quedan solas, que son educadas de manera criminal para ser esposas o para ser recluidas en un convento, mujeres que se liberan desde el acto creativo y que son transgresoras, que le servían para abordar los tabúes culturales de la sociedad. La voz de Bemberg retoma en sus películas a mujeres que se liberan pero son vencidas, empezando a retratar desde otro lugar aquello que se negaba hasta ese momento. De allí que haya dos momentos cruciales en la recuperación del personaje. En el primero, la María Luisa Bemberg guionista para otros directores establece una postura que la diferencia de ellos. Lo que se manifiesta en un primer momento como una distancia con la mirada de Raúl de la Torre sobre el guión de Crónica de una señora -lo que va de narrar un enfrentamiento de clases a denunciar una educación perversa- se manifiesta de manera más contundente e involucrando también a Fernando Ayala, cuando señala que “yo busco una ruptura, un cambio, ellos no”. El segundo es, quizás, el rescate más notable del documental. María Luisa Bemberg estaba invitada al clásico programa “Función privada”. La amabilidad habitual del envío se trastoca en el momento en que Rómulo Berruti se arriesga a preguntar, de manera graciosa, por qué el machismo se ve como algo malo y el feminismo como algo bueno. Bemberg responde de manera contundente ante el azoramiento y la sorpresa de los entrevistadores que es porque “el machismo es fascista y el feminismo es antifascista”. En uno y otro caso, Bemberg desarma la lógica establecida y el discurso social plantándose en otro espacio: lo suyo no es una disputa ante un enemigo focalizado, sino un enfrentamiento ante un sistema al cual cuestiona e intenta modificar.

Cuarta voz. Si la Bemberg de las entrevistas televisivas y la de las conversaciones con Maci forman un corpus sin fisuras, hay una voz que el documental muestra pero no utiliza, provocando su enmudecimiento. La profusión en pantalla de textos publicados en la prensa escrita ya sea bajo la forma de críticas o entrevistas, sin embargo, es utilizada solamente como un elemento visual, como un relleno más del relato que termina más emparentado con las fotos familiares que con lo textual. La pregunta que sobrevuela es: ¿no había allí ningún elemento que sirviera para completar la voz propia de María Luisa Bemberg?¿no había ningún hallazgo crítico que pusiera el foco sobre algún elemento particular de su cine, desde otra perspectiva?. Y en ese caso, entonces, cabría preguntarse sobre la pertinencia del uso pictórico de un elemento que nació como puramente textual.

Quinta voz. Además de la voz de Bemberg rescatada del pasado, el documental retoma una serie de voces que trabajan sobre el apuntalamiento del recorrido que se traza desde su obra cinematográfica. Entonces, quienes aparecen es un grupo de gente que trabajó con ella y que, en un cierto punto, puede parecer algo acotado. Graciela Borges, Susú Pecoraro, Lita Stantic, Félix Monti, Jorge Goldemberg, Imanol Arias y Alejandro Maci aportan elementos que completan la mirada especialmente sobre la forma de trabajo de la directora -algo a lo que curiosamente, parecía no referirse demasiado en las entrevistas-. El efecto que esas participaciones generan es, sin embargo, paradójico. Por un lado, parecen entrar en el juego de complementación que permite un panorama más amplio sobre el personaje. Pero por otro lado, por momentos parecen interrumpir la fluidez del discurso construido a partir de la sucesión de entrevistas y momentos significativos de su obra. Esa sensación -que no obstruye, por cierto, los logros del documental- parece enraizarse en una posible indefinición sobre el objetivo de la película. Si éste fuera una recuperación de María Luisa Bemberg como figura de peso en la ruptura de cierta inercia en el cine argentino de la década del ochenta, parecía más interesante consolidarlo desde la propia voz y sus películas. Si en cambio, la búsqueda tendía a dar un panorama más completo y acabado del personaje, la sensación es que hay otra ausencia, la de las cineastas que vinieron después y que pudieron desarrollarse al amparo del camino ya abierto por Bemberg. Queda entonces la percepción de que El eco de mi voz prefirió limitarse a un territorio más conocido por su director, quedándose en el espacio de la recuperación y el homenaje, antes que animarse a explorar otras áreas en las que además de ello, pudiera recuperarse su influencia en las posteriores generaciones.Incluso hasta puede pensarse que el documental cumple en exponer el pensamiento de María Luisa Bemberg pero no se preocupa demasiado por llevarlo aún más lejos, tal vez porque sería necesario un documental sobre una mujer como ella, hecho por otra mujer.

Calificación: 6.5/10

María Luisa Bemberg: El eco de mi voz (Argentina, 2021). Guion y dirección: Alejandro Maci. Fotografía: Sol Lopatín. Montaje: Alejandro Carrillo Penovi. Entrevistas: Graciela Borges, Susú Pecoraro, Lita Stantic, Jorge Goldemberg, Imanol Arias, Chango Monti. Distribuidora: Star Distribution. Duración 90 minutos.


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