Hay una puerta ahí (2023) está hecha de puros registros personales. Desde ese lugar es el registro de una intimidad que atraviesa un puñado de meses en la vida de dos personas. Uno de ellos es Fernando Sureda, un ex dirigente de la Asociación Uruguaya de Fútbol. El otro es Enric Benito. La distancia entre ambos es física y es la que media entre Montevideo y Mallorca, pero que se acorta en función de la tecnología. Porque la película es toda ella un diálogo –el afiche de la película lo sugiere de manera explícita- en el que las dos personas entran, a partir de la decisión de una de ellas –Sureda- de impulsar la discusión en Uruguay sobre una Ley de Eutanasia. Sureda fue diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica (E.L.A.) y Benito es un profesional en cuidados paliativos que se pone en contacto con él a partir de la recomendación de una persona en común. Entonces, lo que vemos en la pantalla y lo que escuchamos, es el registro de esas conversaciones realizadas delante de la cámara de una computadora.

Lo poco que escapa de ese contenido –una entrevista realizada a Sureda por un canal de televisión; las imágenes de una discusión parlamentaria en España sobre la Ley de Eutanasia; las fotos familiares que se envían mutuamente los dos participantes- es un desvío mínimo, una especie de pequeña parada en el camino que ambos van siguiendo. Lo que agregan es un contexto de ese exterior que apenas se nombra, y que de a poco va quedando fuera de la atención de ambos. Lo que importa es el adentro, ese espacio en el que los personajes se sitúan para entrar en diálogo. Un espacio fijo en el caso de Sureda –en el que, sin embargo, se producen continuas entradas en la imagen de su entorno familiar-, uno que se va modificando en el caso de Benito –distintas casas, distinta luz, hasta pasa por detrás su esposa en algún momento-, pero que en la conjunción componen ese espacio de intimidad en el que dos hombres hablan respecto de la muerte y el dolor propio y ajeno.

Ese adentro está marcado por el cambio de perspectiva. Benito no puede hacer nada por detener el avance de la enfermedad de Sureda, pero lo que se propone es hacerle comprender a su contraparte la necesidad de observar sus actitudes en relación con la enfermedad y con su familia. Una comprensión del cambio que una enfermedad opera ya no solamente sobre un cuerpo, sino sobre la forma en que ese cuerpo se puede relacionar con su entorno más directo. El pasaje de la posición de autoridad a la aceptación de la ayuda ajena como correspondencia a la limitación que va sufriendo el cuerpo. Y también el de la indignación original –por la frustración que implica no conseguir la eutanasia- por un relajamiento que lleva a que ambos terminen, cerca del final, haciendo diferentes chistes sobre enfermedades.

Más que la forma en que discurre lo temático, más que ese lugar que ocupa Sureda en referencia a su propia enfermedad –“Soy el enfermo terminal más sano del mundo” dice más de una vez- y el que intenta ocupar Benito en su tratamiento –que se vuelve interesante cuando logra invertir el sentido de los términos que usa Sureda-, lo que importa es lo que hace con ese material en Hay una puerta ahí. Si el documental parece estar ofreciendo el acceso a algo que parece infranqueable, como puede ser un diálogo entre alguien al borde de la muerte y un terapeuta que lo lleva a reconfigurar su visión, lo hace a costa de resignar algo de las posibilidades cinematográficas. Confiando en la potencia de los diálogos, en la profundidad temática a la que pueden llegar y en la empatía que pueden despertar los personajes, sostiene desde la imagen el intercambio que ofrecieron originalmente esas pantallas en las que mutuamente se observaban. Como si no importaran los ligeros desenfoques o las alteraciones lumínicas o los desniveles sonoros: Hay una puerta ahí parece haber sido pensada desde cierta visión que conjugue lo amateur con lo profesional. Que aquello sea el sostén de la imagen y que esto se conjugue solamente a la hora de trabajar sobre la selección del material y su montaje. El resultado es, cuanto menos, extraño: entre la aridez que implica el sistema dialógico y la posible fascinación por lo que se dice parece haber un abismo que la película no intenta resolver y que deja en manos del espectador para su posible aprobación.

Hay una puerta ahí (Uruguay, 2023). Guion y dirección: Facundo Ponce de León, Juan Ponce de León. Fotografía: Matías Lasarte. Edición: Guillermo Madeiro, Juan Ponce de León Elenco: Duración: 73 minutos.

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