Una primera y fuerte incomodidad física la sentí en cuanto empezó Los juegos del hambre. De inmediato tuve que sentarme cuatro filas más atrás de dónde me siento siempre. ¿La razón? No distinguía nada. Las imágenes estaban filmadas con cámara en mano y tenían una cantidad de cortes incontables. Salvo contadas escenas sentimentales mal resueltas, esa es la propuesta formal de la película. No es radical porque ese vértigo se transformó en la estética audiovisual dominante, pero su despliegue me despertó más interés que en otras películas, tanto que me movió literalmente de lugar.

La butaca –y el resto de la fila- en el que me había sentado originalmente fue ocupada luego por un grupo de preadolescentes de ambos sexos, un par de ellos con patinetas en las manos. Dicen que esta película está basada en un material original destinado a ese tipo de público. Si es así, noté que casi no interactuaron hormonalmente con la película durante la entera proyección, salvo un par de suspiros ante primeros planos de uno de esos púberes diseñados como objetos sexuales y que por ahora es un personaje secundario pero amenaza reaparecer en la secuela. El resto del tiempo los pibes sucumbieron a la edición parejamente histérica de la película y no tuvieron siquiera oportunidad de manifestar algún tipo de emoción o sobresalto.

Un detalle colateral de esa puesta es que no se distinguen la escenas de acción porque la acción reside en el montaje incesante e indiscriminado de imágenes que en la memoria se vuelven monocromáticas, por más que al verde húmedo del bosque se opongan los feos colores chillones deliberadamente grotescos del espectáculo televisivo que organiza el certamen de exterminio. No está de más decir que en este contexto toda crítica antisistema está condicionada por la sujeción a las tácitas leyes de mercado que dan origen a la película y condicionan su recepción.

Por eso mismo me sorprendió la incomodidad física que sentí al verla, quizá refutada porque los pibes que se sentaron en las mismas butacas cercanas a la pantalla de las que yo me había alejado no parecieron padecer. Esa incomodidad puede ser vista como anestesia audiovisual en forma de sobreestimulación. En un momento, la película presenta una rebelión popular, pero esa violencia, así como la de los pibes matándose en un concurso deportivo cuya presentación pública emula las procesiones de los circos romanos, no duele en lo más mínimo y ya sabemos que ‘todo lo que no duele es mentira’, como sentenció Scorsese a través de Harvey Keitel en Mean Streets. Aunque acá poco y nada duela, todo molesta mucho, fastidia incluso, y ese displacer casi exagerado me parece curioso como experiencia perceptiva, así sea un subproducto involuntario de la industria del espectáculo (definición que le cabe a muchas de las mejores películas estadounidenses).

El dato irrefutable de esta película consiste en el fortalecimiento de la figura del adolescente en detrimento de la de los padres y adultos en general. El padre biológico está ausente y la madre está pintada, de modo que una chica se hace cargo de la crianza de su hermana, a quien salva de la competencia mortal sustituyéndola como objeto de sacrificio. Esa chica termina convirtiéndose en una amazona, cazadora literal, pichón de matriarca en un mundo que aparece dominado por una especie de dios padre que poda flores con la misma facilidad con que prescinde de esa suerte de ministro de economía que es el concesionario del show mediático. Junto a la chica hay un pibe, -juntos conforman una pareja tan precaria como todo en este mundo inacabado o cíclico de las zagas, y por ello bastante realista- que tiene buenas intenciones y astucia porque no puede tener huevos, atributos casi exclusivos de la protagonista.

La segunda incomodidad acabo de experimentarla viendo los primeros cuarenta minutos de La suerte en tus manos, de Daniel Burman. Hasta donde la miré me pareció una película eficaz sobre un mundo horrible. Lo describo así porque es uno en el que nada importa ya demasiado, en parte por la edad de los personajes, quienes ya superaron los 40. También porque el protagonista trabaja en una financiera y el dinero se hace omnipresente, tanto que ya ni siquiera es dinero sino capital inmutable de puro circulante. Para los personajes parece ser tan natural adquirirlo como dilapidarlo y no hay nada concreto a lo que se relacione. De allí la importancia del poker en la ficción como fuera de ella.

Me gusta prestarle atención al modo en que ciertos recursos cinematográficos se connotan según el uso que se les da y acá me sorprendieron los jump-cuts (cortes que conectan planos con el mismo tipo de encuadre que el anterior y generan un sobresalto que la modernidad usó como transgresión de la continuidad clásica y se han ido transformando en un estándar rítmico ágil)sobre primeros planos de la cara de Jorge Drexler cuando habla (tanto en la charla del principio con el ‘doctor’ Brandoni como en los cenitales de la operación) que agilizan el típico monólogo neurótico fuertemente asociado al humor judío desde Woody Allen, pero que yuxtapongo mentalmente con planos -¿en subjetiva?- repetidos de la máquina contadora de billetes. Palabras, imágenes y plata en abundancia y seriadas hasta la náusea más allá de la gracia o del chiste.

Leí a Burman decir en algún medio que le interesa pasar buenos momentos cuando filma y eso me hizo pensar en que esta película parece revelar nuevamente lo mucho que conoce el mundo que filma. Hay algo tan familiar -es decir contemporáneo, capitalino, judío- en La suerte en tus manos como en El abrazo partido o Derecho de familia. Y así como hay algo familiar, también hay algo igualmente chato, pragmático, vacío, mecánico, desasosegante. No acabé de verla así que prefiero no seguir analizándola parcialmente, pero estoy calificando el espíritu de la forma, que va más allá del argumento con sus vaivenes y giros. El mundo de esta película de Burman se me presenta como un mundo ensimismado en el que hasta los cambios en las vidas de sus personajes están pautados por una especie de principio de realidad que se parece mucho a la aceptación del statu quo -en líneas generales económicamente favorable para los personajes- y que puede ser muy saludable en la vida y también en los negocios, pero es lo de menos en el arte.