Por Marcos Vieytes.
Aquí pueden leer un texto de Luciano Alonso sobre esta película.

Safe Haven no es bochornosa y eso es mucho decir. Se estrena con el título Un lugar donde refugiarse, que es lo que la joven protagonista busca huyendo de un teniente de policía que la persigue primero con insistencia y luego con saña. Las razones las conocemos cerca del final, y esa revelación un tanto tardía, pero no abrupta, que hubiera sido un demérito para cualquier otra ficción, es aquí un engranaje más que pertinente de este novelón sentimental no avergonzado de serlo, ni tampoco preocupado por legitimarse mediante el exceso o la parodia autoindulgente. Como si a la chica no le bastara cielo, necesita uno por demás seguro, que es el de un pueblo chico y limpio con el césped verde muy bien cortado, el cielo muy azul, el crepúsculo muy naranja, un bosque nada siniestro aunque peculiarmente sobrenatural, y una hospitalidad sin ley. Esta no es una americana(el costumbrismo cinematográfico estadounidense) paradojal de Buster Keaton, sino la amable de un best seller de Nicholas Sparks, adaptado por el mismo director sueco que filmó un recital de Abba en el 77 y a Juliette Binoche revolviendo el chocolate para Johnny Depp en el 2000. Es efectivo el uso de las subjetivas, y un tono general sobrio que ni siquiera explota el exceso potencialmente melodramático del episodio policial. También ayuda la voz más bien grave de la rubia en cuestión, que me recordó la de Ashley Judd, protagonista de una gran película de bajo perfil sobre una mujer en busca de su destino (Ruby in Paradise, de Victor Nunez), y que espanta bastante la blandura que un actor como Richard Gere irradiaba en Siempre a su lado. Siempre me va a caer mejor la historia de unos amores humanos almibarados que la historia almibarada del sublimado romance entre un maduro galán budista y su mascota.

Aquí no hay religión reconocible, sino más bien un sentido de comunidad nacional que se torna alegóricamente político sólo al final y con la suficiente laxitud como para no distraer al espectador que no concibe la dimensión cotidiana del término. Acostumbrado a pensar los EE.UU. cinematográficos bajo la figura del héroe y la de los padres fundadores, me sorprendió la preponderancia fantasmática, y, por lo tanto, aún más poderosa que la física, de lo materno como legado, justo cuando el drama, sólo en apariencia puramente sentimental, pide ser más ampliamente interpretado. Un incendio durante los festejos de un 4 de julio, la revelación de una identidad difusa, los colores de la sirena de un patrullero, una cámara que encuadra a una familia en ciernes surgiendo de entre las ruinas, y la palabra ‘protección’ en la boca de una voz off cuya fuente, para entonces, es etérea, son signos claros de que el discurso involucrado excede al de la anécdota, pero también lugares comunes tan difusos como la conciencia ideológica de la mayoría de los lectores del Reader’s Deagest, que es la misma que el de la clase media global a la que pertenecemos, y en cuyo ADN no hay más que el deseo de conseguir una posición económica más o menos estable y desahogada que nos permita disfrutarla sin mayores preocupaciones cívicas que las de ver cómo zafar de las reuniones de consorcio.

La mecánica de esta película es una mecánica de la medianía, de la mediocridad estructural, sedante y homogénea, esa de la que tanto tememos ser parte. No busca más que la reducción del riesgo y de la tensión. Hay un conflicto creciente, y un clímax con cierta dosis de violencia, sólo como contrapunto necesario para enaltecer la serenidad ideal a la que aspira, esa instancia que ya no es, o nunca fue, de este mundo, ese cielo protector de lo confortable (a la que no aspira sólo el ‘cerdo burgués’, sino todo aquel en cuya estructura psíquica funcione el principio del placer y sus diversas y cambiantes configuraciones. ‘Cerdo burgués’ es quien hace lo que sea por conseguirla, ingenuo por suponer que Ello es un absoluto, además de asequible, inalterable) al que solamente puede accederse negando todo aquello que lo ponga en entredicho, o eliminando lista y llanamente todo potencial agente del azar. Safe Haven o Un lugar donde refugiarse, viene a ser algo así como alprazolam audiovisual. No soluciona nada y a largo plazo lo empeora todo, pero funciona de inmediato, como los créditos de los organismos internacionales o como los drones.

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