elle-s-en-va-affiche_463772_23178Para François Truffaut, una buena película debe ser capaz de expresar una idea sobre la vida y, al mismo tiempo, una idea sobre el cine y puede, efectivamente, que esa sea una condición necesaria, mas no suficiente. En Ella se va, Emmanuelle Bercot habla sobre ambas cosas, pero habrá que ver qué dice.

Golpeada por el desengaño amoroso de su amante, quien la deja por una mujer de 25 años, la protagonista se encarama en su auto y vaga por diferentes regiones de Francia, donde se topa con personajes que comparten sus dolencias: el amor, el tiempo –concretamente la vejez-, y la plegaria al olvido.

La película comienza con el plano de un personaje de espaldas a la cámara, negando la identificación, y de repente se imprime en la pantalla el nombre de la protagonista, ocupando todo el encuadre: “Catherine Deneuve”. El nombre aparece sobreimpreso en su nuca, aun obstaculizando el contacto visual con el rostro, lo que advierte al espectador  que no se va a encontrar con un personaje, sino con una actriz: así tanto la diégesis como la transparencia carecen de toda importancia. Lo que interesa es arremeter contra el star system, proponiendo una desmitificación de la imagen icónica de la estrella de cine y, para eso, la película no se priva de sucesivas vejaciones contra la blonda tildándola de vieja, gorda, y demás, así como también se le arrebata el perfil elegante, distante, “de hielo” –como la caracterizaría Buñuel-, para dar paso a un organismo en pelucas payasescas que no cesa de vagar entre insulto e insulto.

Parte de esa desmitificación se trabaja a partir de la ruptura del montaje clásico.  La cámara se teletransporta, rompe ejes, impone el fraccionamiento de la mirada, recorta el espacio en planos detalles que aíslan al personaje/Deneuve del contexto. Pareciera que la trama es sólo una excusa para filmar las expresiones y los rasgos de la actriz con una cámara que se muestra frenética en tomas de corta duración, que cambian ángulos constantemente, y que recurre al zoom violento, televisivo y pornográfico, en el sentido de exhibir el esqueleto mortificado no sólo de la estrella sino de todo el aparato de representación. La realidad no está en lo mostrado sino en la denuncia del artificio de aquello que se muestra. Entendida la libido como una energía que necesita de fantasías, este despojo de magia origina que el deseo voyeurístico se desvanezca y sólo quede eso: una mujer de 70 años que intenta olvidar su pasado como reina de belleza.

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La mirada del espectador no podrá vagar por el plano, sino que quedará prisionera de los caprichos obsesivos de la cámara y su titiritero. Y a ese titiritero le obsesiona algo muy concreto: la estrella de cine como modelo de belleza y las inclemencias que el tiempo ha producido sobre ella (con diálogos que rozan lo burdo como “La edad me la suda. Debías de ser hermosa” y “Estarás linda hasta en el ataúd”). La edad, la juventud, la vejez y cómo sobrellevar el paso de los años es una inquietud encarnada en cada uno de los personajes, sobre todo el de Deneuve, quien presenta ciertas características de adolescente, como fumar a escondidas, correr escaleras arriba luego de pedirle a su madre que no se meta en sus asuntos personales, no querer dormir con la luz apagada, además de mentir constantemente sobre su vida; una vida que constantemente inventa, monta, aislándose de la realidad desde el discurso –en los diálogos pero también en los recortes del campo visual- donde se aísla al actor del espacio para absolutizar la expresión de su interioridad. Pero esa interioridad está vacía: es una tinaja que se llena sin motivo definido con una sustancia inaprehensible, dentro de un melodrama aguado en el que abundan las lágrimas de los personajes/víctimas de un demiurgo cruel y poco sutil que implanta emociones cercanas al berrinche caprichoso. Las dramatizaciones no son provocadas por elementos externos al personaje de modo que justifiquen tales reacciones. Y es que no existen las reacciones sino que son todas acciones de personajes fragosos, desnaturalizados (no se trata de malas actuaciones, sino de personajes ciclotímicos). Todo transcurre en un clima de extrañeza, impidiendo la empatía y el acercamiento a la trama. “No me gusta el barniz ni ningún artificio”, le dice un amante a la protagonista, poniendo de manifiesto que prefiere la naturalidad, así como el cine de Bercot acepta a Deneuve por debajo del pedestal de estrella, ideal e inamovible.

Ese armazón se refuerza por el repentino final feliz que intenta recordar el estilo de Nicholas Ray –reafirmación de toda esa parafernalia contra la artificialidad de la representación-, y por la toma final en que dos niños corretean entre los árboles al grito de “¡Adelante con la vida!” como si la vida y el cine fueran antitéticos. Por un lado la vida, del lado de la realidad, y por el otro, el cine –si no muerte por lo menos ausencia de ánima-, del lado del artificio. Pero ¿acaso a través del artificio del arte no se accede a las verdades de la realidad? Ese es un debate estético que no corresponde clausurar, pero basta decir que ese tipo de planteos en el relato genera una sensación de incomodidad empalagante.

Bercot denuncia el arte en el que se expresa, pero en esa bronca no hay respeto ni reivindicación. Se arrebata la realidad diegética para no dar consuelo ni siquiera con el caos de la rebeldía de la imagen del cine moderno. Nada. Vacío absoluto. Odio y hiel. Ese amor del que tanto hablan los personajes en la trama también está ausente en la realización de la película, la que no es más que otra forma de desencanto amoroso.

 Ella se va (Elle s’en va, Francia, 2013), de Emmanuelle Bercot, c/Catherine Deneuve, Nemo Schiffman, Gérard Garouste, 116’.