El 11 de septiembre de 1973, el golpe de estado encabezado por Augusto Pinochet clausuraba una experiencia histórica que marcaría para siempre la vida de Chile y abría otra, también crucial, pero signada por el terror y la muerte, cuyo objetivo era desarticular aquella poderosa y singular etapa de movilización de la clase obrera y el pueblo trasandinos, sometiéndola a una represión sistemática y descarnada. Ese mismo año, tan solo unos meses antes, el realizador italiano Nanni Moretti iniciaba su extensa carrera como cineasta, rodando en Super-8 La sconfitta (La derrota), un cortometraje en el que el director (y, ya desde aquel entonces, también protagonista), alterna imágenes de una multitudinaria movilización de obreros metalúrgicos en el centro de Roma, con la historia de un militante de izquierda paralizado por sus dudas y decepcionado con una revolución que se posterga y una izquierda a la que adscribe, pero percibe irreflexiva y desorientada. Cuarenta y cinco años después, esos dos acontecimientos paralelos celebran su comunión en un documental conmovedor y a su vez reflexivo, en el que un aspecto desconocido de aquella página de la historia chilena, que tiene a la Embajada italiana como protagonista, sirve de pivote para poner a la Italia de aquel entonces, solidaria y comprometida, en diálogo con la actual, la Italia que le cierra las puertas a la inmigración africana y apoya en las urnas a fuerzas nacionalistas xenófobas.

El plano inicial lo tiene a Moretti de espaldas, observando desde lo alto la ciudad de Santiago. Bella imagen que advierte el lugar que ocupa el director en esta película. Como de costumbre, su presencia no será intrascendente aunque, en este caso, la propuesta no es mirarlo, sino mirar (y sobre todo escuchar) junto con él. Luego de ese plano, Moretti se coloca del otro lado de la cámara y solo revierte esa ubicación en un momento muy precisos, que luego comentaremos. Una música carnavalesca y las imágenes de una gran manifestación por las calles de Santiago advierten que el presente es lucha, así que nada de acomodarse en la poltrona de la nostalgia. Recién ahí, aquella movilización da lugar a otra. En este caso, una de aquellas grandes manifestaciones de apoyo a la Unidad Popular a inicios de los 70. “La izquierda unida, jamás será vencida”, cantan las columnas. A partir de allí, el nuevo documental del director de Caro Diario y La habitación del hijo, entrelaza material de archivo con unas veinticinco entrevistas y con esos elementos estructura un documental en cuatro actos, delimitados claramente por intermedio de placas. Todas las entrevistas son planos medios frontales, sin ningún cuidado particular en el fondo encuadrado. Un ascetismo extremo que confía (y propone confiar) en el sustrato de los testimonios. ¿Moretti demostró saber abordar temas políticos de forma más lúdica y original? Sí.  ¿Santiago, Italia es eficaz tal como está? También.

Imágenes de un inmenso acto en apoyo al candidato Salvador Allende, en compañía del poeta Pablo Neruda, dan inicio al primer capítulo del documental, centrado en los acontecimientos que van desde la asunción de Allende hasta el golpe. Gracias a todo lo que hay escrito y filmado sobre este período, uno puede ser asaltado por la idea de que allí no habrá nada novedoso. Pero atención, aquello no solo es preciso para dar soporte a lo que vendrá luego y constituirá el nudo de la historia, sino que incluso este capítulo guarda pasajes interesante, por cuanto deposita su atención no tanto en los acontecimientos en sí, sino en cómo ellos fueron vividos por sus protagonistas. “Un sueño despierto”, “una sociedad entera en estado amoroso”, “una fiesta perpetua”. Todos los entrevistados dan cuenta de la energía vibrante del momento. Optimismo y vitalidad que contagiaban y tornaban irreconocible a aquella sociedad aún para quienes la integraban. Tres testimonios que dan comienzo al film pertenecen a cineastas: Carmen Castillo, Miguel Littín y Patricio Guzmán. Un pasaje de La sconfitta, el cortometraje mencionado, invita a una lectura posible de esa elección. Allí, un Moretti desesperado le implora al militante que le recita mecánicamente el decálogo del partido: “Sí, pero ¿nosotros?¿No veremos más el comunismo? ¡Al menos un pedacito de la fase de transición!”. Aquí, Moretti se encuentra frente a tres colegas que pudieron probar cuán dulce es la miel de la victoria popular. Quizás por eso, cuando Guzmán le relata sucesos de aquel momento, Moretti lo interrumpe con un “¿E tu?”. Él ya leyó sobre la Unidad Popular y conoce sus proezas. Lo que desea es que Guzmán le cuente qué sabor tuvieron. Compartir el oficio, una forma de mirar, quizás le permita más fácilmente figurarse él mismo en una situación semejante. Chilenos de diversos oficios irán sumando testimonios referidos a esa situación de algarabía que se vivía en las calles y casas del país. Muchos de ellos lo hacen en un italiano que, de no ser por sus nombres, pasarían por nativos. ¿Por qué hablan en italiano? Es una pregunta que se saldará tiempo después y resulta un recurso efectivo para mantener la intriga en un film cuya historia termina de armarse transcurrida ya su primera mitad.

Súbitamente, los entrevistados pasan del júbilo ante el éxito de un “socialismo humanista y democrático” y la inédita llegada al poder de un marxista “por la vía democrática y no por las armas”, a hablar de crisis económica, desabastecimiento, desarrollo del mercado negro y, finalmente, riesgo de golpe de estado. ¿Qué pasó en el medio? Si bien se señala el inmenso poder de desestabilización de los enemigos que se granjeó el gobierno de la Unidad Popular ante las grandes reformas implementadas (espionaje y apoyo de Estados Unidos a la oposición conservadora, lock out y desabastecimiento por parte de la burguesía industrial, campaña de descrédito de los medios de comunicación, etc.) el documental no profundiza en la política que se trazó la UP para construir poder y repeler los embates de una clase dominante que, se descontaba, saldría a defender los privilegios hasta el momento detentados. “Ninguna clase social se suicida” es una famosa frase de Karl Marx que sin dudas Allende conocía, y era de esperar que la contraofensiva de la burguesía llegaría de alguna manera. Varios testimonios, sin embargo, son útiles para indagar en este aspecto. El traductor Rodrigo Vergara señala que “con el poder económico y militar en contra, con los norteamericanos en contra, contra la televisión, contra todo, era dificilísimo. Y sabíamos que al final, iban a intervenir por la fuerza.”, para concluir con una frase palmaria: “Aprendí que la democracia es una cosa que va bien, siempre y cuando le sirva a los poderosos.” El obrero David Muñoz señala sincero y pedagógico: “Había (dentro de la UP) dos posiciones. Una que decía que debíamos avanzar sin tranzar, mientras que los otros decían que debíamos ir más lento para no alarmar a la burguesía, porque la burguesía debe ser tratada bien. Esta es una política tan vieja como la montaña dentro de un sector de la izquierda. El árbol estaba ya casi caído. ¿Qué haces, lo enderezas o lo cortas? Nosotros pensábamos que debíamos cortarlo”. Al parecer, Muñoz y sus compañeros quedaron en minoría en el debate. Pero esto es harina de otro costal. Moretti decidió que esta película no forme parte de su polémica hilvanada a lo largo de varias películas, con los partidos de izquierda y sus erráticas estrategias.

El segundo capítulo del documental se concentra en los acontecimientos del 11 de septiembre, el bombardeo a la Casa de la Moneda, la certeza de que no habría resistencia de parte del gobierno y la forma en que cada militante transitó esas horas y las posteriores, algunos recluidos en los centros de detención, otros atravesando crudas sesiones de tortura. Nuevamente aquí, la posibilidad de indagar en aspectos subjetivos de los personajes arroja pasajes maravillosos que muestran otro plano de acontecimientos ya vistos o escuchados. Por ejemplo, cómo era el cotidiano dentro de ese campo de detención gigante que era el Estadio Centenario. Pero lo central de este apartado son las entrevistas a dos militares retirados. Ambos defienden el golpe y la represión perpetrada por las fuerzas militares e incitan a Moretti a desenfundar. Dardos punzantes comienzan a llegar de detrás de cámara, hasta que, ante el militar recluido en una cárcel por crímenes de secuestro y asesinato, vuelva a colocarse frente a cámara para advertirle al entrevistado y a todos nosotros “Yo no soy imparcial”. Aún en su forma improvisada, la sentencia calma y firme del director se yergue por sobre las necesidades del film con intenciones de resonancia hacia el conjunto de su obra.

Se llega así al tercer capítulo del documental y, con él, a su anécdota, pero también a su esencia. Italia fue el único país en no reconocer al gobierno de Pinochet, y su Embajada en Santiago fue, gracias al gesto humanitario de los diplomáticos que estaban a cargo, receptora de asilados que buscaban refugio de la represión militar. De boca de los propios refugiados escuchamos las diversas estrategias para lograr saltar el muro, y posteriormente cómo fue esa peculiar experiencia de convivencia durante largos meses en el interior de la Embajada y el extraño ambiente que se generó allí, donde no solo se logró desplazar el miedo, sino incluso recuperar la risa. Los relatos recrean la dinámica propia de la vida en la Embajada, en el marco del terror del proceso general. La extrañeza con la que tal coexistencia de realidades se vivía da lugar a un sinnúmero de pasajes deliciosos donde lo divertido y lo escabroso se entrelazan. Sin lugar a dudas aquí se toca el nervio más vivo del relato, donde en lo pequeño de cómo sortear el muro u organizar la estadía en esa Embajada devenida en hotel de militantes, reverberan sus aspectos más generales y trascendentes.

El último capítulo es el destino buscado por los refugiados en la embajada: el viaje a Italia. El tenso traslado hasta el aeropuerto de Santiago y la solidaridad recibida en Roma, donde todos encontraron ayuda para encontrar un empleo y fueron rodeados por el calor de un pueblo que los reconocía como luchadores. Están los que luego de muchos años lograron volver y los que echaron raíces en el viejo mundo. Los últimos dos testimonios sintetizan el sentido del film y manifiestan la motivación del realizador. La Italia solidaria de ayer, que evocaba las mismas aspiraciones de Allende, y la Italia de hoy, absorbida por un individualismo frenético, una carrera por el beneficio personal, muy parecida a la meritocracia pregonada por el Chile que los expulsó. Io sono autarchico tituló un joven Moretti a uno de sus tempranos films. A partir de ese halo de independencia, se mostró vinculado a las causas sociales, pero preservando para sí una autonomía crítica en relación a esa izquierda que derrapaba hacia una asimilación y desintegración sin límites. Ante el estreno de Santiago, Italia, mientras el ultraderechista Matteo Salvini se queja burlonamente del regreso del director “radical y chic” que lo emparenta con un dictador sanguinario, la película despierta emoción entre los jóvenes italianos que acuden a verla. Al parecer, quedó claro. Autárquico, sí, pero nunca imparcial.

Calificación: 7/10

Santiago, Italia (Italia/Francia/Chile, 2018). Guion y dirección: Nanni Moretti. Fotografía: Maura Morales Bergmann. Edición: Clelio Benevento. Sonido: Boris Herrera Allende y Alessandro Zanon. Duración: 80 minutos.


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