*2004. El mundo era otro. El país también. Acababa de asumir Néstor Kirchner, el país empezaba a asomar la cabeza después de la crisis de fines de 2001. En ese momento, casi tímidamente, en un espacio del barrio de Boedo que hasta ese momento no estaba en el radar de los teatristas, se estrenaba una obra de teatro. Sin estridencias, sin un autor reconocido, con actores surgidos de un taller de teatro. Elementos que, juntos, parecían conspirar para que esa obra pasara por la cartelera sin pena ni gloria.

*2026. 22 años después de aquel momento, aquel autor y director –Claudio Tolcachir- ha conquistado prestigio. Los actores que participaron de aquella puesta inicial, han crecido, y muchos de ellos siguen representando a los mismos personajes, que han envejecido con ellos. La obra, que tenía expectativas para un puñado de funciones, sigue en escena en forma ininterrumpida. Incluso pasó de las temporadas en la sala de Boedo a estar cinco años en cartel en un teatro de la calle Corrientes. Fue invitada a cuanto festival de teatro internacional existe y permitió a obra, autor y actores, viajar con ella por todo el mundo. Y ahora, como si se necesitara cerrar el círculo, tiene un documental que cuenta su historia. “La omisión de la familia Coleman” se convirtió, con el paso de los años, en algo más que una obra de teatro: es una seña de identidad que alude a ese teatro independiente que crecería a la par y de manera exponencial en las últimas dos décadas.

*El éxito –y el fracaso también- de una obra artística, suelen ser una incógnita, más producto de una serie de casualidades –eso que se gusta denominar como “alineación de planetas”- que de un cálculo previo. El documental de Ana Nigri y Florencia Nussbaum evita explorar la posibilidad de encontrar una explicación a esa permanencia. A cambio de ello elige construir una estructura sostenida en dos pilares. Por un lado, sostenerse en la mirada del backstage, de lo que ocurre en el detrás de escena, en los camarines en el momento en que se está produciendo la función de la obra. Por el otro, proporcionar el espacio para ese encuentro al que alude el título: un lugar en el que los actores y el autor recuperan los detalles que hacen a la historia de la obra. En el primero, permite entrever una relación que excede al escenario, que se expresa tanto en complicidades como en diálogos en voz baja, en preparativos en conjunto. En el segundo, se recupera a partir de un rescate casi arqueológico de objetos –de hecho el documental comienza con uno de ellos- la memoria personal y colectiva que rodea a la obra.

*Por otra parte, otro elemento del que se prescinde es concentrarse en la obra en sí misma. Expone algunas escenas breves que funcionan para identificar las referencias que hacen en esa recuperación (por ejemplo, la forma en que se terminó resolviendo el pasaje del escenario de la casa al del hospital). En todo caso, esos fragmentos parecen funcionar más como un doble intento comparativo: el que involucra el paso del tiempo en los actores y personajes a partir de la puesta en relación de funciones de diferentes épocas; y el que involucra espacios y públicos diferentes. Ambos plantean, de manera algo elusiva por cierto, la evolución de algo que en apariencia permanece fijo, quieto. Esa dinámica por la cual la repetición aloja la posibilidad de la variante. Para una obra en la que según su propio autor, “no se trata de nada”, no es poca cosa.

*En ese planteo, prefiere concentrarse en lo que puede pensarse como la cocina de la obra. De los elementos que sirvieron como punto de partida: los tres meses de improvisaciones de los actores, las anotaciones de Tolcachir –pasando por las dudas personales que lo atravesaban sobre la escritura de la obra-, actores que se fueron y volvieron, la duda sobre si se podrían llevar finalmente esas improvisaciones a un texto. El hecho de utilizar la casa de Tolcachir como espacio de improvisaciones –la casa albergando, como un escenario, a una familia ficticia que estaba constituyéndose-. Lo que subyace en esos elementos y en otros sobre los que el documental trabaja, es el concepto que alude a la comunidad, a un espacio en el que la creación es compartida y que, a la vez que permitía construir a esa familia ficticia, establecía los lazos de familiaridad que se consolidarían entre los actores.

*Incluso esa acentuación en la dinámica de las relaciones no puede explicar ni el éxito ni la permanencia en cartel. Tampoco lo hace el hecho de que los espectadores puedan ver en escena un posible reflejo de sus propias historias familiares. Ni tampoco la aparente simpleza de las líneas de texto, que abrevan en el habla cotidiana. Lo que no se puede explicar, entonces, es mejor que permanezca en el misterio. Lo que se advierte es que en lugar de desentrañarlo, se expone el disfrute, la maravilla del descubrimiento de algo que funciona más allá de lo esperado. Lo que prima allí entre actores y director, es detectar los momentos en los que empezaron a intuir que eso que habían creado, podía llegar a funcionar. Que las improvisaciones estaban conduciendo hacia algún lugar, hacia algo más preciso que esa idea original de que tenía que ser una familia y que iba a haber una escena en un hospital. Que la escritura del texto comenzaba a fluir. Que el público respondía, agotando funciones, reservando entradas con anticipación. Que los medios empezaban a hacerse eco –la nota en el diario La Nación parece ser un nudo crucial en la historia. Que los festivales de teatro comenzaron a convocarlos y que la propuesta llamaba la atención, aun cuando aparecía rodeada de producciones más importantes. En fin, que el documental encuentra en la rememoración de la evolución de la obra, su propio camino. Desde la nada al reconocimiento internacional, “La omisión de la familia Coleman” se convirtió en algo que excede el éxito de público. Se convirtió en una marca en el teatro argentino de este siglo, un concepto que con el tiempo sería seguido por otros –pienso por ejemplo, y aunque se trata de la adaptación de una obra extranjera, en “Mi hijo solo camina un poco más lento”-. Encuentro Coleman es un repaso de ese ciclo, pero como lo deja entrever su cierre, se trata de un final abierto, porque la familia seguirá subiendo a escena y los espectadores seguirán llenando los teatros, como si siempre fuera la primera vez.

Encuentro Coleman (Argentina, 2026). Dirección, guión y edición: Ana Nigri y Florencia Nussbaum. Fotografía: Ana Nigri, Florencia Nussbaum, Javier Cerruti, Hernán Alcaraz, Rafael Bolomo, Leandro Crovetto, Carlos Segura. Duración: 80 minutos.

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