Christian Petzold es una de las figuras más destacadas de lo que se conoce como La Escuela de Berlín, el segundo momento de renovación del cine alemán, contemporánea a nuestro Nuevo Cine Argentino de los 90’. Aquella renovación sin manifiesto aglutinante se define más bien a partir de diversas individualidades, de poéticas distintivas, con justeza al contexto de época.

La poética de Petzold reanuda la tradición de uno de los grandes maestros del momento inaugural, y con trazo grueso, de la cinematografía alemana ante el mundo; un mundo todavía confundido por la recién terminada Gran Guerra. Friedrich Wilhelm Murnau lograba, en películas como Nosferatu o Fausto, trasladar lo ominoso y amenazante de las escenografías expresionistas a los escenarios naturales modulados por su lente, por su mirada. Rasgaba escenografías más realistas para la emergencia de lo fantástico. Los mitos, en sus películas, se actualizan proponiendo nuevas significaciones.

Ingresar al universo Petzold es como subirse a uno de sus trenes y abrir la ventana; a partir de ahí entrará un aire frío y lejano venido de otros tiempos, de los tiempos mitológicos. Al igual que Murnau, este cineasta reactualiza mitos poniéndolos a conversar con la Historia, y lo hace vistiéndolos de melodrama, con sus excesos por momentos almibarados que se neutralizan en la sequedad de los silencios y las ambigüedades, con sus mujeres errantes, escurridizas, casi espectrales, que desde una supuesta fragilidad hipnótica tomarán decisiones definitivas.

Si bien Undine, su última película hasta hoy, fue pensada como la primera de una nueva trilogía -la trilogía de los elementos- pareciera que su amarre con la historia de amor de Transit -su película anterior-, es lo suficientemente fuerte como para pensarlas juntas. En Undine la misma pareja de actores continúan el mismo amor de Transit, allí ahogado por las aguas, aquí saliendo a flote en forma de mito.

Conocemos a Undine (Paula Beer) en un bar, reunida con Johannes (Jacob Matschenz), quien ya no la ama y la está dejando. El encuentro es árido. Toda la puesta en escena es seca hasta que el mito se activa y comienza a brotar de a poco la humedad, lo líquido. Primero en las gotas del llanto de Undine; luego en la infusión que finalmente acepta; más tarde en el chorro de una canilla abierta, para finalizar en el desborde estallado de la pecera. Aquí es donde la ventana del tren se abre y entran los vientos de otros tiempos, de tiempos cíclicos, que vuelven cada vez que la Historia los reclama en su fracaso.

Undine es historiadora y guía en un museo sobre el desarrollo urbano de la ciudad. En sus recorridos enseña el origen etimológico de la palabra Berlín como “tierra pantanosa” y da cuenta de sus incesantes evoluciones arquitectónicas. En este espacio prima la dureza de lo geométrico, lo estático y lo seco; todo lo que de vital y dinámico tiene la ciudad fue desecado por las maquetas que la representan.

Según el mito griego, las ondinas son deidades del agua que al enamorarse de un mortal pierden su condición acuática mientras dura ese amor al que se comprometen de por vida. Si son traicionadas por el humano, estas ninfas acuáticas deben volver a su elemento de origen no sin antes matar al traidor.

En esta película, como en muchas otras, Petzold hace dialogar al mito con nuestro presente. ¿Para qué? Siempre que encontremos, como recurso, un diálogo entre tiempos distintos es bueno hacerse esta pregunta, pues en las posibles respuestas podremos conjeturar algunos de los sentidos más interesantes de las películas.

En su regreso hacia el mundo acuático -al que de verdad pertenece desde el origen de los tiempos-, y tras salir de su trabajo, Undine busca a Johannes en el bar. Al cruzar un patio interno pasa por delante de una escultura rota de un Poseidón sin tridente que anticipa un tipo de masculinidad en declive. Mientras elabora la ausencia de su amado, Undine es convocada por una voz masculina desde la pecera del bar. ¿Quién o qué la llama? ¿Es el buzo industrial del fondo de la pecera? ¿Es el mundo del agua? ¿Es su propio deseo proyectado? Es todo eso junto.

Christoph (Franz Rogowski) también es un ser del agua y su aparición señala el reencuentro de estos seres mitológicos, que cada vez que se encuentran lo hacen desde otros cuerpos, quizás, pero se saben desde siempre. Cuando estos seres son convocados desde la Historia actual es porque se los necesita, vienen con una misión, que esta vez tiene que ver con recuperar algo del origen que se ha perdido y que aquí –en este Berlín, en este mundo hecho de concreto y virtualidad seca, en este presente- es la humedad que da vida, que moja de deseo, que hidrata. Por eso el estallido, el colapso líquido que los empapa acorde a la dimensión de ese encuentro, con el estruendo del melodrama y la apología del amor romántico que en esta época se torna al menos contracultural.

La película inicia desde el fracaso de Undine en su misión: no logró humedecer la sequía de Johannes, no pudo mojar su masculinidad áspera. En él persiste el macho de tridente  erguido, sin escucha, sin mirada que abrace, con la pobreza de un deseo único, con la oferta de una noche de hotel para la reconquista sin siquiera advertir el estruendoso  mutismo como toda respuesta.

Ahora es el turno de Christoph, y en este breve pero hidratado reencuentro con Undine se pasan la posta.

Con Christoph se reactualiza el mito al extender la figura de las ondinas a la de un varón que además reformula la masculinidad ensanchando la gama de sensibilidades, sostenida por una escucha atenta, una mirada amorosa y una multiplicidad de deseos que le permite amar sin escafandra. Es el turno de Christoph de arreglar las cosas -como dice él- y lo va a intentar desde esta nueva posibilidad de habitar lo masculino.

Sin embargo, hay dos escenas en la película que incomodan particularmente, y que quiebran incluso la teoría sobre la nueva masculinidad representada por Christoph. Ambas escenas son: la del llamado imposible que le hace Christoph a Undine reclamando explicaciones y acusándola de mentirosa, y el enfrentamiento de las dos mujeres en el hospital.

Aun así, la propia ambigüedad característica del cine de Petzold permite activar una maquinaria de salvataje para justificar este desacople. Christoph no tiene un accidente bajo el agua, sino que enferma de la masculinidad recalcitrante de los Johannes -la hegemónica en los tiempos humanos-, y es esta misma enfermedad la que afecta el vínculo entre las mujeres provocando un enfrentamiento en disputa por el varón. La parte de Christoph que efectivamente muere en el hospital, es esa parte contagiada. A partir del asesinato de Johannes a manos ya de la poderosa deidad Undine, resucita esa nueva masculinidad de Christoph que originariamente aportaba en su misión, y lo hace emergiendo con la bravura de lo mitológico.

Cuando Undine ahoga a Johannes, cumple con la sentencia que ordena el mito. Sin embargo, en esta reactualización de la historia mágica, el asesinato deviene en metáfora. La ondina acaba con el varón únicamente fálico para que una nueva sensibilidad masculina pueda resurgir con toda la humedad necesaria. Es desde esta hidratación vital que Christoph intentará llevar a cabo su cometido.

Undine es un intento por recuperar algo del origen, de esa fuente perdida; se trata de volver al pantano, al mito, para recobrar la humedad, el cuidado mutuo, la mancha de vino, la mirada entre dos en medio de tanta maqueta seca.

Undine (Alemania, 2020). Guion y dirección: Christian Petzold. Fotografía: Hans Fromm. Reparto: Paula Beer, Franz Rogowski, Maryam Zaree, Jacob Matschenz, Anne Ratte-Polle, Rafael Stachowiak, José Barros, Julia Franz Richter, Gloria Endres de Oliveira, Enno Trebs, Christoph Zrenner. Duración: 89 minutos.


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