the_look_of_silence_1Dos miradas se contraponen en el comienzo de The Look of Silence: la de victimario y la de víctima. No se trata de un plano/contraplano clásico, son dos espacios distintos divididos, a su vez, por el plano detalle de pequeñas crisálidas que se agitan. La vida sigue latente pese a todo. Estas dos miradas comparten el silencio, pero look en inglés además de “mirada” significa “aspecto”, y aquí ya encontramos al menos dos aspectos posibles del silencio: el cómplice y el forzado. Tras la espectacularidad surrealista, camp y perturbadora de The Act of Killing, esta segunda parte del díptico de Joshua Oppenheimer sobre el golpe de estado indonesio tiene un tono más naturalista y grave. Ambas partes fueron concebidas a la par aunque The Look of Silence comenzó a filmarse una vez terminada la primera. Del “acto” -como acción y representación- a la “mirada” -como contemplación y entendimiento-.

En la soledad de su cuarto Adi observa a través de un televisor cómo el verdugo de su hermano mayor -Ramli, asesinado dos años antes de su nacimiento- se regodea relatando los detalles escabrosos del crimen. El de Ramli es uno de los tantos crímenes de lesa humanidad aún hoy reivindicados por gran parte de la población civil que, manipulados por la parafernalia propagandística, en el presente apoya democráticamente a los partícipes del poder de facto que financiado por Estados Unidos, Inglaterra, Australia y Japón derrocó al presidente Sukarno en 1965. Millones de civiles fueron secuestrados, torturados y asesinados en manos de grupos paramilitares con el fin de erradicar el PKI (Partido Comunista Indonesio). Este resumen puede despertar ecos desagradables de nuestra historia pasada; frases como: “Vamos a llevarnos todos bien, como nos enseñó la dictadura militar” pueden remitir al triste presente. Sin embargo, en Indonesia no hay espacio para el doble discurso o la doble moral: los pormenores de las torturas son narrados con procacidad y aceptados abiertamente como heroicas hazañas. La tergiversación de los hechos es tan grosera que resulta evidente el desinterés general por conocer los verdaderos motivos que los empujaron a la barbarie.

La mirada del primer hombre que aparece en pantalla -cuya identidad se revelará media hora después como Inong, líder del escuadrón de la muerte del pueblo en el que los padres de Ramli seguían viviendo hasta el estreno del documental- es esquiva; apenas logra sostener la mirada a cámara. El tic nervioso concede a esa mirada algo parecido a la culpa. Lleva puestos unos anteojos de optometría, objeto que a lo largo del documental funcionará como manifiesto elemento metafórico del punto de vista que Adi intentará corregir o aclarar. Pero nadie querrá tocar la herida abierta que aquellos hechos encarnan. Ni víctimas ni victimarios desean reavivar el daño que, en realidad, permanecerá siempre vivo mientras quienes participaron activamente de la matanza hoy ocupan lugares de poder dentro del estado y la milicia indonesia, y en tanto en las escuelas se siga respetando el programa educacional anti-comunista de hace cincuenta años atrás.

the-look-of-silence-adi-watching-1500-844La mirada de Adi, en cambio, es firme desde el principio. Se sujeta al otro como un puñal, a veces pareciera revestir cierta superioridad moral mirando a sus interlocutores con la cabeza levemente inclinada hacia atrás. Con sus artilugios de optometría visita a los miembros y líderes del Comando Aksi, acompañado por Oppenheimer y su cámara. Su trabajo le sirve como excusa para acercarse a los asesinos y sus familiares y entrevistarlos, revelando(les) así la profunda ignorancia desde la que actuaron, arrastrados como ganado por el artefacto de propaganda occidental. “Deberíamos ser recompensados con un viaje a los Estados Unidos. Si no es por avión, lo podemos hacer por crucero. ¡Nos lo merecemos! Los matamos porque Estados Unidos nos enseñó a odiar a los comunistas”, exige exaltado el Comandante Amir Siahaan en uno de los tantos videos que Adi mira en su habitación, prologando el espíritu de los genocidas de The Act of Killing que esperanzaban contratos con grandes productoras como MGM o Paramount Pictures. Pero al momento de la entrevista, Amir se desliga de toda responsabilidad excusándose en las órdenes de mandos superiores. Escenas atrás Inong también se enfurecía ante las preguntas de Adi acusándolo de hablar todo el tiempo de política. Estos y otros entrevistados repiten como principal justificación la carencia de fe y la promiscuidad de los comunistas, como convencidos de haber llevado a cabo una cruzada en lugar de aceptar que formaron parte de un entramado político que los excedía. Muchos afirman en cámara que haber bebido la sangre de sus víctimas los salvó de la locura. Ante semejante panorama, los sobrevivientes sólo pueden aferrarse a la idea de una justicia divina; negados también a enfrentar el pasado rezan por la paz de los muertos y porque los responsables paguen su condena lejos de la injusticia terrenal que los apresa. En el mejor de los casos terminan como el padre de Ramli, al borde de la ceguera absoluta, con más de cien años pero insistiendo que tiene diecisiete y desconociendo haber sido padre. Será por eso que no obstante puede cantar canciones de amor.

La acumulación de testimonios truculentos y el descarado nivel de impunidad ponen en conflicto nuestra relación con Adi a instancias de su resolución final. Este hombre, cuyo hermano fue brutalmente torturado y asesinado, decide perdonar tras confirmar que ni siquiera sabían por qué lo hacían; que la de Ramli fue, como muchas otras, una muerte innecesaria. Decisión difícil de asimilar para quienes acuñamos el lema “ni olvido ni perdón”. De hecho fue él mismo quien convenció a Oppenheimer de filmar a estos hombres “como humanos”. Sin embargo es la mirada punzante de Adi descrita más arriba lo que indica que perdonar no siempre implica olvidar. Uno de sus interrogados señala ver deseo de venganza en su mirada. Él lo niega. La estructura del relato, dada especialmente por el montaje, construye una extraña versión de un policial, de un western o de una película de venganza invirtiendo el sentido negativo y violento de las producciones estadounidenses de estos géneros. Desplazado a un relato cualquiera de esta índole, lo que Adi (el héroe) hace es un trabajo de inteligencia (mirar los videos de sus enemigos) para infiltrarse en el centro de la “organización” con su arsenal. Pero a cambio de un maletín repleto de armas, lleva anteojos para hacerles ver que lo que hicieron dejó huellas y que el pasado no está en absoluto pisado; lleva palabras, preguntas, hechos y nombres que incomodan. Su perdón es el tiro de gracia que los sume a todos en el peor de los silencios.

Aquí pueden leer un texto de Marcos Vieytes sobre The Act of Killing.

La mirada del silencio (The Look of Silence, Dinamarca / Indonesia / Finlandia / Noruega / Reino Unido / Israel / Francia / EE.UU. / Alemania / Países Bajos, 2014), de Joshua Oppenheimer, 99’.


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