Lo primero que llama la atención de Cuba libre, telefilme realizado para la televisión alemana por un joven Christian Petzold, es la convicción y seguridad en la historia que se va a narrar. La potencia de las imágenes y el universo de referencias cinéfilas que se expande a lo largo de la historia de un modo absolutamente orgánico al relato, es una de las claves para entrar en ese universo angustiante que reflexiona sobre la fragmentación del tejido social en un policial sórdido que se hamaca en cierto existencialismo y desencanto de fin de siglo (XX). A 25 años de su estreno, Cuba libre puede (y debe) verse como un retrato feroz de dos marginales a los que el sistema sumergió en el fondo de la historia. Por aquellos años, era la Argentina la que estaba sumergida en ese experimento neoliberal llamado menemismo que terminó generando la explosión política y económica de diciembre de 2001. En 1996 faltaban también dos años para el surgimiento del movimiento que después trascendió como Nuevo Cine Argentino, caracterizado en sus orígenes por el modo crudo de narrar las historias mínimas que sucedían como lado b al calor de esas políticas de beneficio para unos pocos y de exclusión para la gran mayoría de la población.

Tanto desde lo estético como desde lo político, los ’90 fueron años de escepticismo y desolación ante los cantos de sirena del fin de la historia. En ese sentido, Cuba libre puede verse como una película que dialoga con el cine argentino de aquel entonces:  Pizza, birra, faso o Bolivia, por pensar en dos referentes fundamentales de esa nueva ola, se vinculan directamente con la película Petzold. La descripción de esas vidas al margen de cualquier tipo de contención social, es brutal y desoladora; potenciada a su vez por una puesta en escena cruda que remarca la sensación de angustia de esos seres arrojados a la deriva de la existencia.

Petzold utiliza la estructura narrativa del policial clásico para darle rienda suelta a una historia de “amour fou”, y aunque hay momentos en los que el espíritu de La mujer de la próxima puerta, del crepuscular Truffaut, pareciera irrumpir en el relato, en realidad se trata de un cine punk y de estallidos violentos a lo Fassbinder. En Cuba libre los bordes del relato no son los de la burguesía francesa sino los de la marginalidad urbana que vomita el neoliberalismo desde el origen de los tiempos. Lo que hace Petzold es retomar las inquietudes metafísicas de ciertos cineastas punks como el mencionado Fassbinder o Pasolini, en donde la lucha de clases muta en desesperación y desesperanza individual y en donde la muerte es narrada con una crudeza que aturde y desconcierta.

Cuba libre es la historia de un amor (el de Tom y Tina) encerrado en la jaula de un tiempo histórico, y es también la historia de una amistad (la de Tom y Jimmy) que le da aire y vida al relato. La muerte de Jimmy, debido a sus problemas cardiacos, hace que la película deje girando en el aire y potencie esa sensación de desasosiego en la que Petzold se mueve como pez en el agua. En esa muerte (trágica como toda muerte) está resumida la brillantez de una puesta en escena tan áspera como emotiva: la escena en la que Tom entierra a su amigo hace acordar, por la dificultad que representa movilizar el cuerpo, al Hitchcock de Cortina rasgada. Luego vendrá el proceso de cambio de identidad de Tom para que sobrevuele allí otro fantasma ilustre del cine contemporáneo como es A pleno sol, de René Clément. Pero, a diferencia del Tom Ripley deloniano, el Tom de Petzold no es un psicópata sino un excluido, un marginado por el sistema. Tom, y luego Tina, solo querrán aprovechar la oportunidad que la tragedia les dejó servida para iniciar una nueva vida en otro lado. Su sueño es el sueño de arrancar de cero. La fuga como posibilidad de liberación, como construcción de una utopía que los saque del pozo. Lo mismo da que se trate de Cuba o Veracruz.

Ricardo Piglia situó al policial clásico como el escenario en donde se desarrolla la tragedia moderna: esa sociedad que nacida al calor de la crisis de Wall Street que finalmente sería rescatada por el propio capitalismo, dando inicio a un ciclo vital de aproximadamente 40 años.

Desde la década del ’70 del siglo pasado, ese horizonte de construcción de un tejido basado en la inclusión y en la igualdad pareciera ser una quimera que debe construirse por fuera de los grandes poderes fácticos. es sobre este telón de fondo social que pueden pensarse películas como Cuba libre y parte de la obra posterior de Petzold. La sensación de angustia existencial nos remite a la de los grandes maestros de la historia del cine, pero ese juego de referencias nunca es explícito. Acá no hay pastiche posmoderno en relación al trabajo con la cita. En Cuba libre, Petzold se muestra como un narrador clásico que pone el foco en el lugar preciso.

El final esperado nos sumerge en la tristeza de lo irrevocable y en la comprobación de que las fuerzas del destino terminan siempre reduciendo a los hombres y pueden más que ellos. La diferencia, con respecto a lo que hacen autores como Lars Von Trier, por ejemplo, es que aquí no hay regodeo en el pesimismo. El amor y la amistad son los antídotos frente a ese mundo deshumanizado que presenta la película. Es como si Petzold nos quisiera decir que en la resistencia y los sueños radican la esperanza de un mundo distinto. Imaginar la utopía de otro mundo posible es lo que nos hace persistir y seguir viviendo, ni más ni menos.

Cuba libre (Alemania, 1996) Dirección: Christian Petzold. Guion: Christian Petzold y Harun Farocki. Fotografía: Hans Fromm. Música: Stefan Will. Reparto: Richy Muller, Catherine Flemming, Wolfram Berger. Duración 92 minutos.


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