La referencia inicial a Maeterlinck no es ociosa. La descripción del comportamiento de las hormigas ante una situación de riesgo, es cierto, puede caer en la simplificación metafórica. Si se lo piensa de manera esquemática, los tres grupos en que se dividen esos comportamientos pueden funcionar como compartimentos estancos, como envases clasificatorios que no implican dudas ni alteraciones. Pero toda clasificación no es más que la puesta en escena de una arbitrariedad que, en el mejor de los casos, puede ser consensuada. Es el reino de los blancos y los negros que desprecian los matices intermedios.

El documental de Santiago García Isler pone en escena el contrapunto, lo paradójico: comienza con esa referencia taxonómica, para eludirla. O para, en el mejor de los casos, tomarla como un punto de partida, como un juego como el que propone título del documental. Porque hay que pensar que Falklinas, ya desde su nominación, intenta romper con una estructura que no admite posiciones intermedias. Esa mezcla de dos nombres antitéticos –Falklands, para los ingleses; Malvinas, para los argentinos-, especie de expansión de la grieta vernácula a lo irreconciliable en el terreno de las relaciones internacionales, pone en cuestionamiento la narrativa histórica centrada en puntos de vista culturalmente nacionalistas. No se trata simplemente de no adscribir enfática y fanáticamente a una postura u otra, sino restablecer la idea de que se trata de un mismo territorio, al cual sus distintos ocupantes ocasionales han dotado de nombres diferentes (piénsese en el caso todavía más chirriante que implica que la capital de las islas sea nominada como Port Stanley o Puerto Argentino, según quien la invoque). De allí, a trasponer los límites que implica la nacionalidad de origen para restablecer al conflicto como parte de un territorio marcado por la humanidad antes que por las fronteras convencionales, hay un paso tan pequeño que el documental lo asume con una naturalidad envidiable. Es en ese momento cuando, precisamente, la clasificación de Maeterlinck queda archivada como una referencia iniciática y no más que eso. Si en apariencia, el retrato que hace el documental es sobre un puñado de esas hormigas caracterizadas como “B” –las que no sufrieron el impacto directo del conflicto, pero sí vieron modificadas sus vidas-, todo el relato va moviendo las piezas de una manera en la cual cada una de las historias personales pudieron llevar a los retratados a ser una clase “C” –al comienzo, incluso, a varios de ellos podía caberles ese lugar, inclusive a ese narrador que confiesa que en el año 1982 lo único que le importaba era “Gatti atajando en Boca, el disco Peperina o Quico en Obras”- o una clase “A” –en tanto varios estaban precisamente en el territorio donde se desarrollaban los combates-.

De allí que lo que importa es más la idea de explorar la historia de un grupo de personas que estaban en el momento indicado en el lugar preciso. La noción implica que ese lugar está determinado por una inversión del espacio de origen como hecho –un periodista argentino exiliado en Londres, un jugador de fútbol argentino en la cima de su éxito en el Tottenham Hotspur inglés- o como potencialidad –el fotógrafo argentino haciendo tomas en Malvinas; el periodista inglés en las islas cuando son ocupadas por los argentinos; la kelper que planeaba irse de la isla-. Esa visión se agotaría si se limitara a remitir a las coordenadas azarosas que llevaron a los personajes a esos lugares y constituiría un ejercicio al borde del vacío. Sin embargo, es el desarrollo que se le da a esas historias y su puesta en paralelo –y en algunos casos, con el mismo azar determinando cruces circunstanciales- lo que distancia al documental tanto de la unidimensionalidad de las historias personales como de las Malvinas/Falkland como tema.

El gran mérito de Falklinas es despegarse de la necesidad de contar la guerra de Malvinas desde los lugares en los que ya fue narrada. Volviendo a la clasificación inicial, centrarse en los personajes B implica no contar la guerra como una sucesión de hechos dramáticos y dolorosos cifrados en términos de batallas, invasiones, muertes y rendiciones. Lo cual no implica una renuncia al episodio, sino la decisión de contarlo desde una lateralidad que explora y pone en relación elementos que para la Historia serían secundarios. La guerra es en Falklinas un sonido de fondo, una imagen distanciada sobre la que se imprimen las historias elegidas. Y a su vez, estas historias definen un perfil diferente del conflicto, centrado en las consecuencias directas que tuvo sobre la vida de los personajes.

Si en algunos casos esas consecuencias se plantean como una ruptura más o menos definitiva en el devenir de los personajes –Ardiles y el shock que le produjo la guerra entre su país natal y el adoptivo que lo llevó a perder su mejor momento futbolístico; Laura McCoy que pierde a su amante y la posibilidad de ir hacia Escocia-, en alguno funciona como una potencialidad inesperada –Wollman, el fotógrafo que ganó prestigio por sus fotos en los días iniciales de la guerra- y en otros, como una especie de paradoja no resuelta entre la afirmación laboral y la inestabilidad de ese tiempo histórico –Winchester, entre los informes de los primeros días que dieron la vuelta al mundo y el encarcelamiento sufrido en Ushuaia; Graham Yooll entre la posibilidad de regresar del exilio y el terror por los pedidos de captura que pesaban sobre él-. Y es que esa lectura lateral de Malvinas pone el acento en aquello que el cine sobre el conflicto ha despreciado durante largo tiempo. Si el contexto de Malvinas se ha reducido en la mayor parte de los casos a la contradicción entre las plazas del 30 de marzo y el 2 de abril de 1982 o queda circunscripto al antes y el después, Falklinas hace un ejercicio de exploración continuo para situarlo en el durante. Así, lo que parecía escondido es puesto en primer plano, y las historias registradas permiten reconstruir ese lado de la Historia que quedaba subsumido bajo las esquirlas de la guerra. Como si lo que buscara fuera revelar un clima del momento, lo que consigue el documental es poner a Malvinas como un continuo en el que lo cotidiano –la represión y las amenazas del gobierno militar argentino hacia los periodistas argentinos e ingleses; la reacción nacionalista de las hinchadas rivales del Tottenham contra Ardiles- se sostiene en la esfera del conflicto con el mismo poder evocativo del momento histórico.

Falklinas debe entenderse como un intento de salir de un esquema en el que una guerra solo puede ser narrada desde la perspectiva de lo bélico. En ese sentido, parece anclar en una suerte de revisionismo documental que explora los costados menos reconocidos de la guerra, para darle otra perspectiva y que encuentra lazos concretos en otras películas como 1982, Buenas noches Malvinas o Nosotras también estuvimos. En un punto, esos documentales, son, como éste, una representación del cine de aquellas hormigas clase B del comienzo, que rodean el espacio del desastre para tratar de entender qué se puede hacer a partir de él.

Calificación: 7/10

Falklinas (Argentina, 2021). Dirección: Santiago García Isler. Cámara y fotografía: Pablo Parra. Sonido directo: Gino Gelsi. Montaje: Emiliano Serra. Música: Alberto Carpo Cortés. Ilustraciones: Miguel Rep. Animaciones e intertítulos: Martín Zaitch y Malena Vázquez. Protagonistas: Andrew Graham Yooll, Osvaldo Ardiles, Simón Winchester, Laura Mc Coy, Rafael Wollmann, Damián Dreizik. Duración: 68 minutos. Disponible en Cine Ar Play.


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