Ridley Scott tuvo un productivo 2021. Después de recrear la Edad Media en El último duelo, ahora posó su mirada en el mundo de la moda de fines del siglo XX. Su último film es puro exceso en la recreación, en tono de melodrama, del final del imperio Gucci.

De algún modo las dos películas de Scott realizadas este año pueden pensarse en serie. Si en El último duelo, el director de Alien indagaba en los vínculos filiales y en el tema de la lealtad y la traición, en La casa Gucci retoma estas cuestiones pasando de la épica de las grandes batallas a las intrigas palaciegas contemporáneas. Lo que en El último duelo es el contrapunto entre grandes y pequeños gestos, en La casa Gucci es el glamour y desborde de una época caracterizada por el exceso. La principal responsable de este desenfreno estético es Lady Gaga, quien construye un personaje caricaturesco al que nutre de una desquiciada humanidad en una actuación definitivamente consagratoria.

Mezcla de fábula de Disney y exceso operístico deudor de la saga de El padrino, la película nos habla de la codicia y la locura pero también pone en tensión (al igual que en El último duelo) la cuestión del origen de clase. Scott narra desde el exceso y la artificialidad apoyándose en dos actuaciones notables (la ya mencionada Lady Gaga y la del polifacético y siempre rendidor Adam Driver) el encuentro entre Patricia Reggiani y Maurizio Gucci, el último heredero de la dinastía Gucci. Como muchas veces ocurre en su obra, avanzamos en un relato a simple vista claro y lineal en su diferenciación entre buenos y malos, que paulatinamente se sumerge en un terreno de opacidades en el que no todo es lo que parece.

Patricia Reggiani también puede pensarse como el reverso femenino del personaje encarnado por Jodie Comer en El último duelo. Si en aquel film Marguerite de Carrouges representaba el honor, en La casa Gucci, Reggiani está modelada desde la codicia y el interés como eje central del relato. El Maurizio de Adam Driver representa a un dandy al comienzo, ingenuo y naif, para luego transformarse en un lógico ejemplar de este clan, en el que la traición siempre es una opción posible. Ambas películas, gemelas en su duración (entre ambas suman cinco horas), trabajan los lazos familiares y discuten acerca de la lealtad y traición. La casa Gucci nunca decae en sus dos horas 30 minutos de duración, a pesar de que todos sabemos lo que finalmente terminará sucediendo. Scott se apoya en esa estructura de tragedia griega pero no sobrecarga el relato con el peso de lo inevitable. La música le permite potenciar el costado lumínico de la historia. Las hermosas “Faith” de George Michael y “Ashes to Ashes” de David Bowie nos sitúan en el tiempo (entre 1978 y 1997) y el espacio (Milán, Nueva York) en el que este cuento trágico cobra vida.

Sostenidos en el vínculo patológico que construye la pareja protagónica, también se lucen Al Pacino evocando paródicamente a su Michel Corleone, Jeremy Irons (el único personaje contenido de esa familia, y por ende casi muerto en vida) y Jared Leto (escondido detrás de estrafalarias prótesis) como el excéntrico de la familia. La mirada de Scott se compone de melancolía por el paso del tiempo y de pesimismo respecto a la condición humana, aunque su costado amargo nunca asfixia el tono gracias a una puesta en escena operística que realza el costado vital de sus personajes. En las primeras escenas, la película me recordó a las novelas de Alberto Migré que miraba devotamente en mi infancia con mi vieja: el director de Blade Runner no le teme a los géneros menores para narrar una tragedia mayor. Hay algo de regodeo kitch en el estilo desenfrenado que le permite a Scott meter las patas en el barro de lo popular para evocar la mitología de un imperio a punto de derrumbarse, jugando a su vez con todos los clichés y estereotipos habidos y por haber. El personaje construido por Lady Gaga es una mala desbocada en la tradición de las villanas que supo representar el Hollywood clásico, al estilo de ¿Qué paso con Baby Jane?, el clásico inmortal de Robert Aldrich en el que Bette Davis desborda de celos y envidia. Lo que vincula a la malvada de Gaga con la icónica actuación de Bette Davis es ese desborde emocional que se transforma en una fuerza de la naturaleza a la que ni la cámara ni el espectador pueden sacarle los ojos de encima.

Por otro lado, Patricia Reggiani opera como la mala conciencia que permite que Maurizio Gucci concrete cada uno de sus actos sin atribuirse nunca el peso de la responsabilidad. Una segunda lectura atenta autoriza poner en tensión ese componente de cuento de hadas: al inicio vemos a Maurizio jugando a ser un príncipe que se pasea en bicicleta a lo Paul Newman en Butch Cassidy Y Sundance Kid; luego lo veremos transformarse en una especie de alter ego de Michael Corleone, asumiendo la responsabilidad del negocio y de todas las traiciones familiares que debe realizar para tomar el control total de ese imperio. Al igual que en El último duelo, las relaciones de clase, invisibles casi siempre para los propios actores sociales, aparecen en un momento específico de la trama develando el funcionamiento secreto de las cosas. “Me casé con un monstruo” le dice Patricia a Maurizio. “No, te casaste con un Gucci” le contesta él, frío y lejano. Esa línea de diálogo es central porque ya no se trata de una cazafortunas buscando a un inocente que vive papando moscas, sino que esa trama “seudocorleonesca” da cuenta de un orden social en el que es muy difícil (por no decir imposible) que los sujetos no reproduzcan una jerarquía dada de antemano.

Gracias a Dios esa mirada lúcida y pesimista que Scott desarrolla (y que se vincula con su propia mirada del mundo)  se conjuga con todo el artificio, el cliché y el delirio que Lady Gaga le impone al film, irradiando cinefilia y dándole espesor dramático a una soap opera que además de la tristeza y la melancolía por el paso del tiempo se permite también la risa y el exceso.

Calificación: 7/10

La casa Gucci (Estados Unidos/Canadá, 2021) Dirección: Ridley Scott. Guion: Becky Johnston, Roberto Bentivegna, Sara Gay Forden. Fotografía: Dariusz Wolski. Edición: Claire Simpson. Elenco: Lady Gaga, Adam Driver, Al Pacino, Jared Leto, Jeremy Irons, Jack Huston, Salma Hayek. Duración 157 minutos.


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