Maleficent-2014-image-maleficent-2014-36106527-738-1082La última película de Disney retoma una historia clásica, tanto para la productora –por su versión dirigida por Clyde Geromini en 1959-, como para la literatura universal, para desmitificarla y reinventarla. Volver a los orígenes para destruir el mito, ese que se ha naturalizado –en este caso la posibilidad de amor sincero entre un hombre y una mujer-, y crear otro de la mano del melodrama clásico, en el que el único refugio que le queda a la mujer, ya desencantada de la posibilidad de ser feliz o siquiera de despertar sexualmente, es ser madre.

Existen dos reinos: uno es el reino de los Hombres, el reino obsesionado con las riquezas –éste es el término utilizado en la película, ya que en ningún momento se define qué integran las mismas, ni se explicita si se habla de algún tipo de moneda o de bienes materiales concretos-; y el otro es el reino mágico en el que habitan las hadas, donde ni siquiera es necesario un gobernante porque todo se regula bajo una armonía simbiótica. Este es el mundo de las Mujeres, no porque no existan en él seres masculinos sino porque esos son los dos mundos simbólicamente en conflicto. El bosque ya no es visto como un espacio típicamente peligroso, sino que allí la magia está en manos de seres que, a pesar de sus ataques de ira, tienen un “buen corazón”. Al bosque se enfrenta otro espacio, típicamente feudal, el del castillo que se erige en el seno del reino masculino, cuna de la apatía y la codicia.

A causa de un desengaño amoroso, Maléfica (Angelina Jolie) pierde las alas y, con ellas, la capacidad de volar y la cualidad que le daba identidad de hada, de semidiosa, de virgen. Pierde la virginidad.  Más adelante adopta a Aurora (Elle Fanning), y asistimos a un intento de comenzar una charla que no logra completarse: “Aurora, mañana cumplirás 16 años…”. Eso es todo lo que llega a decir antes de sufrir una imprevista interrupción, por lo que el sentido completo de la frase no quedará explícito –si bien el espectador lo sabe-, y así aislada recuerda el inicio de las charlas madre e hija sobre la adolescencia. Porque el cuento de La bella durmiente representa el despertar a la adolescencia: la aparición de los primeros cambios hormonales que inicialmente pueden sumir a las jóvenes en un letargo –pasividad que no es más que el ensimismamiento propio de la adolescencia-, pero que serán despertados luego por la llegada del “príncipe azul”. Así, para transitar la etapa de la pubertad, vista casi como un periplo iniciático al mundo de la adultez, es necesario enfrentar una serie de sacrificios y peligros: uno de ellos es desligarse de los padres.

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Ese letargo prolongado será vivido por Aurora con felicidad, y esto se debe a que la maldición de Maléfica estuvo acompañada de un estado de felicidad completa, que no se podrá abandonar porque no hay nada real que lo extinga. El “amor verdadero no existe”, dice el hada devenida en demonio. El bosque es la representación de lo mágico, y tal vez de lo salvaje, pero termina siendo lo más “civilizado”, cuando la civilización no es barbarie. Maléfica, como plena representación de lo femenino –teniendo en cuenta que, si bien existen en la mitología hadas masculinas, esa criatura es representada como femenina en el imaginario colectivo-, se muestra débil ante el hierro y, sobre todo, las cadenas. La única forma en que los Hombres pueden controlarla o herirla es a través de cadenas –símbolo de la opresión, sobre todo dentro de una sociedad falocéntrica como era el feudalismo-, ya que todos los otros ataques son esquivados con facilidad por la Mujer. De hecho, el hombre es mostrado como causa responsable de una desgracia: Stefan es el culpable de la maldición que sufre Aurora. Entonces, la típica madre castradora, que advierte a la hija de los peligros de confiar en los hombres, es en realidad una heroína que protege a la hija de caer en las trampas de esos lobos feroces disfrazados de príncipe azul.

Con un guión que cae en algunos lugares comunes, chorreantes de sensiblería, y diálogos que buscan la comedia a oscuras, y rara vez logran tantearla, Maléfica permite retomar la discusión sobre lo fundacional, sobre aquellos orígenes del cine como “tragaluz del infinito”. A propósito de la utilización de las nuevas tecnologías, en este caso el 3D, lo curioso es ver cómo se opaca –literalmente-, a la iluminación. Existen planos vistosos, como el de Aurora flotando en medio de rayos de luz, pero, ¿esa luz está realmente ahí? No. No, en el sentido físico de radiaciones electromagnéticas compuestas por fotones, ni en el sentido perceptivo-visual. La utilización de la tecnología CGI y del blue screen emula los recursos desplegados por otros medios visuales como son las consolas de los videojuegos de última generación y ya en la primera escena de batalla se notan similitudes con secuencias de juegos como Assasin’s Creed o God of war –sobre todo en el uso del ralenti computarizado y los movimientos de la pelea. Entonces, lo plenamente cinematográfico (¡la luz!), queda relegado en favor de un sensacionalismo vacuo –presente en la forma de filmar las luchas que se viene dando desde hace bastante, desde El señor de los anillos y, claro está, 300-. Lo que aparece es el fantasma de algo que ya ha muerto, que no tiene brillo y que carece de energía. El plano de Angelina Jolie detrás de unos arabescos dorados y su figura recortada a contraluz, pecan del mismo crimen: existe una mortaja que funciona a modo de filtro, que entorpece la mirada y la priva del desfrute de la luz y, por lo tanto, de sus dibujos. Esa mortaja son los lentes de 3D.

MaleficentPor último, es necesario advertir que no es uno, sino dos, los mitos que la película impone: en principio, que el amor verdadero no existe más que entre madre e hija –se puede llegar a entender, incluso, que la mujer es la única capaz de amar sinceramente-; y, finalmente, que la unificación de los reinos sólo es posible con un héroe que será a la vez villano. Es decir, la maldad como algo fundacional, y, por lo tanto, necesario. Ni héroe ni villano, sino ambos. Debajo de un mensaje que superficialmente pareciera aceptable en ciertos términos, existe otro, mucho más insidioso, que es, como mínimo, la justificación del despotismo y del pútrido axioma “el fin justifica los medios”.

Maléfica (Maleficent, EE.UU, 2014), de Robert Stromberg c/Angelina Jolie, Elle Fanning, Juno Temple, Sharlto Copley, Lesley Manville, 93’.