Atención: Se revelan detalles del argumento.

Una larga serie de secuelas, precuelas y spin-offs basadas en las franquicias de La noche del demonio (James Wan; 2010) y El conjuro (James Wan; 2013) dejaron en evidencia que, sin Wan en la dirección, difícilmente se logren buenos resultados. La nueva entrega de la saga de El conjuro dista mucho de ser la excepción.

Annabelle (John R. Leonetti; 2013), La noche del demonio 3 (Leigh Whannell, 2015) y La monja (Corin Hardy; 2018) fueron intentos fallidos por usufructuar los buenos resultados de sus películas madre. Esta vez es Michael Chaves quien se encarga de la dirección de una película que, más allá de ser fallida, da un giro genérico que va desde el terror al thriller policial, preponderando el misterio y su resolución en detrimento de la generación de climas tensos y su consecuente alivio a través del susto.

El “caso real” en que está basada la película es el primer caso registrado en que una posesión demoníaca es usada como argumento en un juicio. Eso, que desde el primer momento saca a relucir Chaves con cartel orgulloso, deja de lado el debate sobre la fe y el escepticismo, tan propio del género de terror, porque la cuestión de la fe se reduce aquí a un juicio que, además, queda en off. La realidad nunca es puesta a prueba realmente, sino que el debate se resuelve llevando a la fiscal a conocer a Annabelle, un recurso que peca de caer en un facilismo y, además, de acudir a la nostalgia del espectador para generar algo de simpatía.

A pesar incluso de esta decisión, la película de Chaves comienza con una clara cita a El exorcista (William Friedkin; 1974), en la que la figura de un sacerdote, recortada frente a una casa, es tomada en contrapicado. El uso de la cita es algo recurrente en el cine de James Wan, quien supo hacer un muestrario de sus maestros -han desfilado por su cine homenajes a Terror en Amityville, El exorcista, Al final de la escalera, Juegos diabólicos, El resplandor, Nosferatu…-, para luego hacer uso tanto de los tópicos como de los recursos estéticos. Las citas en Wan son una declaración de principios y el homenaje es la fuente de la que se nutre. En el caso de El conjuro 3, la primera escena del exorcismo es caricaturesca y termina evocando a la parodia que hicieron los hermanos Wayans en Scary Movie 2 (Keenen Ivory Wayans, 2001) antes que a la película de Friedkin. Esa primera escena marca, además, otra decisión que se contrapone a las máximas del creador de la saga. Para Wan, la utilización del fuera de campo es un recurso fundamental, privilegiado, para generar tensión. En El conjuro 3, el efecto producido depende de la mostración, y lo que se muestra es el cuerpo de la víctima sufriente y el rostro de sus parejas compartiendo ese dolor por quien sufre: ya no es una presencia amenazadora lo que se transfigura en pantalla para generar miedo, sino que el efecto, el patetismo, tiene que ver con la identificación con ese dolor del sufriente, propio del melodrama más que del cine de terror. Es decir que el efectismo ni siquiera está a la orden de generar tensión, sino que el principal objetivo es generar cierto sentimiento melindroso. Con ese objetivo, el argumento presta especial atención a la relación de la pareja protagónica. Si en entregas anteriores, el conflicto central dependía de una estructura familiar rota, con padres corrompidos, aquí el dilema de los padres como amenaza desaparece y se troca por el idilio romántico adolescente. En el esmero en remarcar el amor se hace uso de paralelismos entre el pasado y el presente para demostrar la persistencia de esa relación y se recae en diálogos tan edulcorados que revelan su propio carácter de constructo.

Trocar el conflicto familiar en la persistencia del amor joven afecta, deja trunco, el elemento tensional que deriva del uso de los espacios. En las entregas de Wan, el Mal se radicaba en el interior de la casa, porque ésta funcionaba metonímicamente para representar a la familia, contraponiendo las familias infectas, las afectadas por presencias demoníacas, a la familia sana –los Warren-, que llega a reponer el orden en aquello que estaba corrompido. Aquí, esa declaración desaparece y esa decisión afecta el tratamiento de los espacios y conlleva una deficiencia al momento de generar tensión: los espacios abigarrados, barrocos y asfixiantes de las entregas anteriores aprisionaban a los personajes, dejándolos muy cerca del elemento que los amenazaba; en El conjuro 3 solo en las dos escenas con espacios reducidos funciona verdaderamente la tensión: en la escena en la que Lorraine (Vera Farmiga) está atrapada debajo de la casa y en la que Ed (Patrick Wilson) persigue a su esposa en el laberinto subterráneo, con referencia directa a El resplandor (Stanleu Kubrick; 1980). Sin embargo, en el resto de la película preponderan los espacios abiertos, con planos amplios, ya que los personajes pasan más tiempo desentrañando un misterio, recorriendo escenarios, que atrapados intentando erradicar aquello que se violenta contra la familia. Esto es así porque, como si la trama principal fuera difícilmente sostenible, se recurre a una línea secundaria que llevará a develar el misterio y resolver la primera, de lo que resulta una progresión deficiente, una dispersión en el interés, y hace que el discurrir de la película se torne denso.

Es interesante que la mujer satanista (Eugenie Bondurant) se presenta como una dualidad, como un alter ego de Lorraine. Hay planos en que incluso ambos personajes comparten reflejos y varias veces se remarca que están conectados. Sin embargo, esa línea no es trabajada por el argumento como un núcleo conflictivo. De hecho, las motivaciones del personaje antagónico tampoco terminan siendo del todo fuertes y los acontecimientos parecen ser simplemente un discurrir paranormal para enaltecer la relación de los protagonistas, algo que ya se había hecho en las películas precedentes y con más dignidad.

Calificación: 4/10

El conjuro3: El diablo me obligó a hacerlo (The Conjuring: The Devil Made Me Do It (EUA, 2021). Dirección: Michael Chaves. Guion: David Leslie Johnson-McGoldrick. Fotografía: Michael Burgess. Edición: Peter Gvozdas; Christian Wagner. Elenco: Patrick Wilson, Vera Farmiga, Ruairi O’Connor, Eugenie Bondurant. Duración: 112 minutos.


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