La pelota está en todos lados. La de fútbol constituida en una suerte de centro del universo -debido a la popularización del juego-, alrededor del cual parece orbitar todo (hasta la salida de la cuarentena del fútbol antes que otros deportes revela su centralidad, al menos desde los negocios). Por eso, no resulta demasiado extraño que en el comienzo de La Superball veamos una pelota dibujada en el cemento de un cruce de avenidas de la localidad cordobesa de Bell Ville. Ni que aparezca en diferentes murales artísticos en donde el fútbol parece ser el tema del pueblo. O que tenga un monumento en la plaza. Más allá de la globalización, la pelota en Bell Ville tiene una significación mayor que en cualquier otra ciudad. Capital Nacional de la Pelota de Fútbol desde el año 2017, concentra no solamente tres empresas productoras –para una población que no llega a los 40 mil habitantes-, sino que en su propia historia está el germen de la pelota de fútbol tal como la conocemos en la actualidad. La Superval –esa castellanización es la marca original- es el paso de la antigua pelota de cuero y tientos a la concepción de la pelota moderna de cuero sin costuras, pensada y creada con fines netamente utilitarios: se buscaba que la pelota rodara mejor, que no tuviera las deformidades que provocaban los tientos, que no se desinflara tan rápido y que no raspara o lastimara a los jugadores cuando cabeceaban. La adopción de ese modelo por la Asociación de Fútbol Argentino, en el primer año de la era profesional, hizo de Bell Ville un pueblo que empezó a crecer a partir de la producción de pelotas.

De esa historia, el documental toma los datos esenciales. El nieto de uno de los creadores, Romano Polo, atesora un par de réplicas de las pelotas antiguas y de la creación de su abuelo, pero por sobre todo un archivo gráfico sobre la relevancia que adquirió el hecho para el pueblo. ¿Alguien puede imaginarse que una creación semejante ocupara la primera plana de un diario en el año 1931?¿O que, con motivo de su presentación oficial en un clásico local entre Argentino y Bell, se desbordara completamente la previsión de espectadores? En esos elementos ya se encuentra cifrada la importancia que el fútbol iría adquiriendo progresivamente con el paso de los años, pero también está allí la preponderancia de lo local como elemento de un progreso que se iba a expandir con el tiempo. Si la creación de esa pelota puede considerarse un mojón en la historia de ese pequeño pueblo cordobés, también adquiere visos de leyenda, de esas pequeñas épicas de las que se alimenta cualquier población para dotar de sentido a la historia de la comunidad. La creación, en todo caso, es el punto de partida. El cenit de ese proceso quizás sea la utilización de la Superval en la final del Mundial de 1950 en Brasil. Es allí donde la historia del pequeño se vuelve grande, cuando su hazaña trasciende las fronteras –como la misma victoria de Uruguay sobre Brasil en ese partido.

Esa formulación de la épica de pueblo se sostiene además en la persistencia de lo artesanal como signo que se contrapone a la estructura industrial globalizada. Si desde un principio la producción se hacía al ritmo de la conjunción de la fuerza humana y las máquinas que podían facilitar la tarea, es poco lo que se ha modificado con los años. Cuando vemos las imágenes que el documental recoge de las diferentes fábricas, se revela que el proceso continúa siendo esencialmente manual, no automatizado. Hombres y mujeres que cortan, pintan, cosen, que trabajan sobre las cámaras y sobre las lenguetas por las que se las infla. Es la convivencia entre el pasado en la forma de trabajo y el presente en el que el balón adquiere una serie de detalles que lo hacen más atractivo. En esa construcción también se mantiene el orgullo del pueblo ante su creación: la forma en que se remarcan las diferencias con las pelotas importadas no pasan tanto por su atractivo visual sino por los materiales utilizados y la prolijidad en la terminación. Pero también es la forma en que lo amateur en el deporte se sobrepone en el pueblo, en ese público que sigue yendo a ver a Argentino, en los jugadores que van a entrenar después de un día de trabajo. 

Pero lo extraordinario del documental no reside tanto allí, en ese empeño por resistir la fabricación artesanal ante lo hiperprofesionalizado, aún a riesgo de perder terreno en el mercado. En todo caso, es eso que la pelota como emblema del fútbol, termina ocultando. Eso que no se revela pero que subsiste por detrás de esos murales, por detrás de esa pelota dibujada en la avenida. Ese pasado que subsiste –y que de manera tan contundente se revela en la escena del partido, tanto en la voz del relator como en quienes lo escuchan en las viejas radios en la tribuna- deja al descubierto las formas menos esperables que se acumulan detrás del hecho del fútbol como práctica. Hay algo de ese tiempo pasado que se resiste a irse, pero que también condena al pueblo a mantenerse en él como consecuencia de la hiperglobalización. El progreso de ese pasado que parecía cimentar el crecimiento se volvió apenas una cuestión de subsistencia. La importación de pelotas del sudeste asiático son el producto de las miserias del capitalismo (pagar menos por hacer, ganar más por el producto) y la imposibilidad de competir por una cuestión de costos. Y a partir de allí se derivan efectos multiplicadores: si, en el comienzo la pelota sirvió para evitar dolores a los jugadores, con el paso del tiempo ese dolor se traslada a las mujeres que sobreviven malamente cosiendo a mano el cuero, en posiciones incómodas y arruinando la vista por un sustento mínimo y sin cobertura médica.

La contracara de esa situación está en eso que articulan algunos recuerdos de los lugareños. Julio Grondona diciéndole a los dueños de una de las fábricas que si ponían diez millones de dólares se podían quedar con la provisión de las pelotas para la Selección Argentina. O Carlos Lacoste mencionándoles cuánto pagaba Adidas para ser el fabricante de las pelotas del Mundial del 78. Aún en esos momentos en los que la globalización era incipiente, el progreso del lugar en base a su historia, a su pasado, empezó a ser un imposible: al capitalismo no le importa la subsistencia de la totalidad, sino de quienes pueden imponerse. Como una paradoja inesperada, el documental se va corriendo de esa zona en la que lo histórico y hasta la pequeña épica de la invención dominan el panorama. Lentamente, lo que se va filtrando es el dinero como carencia, como centro de cualquier historia que involucre un proceso de fabricación de un objeto en un país como la Argentina. Lejos de hablar de la pelota de fútbol, La Superball es la representación de cualquier producto que se fabrique en la Argentina, a las consecuencias de la apertura de la economía y a las carencias en las que se sume ya no solo a los pueblos y a sus clubes de fútbol amateurs, sino a la gente que sobrevive en ellos. Eso que vemos en el final, cuando llega la noche. Las luces de la fábrica se apagan, sus puertas se cierran. Los jugadores de Argentino vuelven de la práctica nocturna a sus casas. El pueblo va sumergiéndose en la oscuridad y el silencio. Y por la puerta abierta de una casa, lo que vemos es que la mujer sigue cosiendo, sola y en silencio, por las migajas del sistema, más pedazos de cuero que algún día serán una pelota.

Calificación: 6/10

La Superball (Argentina, 2020). Dirección: Agustín Sinibaldi. Guion: Gonzalo Caldera. Fotografía: Danilo Galgano. Montaje: Alejandro Rath. Música: Los Mutantes del Paraná. Entrevistados: Mario Kempes, Kicalo Polo, Nicolás Sánchez, Juan Carlos Licari, Fernando Fuglini, María Inés Mercado de Luquez, Héctor Ventura Luquez, Nelson Ipérico, Alberto Pérez, Serapio Martinez, Enio Magallanes. Duración: 66 minutos. Disponible en Cine Ar Play.


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