La cámara avanza, como la subjetiva de un espectro, entre los pasillos del cementerio de La Tablada y luego encuadra y sigue a una mujer que se detiene frente a las tumbas de unos hombres judíos, conocidos en la comunidad como Impuros. Impuros se denomina a aquellos que dedicaban a la trata de blancas, a cuyo lado se encuentran las tumbas sin identificación alguna que se presume de sus víctimas.

Este es el comienzo de Impuros, documental de Florencia Mujica y Daniel Najenson sobre el delito silenciado de la trata de mujeres judías a comienzos del siglo XX. El documental se organiza tomando como figura central a Sonia Sánchez, militante abolicionista contra la trata de personas, que le pone cuerpo a la lucha y voz a las mujeres que fueron víctimas. Ella lee las cartas con pedidos de ayuda, los testimonios, y alrededor de esas lecturas se van intercalando las entrevistas en plano fijo a diversos investigadores, a descendientes de las mujeres sometidas, algunos documentos de archivos y registros públicos, material gráfico y fílmico de la época. Durante todo el documental sobrevuela la atmósfera de investigación del policial negro, que lo hace dinámico e interesante para el espectador.

Impuros explora con detalle cuáles fueron las condiciones por las cuales proliferó el negocio del secuestro y la explotación sexual de mujeres en Argentina. Por un lado, hay una gran masa de potenciales clientes. De la mano de la apertura del país a los movimientos migratorios procedentes de Europa, donde Argentina aparecía como la ilusión de una tierra de progreso económico, también se produjo una importante peregrinación de judíos procedentes de Rusia y de países de Europa del Este, que con sus negocios de manufacturas artesanales no obtenían lugar en el mercado laboral de la Rusia zarista que se abría a un proceso de creciente modernización e industrialización. Estas migraciones de fines del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte, implicaron la llegada al país de muchos hombres que, aunque tenían sposa e hijos en sus países de origen, arribaban al comienzo solos. De este modo, y acompañados de la moral sexual de la época que dividía a las mujeres en honorables (la esposa abnegada) y denigradas (las putas), se constituía un enorme mercado para el consumo de prostitución.

Por otro lado, se daba un terreno fértil para la instalación de este delito tanto desde el Estado, que consideraba a la prostitución como un negocio legal con una reglamentación específica (se impedía a las mujeres que quisieran abandonar la prostitución realizar una nueva vida porque pertenecían a las casa de prostitución), como desde la policía y la justicia, partes interesadas en el negocio porque eran clientes y además aceptaban el dinero de ese negocio. Con estas bases, se constituyeron antros dedicados a la trata y explotación de mujeres judías polacas, lituanas o rusas, bajo la fachada de organizaciones de beneficencia y ayuda social como la conocida Casa Varsovia. El modus operandi con el cual las atraían era seduciéndolas en sus países de origen por el buen pasar económico del pretendiente y el futuro prometido, y una vez engañadas eran convertidas en Buenos Aires en mercancía, mano de obra esclava vendida al mejor postor para trabajar a destajo en condiciones sumamente denigrantes.

El documental evoca a las primeras voces que se alzaron en contra del delito de tráfico de mujeres en Argentina, como el diputado Alfredo Palacios, quien logra la sanción de un proyecto de ley contra la trata de mujeres en 1913; el comisario Julio Alzogaray, que luchó fuertemente contra estas mafias en contra de la cúpula policial que los amparaba; y muy especialmente rinde homenaje a Raquel Liberman, que fue la primera mujer víctima de la trata que se animó a denunciar el engaño y las vejaciones a las que fue sometida.

Resulta por demás decepcionante, pero no sorprendente, que esa valiente denuncia no haya podido prosperar porque en nuestro país la justicia desde siempre fue justicia para ricos y manejada exclusivamente por hombres, logrando los traficantes de mujeres salirse con la suya mediante artimañas de procedimiento legal; y que su negocio haya finalizado cuando la dictadura militar de Uriburu prohibiera el ejercicio de la prostitución y los expulsara del país.

El documental de Mujica-Najenson tiene un importante valor, no sólo por acercarnos a la genealogía de la trata de mujeres en Argentina, sino también porque nos permite realizar un lectura en el presente. El delito de trata sigue vigente en el mundo, transformado al compás de la globalización en lo que hoy se conoce como “turismo sexual”, que se oferta principalmente en los países del tercer mundo y que es consumido ávidamente debido a los bajos precios y al atractivo del exotismo sexual. Por otro lado, la moral que consiente la trata de mujeres también continúa vigente en el presente en el pensamiento machista de muchos hombres (y también mujeres), que siguen considerando a las mujeres como objeto degradado. Es cierto que la estructura del modo de goce fálico que especifica al hombre tiende a objetivar a la mujer, al reducirla a ella toda o a una parte de su cuerpo a un fetiche condición de su deseo, pero también es cierto que no es la única manera bajo la cual se puede entrar en relación con un hombre, ya que una mujer puede ser causa de una exaltación amorosa o de una producción artística, como lo demuestran sobrados ejemplos. Que el pensamiento machista que denigra a la mujer continúe con vida en nuestros tiempos se verifica en el mismo documental en el irritante testimonio de un hombre que habla de “desdramatizar el tema” y que consciente el ocultamiento para no estigmatizar a los judíos, nueva violencia ejercida contra las víctimas al silenciarles su voz y relegarlas al olvido.

El título del documental es por demás significativo. Impuros es una denominación eminentemente moral, con la cual la comunidad judía calificaba a los traficantes de mujeres. Es una denominación estigmatizante, mediante la cual se los segregaba de la comunidad, al punto de que llegaron a tener sinagogas propias en los burdeles y un cementerio especifico en Avellaneda, que hoy permanece cerrado al acceso público. El escarnio público moralizador, del cual se hace cargo también la película al pasar el listado de los hombres que eran miembros de las sociedades benéficas fantasma, no alcanza. Es lamentable que no hayan sido responsabilizados por sus actos ante la ley. Y esto vale también para el presente, donde cada vez se recurre más frecuentemente al linchamiento mediático en las redes sociales, debido al descreimiento en la aplicación justa de la ley.

Impuros es un documental que se vuelve ágil e interesante al ser tratado con el clima del policial negro, y a la vez necesario para no olvidar a aquellas víctimas de la trata que fueron silenciadas incluso después de su muerte al negarles una sepultura digna que las identifique como sujeto y para recuperar el valor de la palabra como herrramienta para transformar las condiciones del presente de muchas mujeres que siguen siendo sometidas, maltratadas y privadas de sus derechos.

Acá puede leerse otra crítica de la película.

Impuros (Argentina/Israel, 2017). Dirección: Florencia Mujica y Daniel Najenson. Guion: Malen Azzam, Daniel Najenson, Tal Shefi. Fotografía: Javier Cortiellas, Idan Glikzelig, Carla Stella. Edición: Marisa Montes, Tal Shefi. Duración: 69 minutos.


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