magnolia-posterMagnolia, 15 años después. Confieso que hasta hace unos días no había vuelto a ver completa (y de una sentada) Magnolia. Quince años es una cantidad más que razonable de tiempo como para confrontar ese grato recuerdo de la primera vez, allá por el verano del 2000 en un cine de Haedo. Si hay algo que tengo muy presente de mi primer encuentro con Magnolia es que es una de esas películas que me gustaron más un tiempo después de haberla visto, pero que con el paso del tiempo se desdibujó en un recuerdo parcial pero amable lo que me llevó a encontrarme con un relato que me resultó bastante ajeno al que pensaba que era.

«Prepara una lista de lo que necesitas antes de que firmes con la muerte

porque esto no va a parar, no va a parar hasta que te des cuenta

no, no va a parar hasta que te des cuenta

no, no va a parar. Así que ríndete».  (Wise Up de Aimee Man)

Dos años después del estreno de Boogie Nights (1997) , el joven Paul T. Anderson escribe y dirige otra película coral, mucho más ambiciosa y hasta confesional: Magnolia (Steel Magnolia de 1999). Una de sus características son los «subtítulos» de los que el autor se vale para articular la historia. Inicia con un prólogo tres episodios «de época» que perfilan un tono de comedia trágica y absurda: los tres asesinos que son ahorcados y cuyos nombres combinados forman el de la calle del crimen, el croupier que hace buceo en sus ratos libres y aparece (vestido de buzo) muerto en la copa de un árbol luego de que lo dejara allí un hidroavión que apagó un incendio y que su piloto sea el que había perdido todo su dinero en la mesa de casino de la víctima y, finalmente, el suicidio devenido en homicidio del adolescente que ya no soportaba las peleas entre sus padres y que les dejó una escopeta cargada para que finalmente se maten y que lo terminan matando a él. Casualidades y no tantas pero «estas cosas no pueden ser casualidad». Fin del prólogo.

Vamos a la presentación de personajes, que son muchos, las historias de los 9 protagonistas se relacionan -directa o indirectamente- con la televisión y, específicamente, con un programa de concursos que es casi una institución en el medio. Toda la secuencia es realmente maravillosa, rítmica, precisa, moral, y, justamente creo que ése es el tema de la película. Magnolia es una película fuertemente moral cruzada, lógicamente, por premisas religiosas como el perdón, la culpa, el castigo, la redención.

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Un living desierto con la TV encendida y en ella vemos a Frank T.J. Mackey (Tom Cruise en el mejor papel que ha hecho y hará) presentando su curso «Seducir y destruir», él es un hermoso depredador gurú de la conquista. Su voz sigue sonando y estamos en un bar donde conocemos a Claudia Wilson Gator (la maravillosa Melora Walters), un joven mujer triste que no deja de castigarse a través del sexo con patéticos desconocidos y el consumo frenético de cocaína, como para que no queden dudas de el orígen de ese castigo vemos en la tele encendida en el cuarto la presentación del mítico programa de preguntas y respuestas «qué saben los niños» que tras 30 años en el aire es toda una institución, como su conductor Jimmy Gator (Phillip Baker Hall), presentado como un padre probo y un amante esposo por la voz en off mientras lo vemos cogerse a una aistente en la oficina y entrar del brazo de su esposa Rose (Melinda Dillon) al consultorio del médico. Y otra vez la tele y el concurso y ahí tenemos a Stanley Spector (Jeremy Blackman) el niño genio explotado estrella del show y a su abusivo padre Rick Spector (Michael Bowen) y otra vez la TV y otra vez la promo del porgrama en cuestión y esta vez el pasado, un pasado glorioso que nos muestra el triunfo del otrora niño genio Donnie Smith y a él en el presente protagonizado por un habitué de la troupe P.T. Anderson en gran William H. Macey -que es objeto de una introducción engañosa (una más, Anderson no se priva de manipular al espectador-, que parece disfrutar de las mieles del reconocimiento de su niñez estelar hasta que, literalmente, choca con su realidad de promesa que no fue (una de las más hermosas líneas de la película saldrán de su boca «tengo tanto amor para dar que no sé dónde ponerlo»). Una puerta se abre (ya no hay TV) y entra en escena Phil Parma (Phillip Seymour Hoffman) el enfermero de Earl Partridge (Jason Robards) enfermo terminal de cáncer -Earl es el padre de Frank y el productor del show de TV- y de ahí a su esposa Linda Partridge (Julianne Moore) que al teléfono le reclama al médico que le de «algo» para mitigar el dolor de su esposo moribundo. Y llegando al final el desayuno, en solitario como casi todo, del oficial Jim Kurring (John C. Reilly), un hombre bueno, optimista y profundamente religioso que sólo quiere hacer el bien, «ayudar a la gente», que reza y se autoconvence de su discurso mientras va en su patrulla, fuertemente armado, por las calles de Los Angeles.

Y estos son todos ellos (y sí, son muchos) y si aún no viste Magnolia esta secuencia de casi 8 minutos bien vale la película. El guión, la luz, los planos; todo funciona a la perfección, sin una sola grieta y, de paso, deja bien claro de que va la cosa; insisto, Magnolia es una película moral, un manifiesto del director (también guionista) de lo que el bien, el mal, la culpa, el arrepentimiento, el perdón, el castigo, la justicia, la fe y la redención representan.

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Decíamos antes que Magnolia se articula en episodios separados unos de otros por placas (esos «subtítulos») que informan sobre el clima. El primero habla de mucha humedad (82%) y de posibilidades de lluvia y es también el momento en que los conflictos que relacionan a los personajes se presentan. Podemos pensar dos bandos claramente definidos, los buenos buenísimos como el sufrido enfermero Phil Parma y el policía Jim Kurring, los malos malísimos (que aparte son enfermos terminales de cáncer, Jason Robards lo era en la vida real, éste es su último papel) Earl Partitridge y Jimmy Gator y las víctimas que, no casualmente, son hijos estos padres Claudia Gator, Frank Mackey, Spencer Spector y Donnie Smith. Nos quedan las esposas (todo aquí es una cuestión de roles) Linda Partridge y Rose Gator, pero de ellas nos ocuparemos luego.

Los conflictos se relacionan con la culpa, con la omisión, con el desamor. El padre que en su lecho de muerte quiere ver al hijo que abandonó hace años, el otro padre que visita a su hija para decirle que se está muriendo, esperando redimirse, el niño prodigio devenido en adulto mediocre y sin futuro (porque sus padres lo estafaron), el niño prodigio que es un «freak» explotado por su padre y se rebela tibiamente, la esposa culposa que, finalmente, se ha enamorado del hombre con el que se casó por dinero y al que engañó durante años que no soporta que justo ahora que lo ama se esté muriendo, el hijo que inventa una biografía en la que elimina al padre que lo abandonó y redime a su madre muerta y, finalmente, la hija víctima que se castiga y se autodestruye pero aparece un hombre bueno que la elige y quizás…

Magnolia, lineal en su planteo, es una película de hombres y de cosas que -aparentemente- le pasan a los hombres. En este abanico de roles y culpas las madres no aparecen, están muertas o calladas (aunque duden), y son ellos, los padres, los que han abandonado, engañado, abusado y estafado a sus hijos, los que aún pueden y quieren se arrepentirán, los que no morirán solos y abandonados y las víctimas como Donnie Smith (víctimas del pasado y del presente) serán salvados en la cornisa de la decadencia.

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Finalmente las «probabilidades de lluvia» se hacen reales. Llueve, y sí, la lluvia siempre funciona a nivel narrativo como eso que preanuncia la redención, el cambio. La lluvia lava nuestros (sus) pecados y cuando parece que todo va a salir mal Anderson construye un momento epifánico en el que todos los personajes cantan Wise Up de Aimee Man (la voz que musicaliza de manera exquisita y precisa toda la película) y pasa eso que la canción dice «esto no va a parar hasta que te des cuenta, no va a parar». Hay que desprenderse de la comodidad del rol de la víctima, hacerse cargo del rol del verdugo -parece decirnos-, lidiar con la culpa y pedir perdón o perdonar según corresponda. Y sobreviene el milagro, llueven ranas del cielo, literalmente. Ese fenómeno inexplicable (*) como una plaga bíblica pondrá las cosas en su lugar: los que se arrepientan serán perdonados, los que no reconozcan su falta serán castigados.

El pasado siempre nos alcanza… y la redención llega en el último suspiro del moribundo al que el hijo le sostiene la mano, en la madre que, finalmente, se decide y abraza a su hija en medio del terror de la tormenta, en el policía bueno que ha encontrado el amor y pelea por él, en Claudia, quizás el personaje más desolado de todos, que sonríe a la cámara cuando el hombre bueno le dice que ella también es buena y que la ha elegido. El joven Anderson (tenía 29 años cuando se estrenó esta película) no se priva del moño moral y el final feliz para los justos.

Magnolia es larga aunque las tres horas de duración funcionan gracias a un muy buen guión (una película coral debe tener un guión sólido y exacto como un reloj suizo), a un gran trabajo de edición y montaje y a los actores, claro, que se desenvuelven con soltura, e incluso, protagonizan algunas escenas realmente memorables como por ejemplo la de Julianne Moore en la farmacia, la entrevista de Tom Cruise (y su «te estoy juzgando en silencio») y la de  William Macey y su declaración de amor en el bar están entre mis favoritas. Los invito a revisitarla y descubrir las propias. A mí me dejó la sensación (cuando la ví en su momento y ahora también) de ser el punto de partida de la construcción del universo p.t. anderson (así aparece en los títulos alla cummings) pero se quedó ahí, como dice la canción de Aimee Man «no, no va a parar. Así que ríndete».

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Magnolia es una película digna de ser mirada, sin dudas, pero que en muchos pasajes no ha resistido el paso del tiempo y en otros sigue tan actual y punzante como el día de su estreno. Y está bien, no es una obra maestra pero es una gran obra. Todos nosotros (los espectadores, la película, el director) somos también un producto de nuestro tiempo, nuestras culpas, nuestras omisiones y nuestras redenciones.

Magnolia (EUA, 1999), de Paul Thomas Anderson, c/Tom Cruise, Juliane Moore, Philip Seymour Hoffman, William H. Macy, John C. Reilly,  Jason Robards, 188′.

 (*) (…) una lluvia de ranas que infecta la ciudad. Anderson, durante toda la película, había dado muestras imperceptibles de que un fenómeno de proporciones religiosas podría ocurrir (los registros del tiempo entregados para producir pausas en la narración) y una excentricidad numerológica: desde el comienzo de la película se puede apreciar incansablemente que el número 82 está presente en numerosos planos (la chaqueta de los primeros ahorcados, el número del avión que apaga el incendio forestal, la hora exacta en que la Asociación por la Ciencia Forense se reúne, las cuerdas que forman el número mientras el chico Sydney intenta suicidarse y la primera vez que nos enteramos del porcentaje de humedad, 82%, por supuesto, sólo por nombrar algunas). En la Biblia, el libro «Éxodo» capitulo ocho versículo dos dice: «Así lo hizo Aáron, y salieron tantas ranas que cubrieron todo el país de Egipto». (Tomado de «La postmodernidad en Magnolia y la crisis del sujeto» de Leonardo Díaz Bouquillard).


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