A Alice Langlois (Élodie Bouchez) le comunican que, entre tres postulantes preseleccionados, se le ha concedido a ella la entrega en adopción de un recién nacido. El anuncio no modifica la actitud expectante de Alice. Pregunta, en cambio, qué ocurrirá con los otros aspirantes y si debe defender su postulación. El mismo esfuerzo le requiere caer en la cuenta de que se trata de un bebé de apenas dos meses. Precisa que todo le sea dicho dos veces: ya no más trámites ni evaluaciones, en diez días el bebé estará en su casa. Recién allí, la perplejidad se disipa y la emoción sobreviene en una sonrisa que es también sosiego.

Haciendo gala de una profunda sensibilidad, la directora y actriz francesa Jeanne Herry inicia su aguda observación sobre el arduo proceso de adopción, condensando en los gestos, reflejos y mirada de esa flamante madre adoptiva las líneas argumentales que desplegará a lo largo de todo el film. Ellas tratarán sobre esperas desesperantes, un sin fin de instancias burocráticas, agrios procesos de selección y, por sobre todo, darán cuenta de la cantidad de personas que participan, de una manera u otra, de ese extenso, sinuoso y por momentos doloroso peregrinaje que lleva a un niño hasta su nuevo hogar. Un proceso tan movilizante que inevitablemente pondrá en evidencia en cada uno de los implicados, aquellos aspectos irresueltos de su vida.

Una joven embarazada llega al hospital con lo justo para parir. No da a conocer su nombre y anuncia que decidió dar a luz en secreto y entregar al niño en adopción. A partir de ese momento se dispara un extenuante recorrido que, ya se nos contó, culminará con la adopción del pequeño, llamado provisoriamente Théo, por parte de Alice. La distancia entre las dos madres se completa con un nutrido grupo de especialistas que son la urdimbre del relato. Unos conteniendo a la progenitora, otros resguardando la salud física y afectiva del bebé, finalmente aquellos encargados de dar conlos padres adoptivos más adecuados (sólo una madre, en este caso). Todos asoman unidos tanto en el riguroso profesionalismo con el que desempeñan su tarea, como por su compromiso.

Acostumbrado a las incursiones en el tema del cine local, que versan sobre desigualdades sociales, ausencia del Estado, desamparo, negligencia burocrática y algunas aristas aún más tenebrosas, el universo que dibuja Herry del régimen oficial de adopción francés luce tan pulcro, eficaz y comprometido que cuesta creerlo ajustado a la realidad. Sea así o no, la voluntad educativa del film es tangible. Desde que la joven anuncia en el mostrador de la Maternidad su deseo de entregar al bebé en adopción, todas las especialistas ahogan su incipiente pesar con una disposición inmediata a contenerla, sin atisbo a proponerle revisar su decisión y poniendo en marcha un procedimiento por todas conocido y que se confirma en ese manual de “Apoyo a la mujer que desea entregar su hijo en adopción” apoyado a un costado de la cuna del pequeño Théo. Tal es la confianza que el sistema despierta en la joven que, antes de irse de la maternidad, ofrenda su identidad. “Me llamo Clara”, le confiesa a Mathilde (Clotilde Mollet), la asistente social que le dedicó una atención que no supo de horarios.

Igual dedicación le ofrecerá Lydie (Olivia Côte) a Alice, defendiendo su candidatura ante el Departamento de Adopciones del Consejo de la Familia, aún en su condición de familia monoparental. Y lo mismo ocurre con Théo, quien recibe extremo cuidado y afecto de la educadora especializada Karine (otro trabajo soberbio de Sandrine Kiberlain) y Jean (Gilles Lellouche, de gran labor también), el asistente de familia que se encarga de su cuidado temporal.

El segundo largometraje de Herry es tan preciso a la hora de presentar los eslabones de la intrincada cadena de instancias y personajes, como profundo para acceder al nervio que vibra en cada una de ellos. “Ser padre adoptivo no es lo mismo que ser padre biológico. Es mucho más complicado”, afirma Lydie. La angustia que le genera advertir de ello a una pareja que ha recibido un informe negativo de su parte, habilita a invertir la dirección de la frase, dirigirla hacia ella misma: participar del proceso de adopción de un niño no es un trabajo cualquiera. Las marcas que deja el tránsito por esa experiencia no son privativas del pequeño Théo. Por más oficio que se tenga, no hay yeite que te preserve de la huella de una adolescente cursando un embarazo no deseado, un bebé a la espera de abrigo, madres y padres viendo postergada una vez más la chance de adoptar un hijo. Cada profesional tiene reservado un plano que devela cuán complejo resulta eludir la implicación emocional en este rubro. En buenas manos resulta, así, una película sobre la distancia. La necesidad de Théo de sentirse, olerse y escucharse acompañado determina la lógica del relato y el desafío de todos sus personajes.

El afán informativo de la película y su loable decisión de dar cuenta de la multitud de nobles voluntades que son precisas reunir para que el objetivo se cumpla, le imprimen al relato una deriva narrativa que merma su eficacia dramática. Se trata de un tono moderado y monocorde que se activa en ese pase de mando continuo en el ámbito laboral y se desborda por contagio hacia las tramas secundarias. Por ello, ni los avatares laborales y familiares de Alice, ni las historias de (y entre) Karine y Jean adquieren consistencia suficiente. Cuanto más se alejan de sus roles como madre, asistente y familiar sustituto, más bosquejados están los personajes. Pero en cuanto se acercan a Théo, la pluma de la directora vuelve a afinarse.

Frente a profesionales seguros y confiados en sus responsabilidades, Herry flota con la cámara bien de cerca, hasta reconocer en miradas, manos o labios, las zonas donde asoma la frontera entre el protocolo de una profesión y el compromiso particular e irrepetible con cada persona en cada situación. Espacios de contacto donde el bebé deja de ser un número de expediente, los padres adoptivos carpetas de aspirantes y ellos mismos, un número de matrícula. Nada de gélidos especialistas utilizando ambos y batas como burladero: aquí el desafío no es sortear las emociones que provienen del otro lado del escritorio, sino dialogar con ellas y salir airoso de esa experiencia.

Calificación: 7/10

En buenas manos (Pupille, Francia/2018). Guion y dirección: Jeanne Herry. Fotografía: Sofian El Fani. Música: Pascal Sangla. Elenco: Sandrine Kiberlain, Gilles Lellouche, Elodie Bouchez, Olivia Côte, Clotilde Mollet, Jean-François Stévenin, Bruno Podalydès y Miou-Miou. Duración: 110 minutos.


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