No, esta película no debería llamarse así. Es un despropósito bautizar a este documental dotándolo de un título que deja entrever cierta importancia histórica, cierta solemnidad que le queda un poquito grande y que no le hace demasiada justicia. Entre ese título y lo que vemos –el viaje de Nora Cortiñas a Turquía para conocer la lucha de las agrupaciones de madres kurdas cuyos hijos fueron asesinados o desaparecidos por el gobierno turco desde la década del ‘90- hay un desfasaje, en tanto más que historia hay presente, hay continuidad de lucha y hay reflejo de la experiencia de las Madres de Plaza de Mayo en otros lugares de la tierra. Desfasaje que, además, parece partir de una cierta indefinición respecto a qué es lo que el documental está más interesado en mostrar, si el viaje de Cortiñas o la experiencia de las madres kurdas. Es cierto que el cruce entre ambos elementos produce momentos interesantes (en especial el diálogo entre Nora y la madre de la chica que se inmoló en su propia casa durante el proceso de paz), pero más allá de esos instantes, no consigue revelar demasiado de la situación del pueblo kurdo, de dónde provienen  las persecuciones que sufren en Turquía y qué es lo que llaman “el proceso de paz”.

En todo caso, arriesgo, el valor del documental está en su constitución –ya no importa si buscada o no- como registro de esa personalidad –y también personaje, en cuanto potencialidad que proyecta en la pantalla- que es Nora Cortiñas. No como recorrido por su historia personal, derivada de la desaparición de su hijo durante la dictadura militar, a la que apenas se hace alusión al comienzo, ni siquiera la de su historia como parte de las Madres. Lo que logra es documentar a esa Nora Cortiñas que no buscan los medios. La de la continuidad cotidiana de la lucha por los derechos humanos. Esa mujer inagotable que, a los 83 años al momento de la filmación y con toda su historia en la mochila, recorre calles, sube y baja montañas, dialoga con las mujeres que han perdido a sus familias y acompaña y motoriza los pedidos de esas madres ante las Naciones Unidas. Ese andar continuo que se cruza con la cotidianeidad aparentemente más banal –verla llevarse la copa de vino para terminarla en su habitación, escucharla hablando por teléfono sobre el cansancio que le provoca en las piernas el subir y bajar las montañas- se constituye en un retrato más acabado que cualquier explicación que se pueda ensayar desde otro lugar. Retrato que privilegia, a fin de cuentas, la curiosidad, la necesidad de saber qué es lo que le pasa al otro y de qué manera puede acompañar su lucha.

Es algo menos tangible de lo que parece, aquello de lo que deja registro Pañuelos para la historia. Quizás valga para entenderlo, contar una anécdota personal. Conocí personalmente a Nora Cortiñas no hace muchos años, en el Museo de Arte y Memoria de La Plata, en una charla previa a la proyección de El padre, la película de Mariana Arruti. Lo primero que me pasó fue pensar que no podía ser una mujer tan pequeñita en su tamaño, si yo la creía siempre más grande, las veces que la había visto en televisión. Lo segundo fue que una vez que la escuché hablar pude entender esa cuestión del tamaño: las palabras hacen de Nora una persona gigante, ante la cual es inevitable sentirse no solamente empequeñecido, sino incapaz de ganarle una lucha. Lo tercero es que uno después se afloja y los sentimientos brotan y te parece que la conocieras de toda la vida, como si fuera tu propia abuela. Esa a la que ya no podés decirle Nora, sino que ya es, para siempre, Norita.

Bueno, la cuestión es que uno (yo) mira Pañuelos para la historia y se percibe eso. Norita viaja a cualquier lugar del mundo –y esta misma semana en los diarios ha salido acompañando a las madres en Japón- y el idioma deja de ser una barrera. Las mujeres kurdas –supongo también que ellas se deben sentir pequeñas ante ella- la abrazan, la besan, le agradecen, como si fuera una más de ellas. Norita transmite al otro esa sensación de que estando ella presente –y el documental es una prueba de que siempre está presente- no estás solo en el mundo. Y no importa en ese momento si se trata de mujeres de un pueblo con el que solo nos conecta la tragedia de la muerte y el horror provocados por el Estado.

Pañuelos para la historia no es, y creo que ni siquiera lo busca, una película sobre el trabajo de las Madres de Plaza de Mayo alrededor del mundo. Ni es un documento sobre las madres del Kurdistán emplazado entre cuatro países de lo que fue la antigua Mesopotamia. Ni siquiera es una película sobre Nora Cortiñas. Es sobre Norita, sobre la mujer gigante a la que sigue por un rato en su camino para observarla y, en ese mismo proceso, rendirle los honores que se merece.

Pañuelos para la historia (Argentina, 2015). Dirección: Alejandro Haddad, Nicolás Valentini. Guion: Alejandro Haddad. Duración: 68 minutos.


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