Luca es un Pixar clásico, desprovisto de cualquier tipo de mensaje profundo, y eso ya es una virtud. Alejado de cierta complejidad metafísica que el estudio experimentara anteriormente -en películas como Intensamente, Coco y Soul-, Luca se vive como un viaje iniciático, retomando a su vez una serie de temas que el estudio de la lamparita piensa de modo conceptual desde hace mucho tiempo. La amistad, la salida al mundo exterior, el fin de la infancia y las relaciones filiales son cuestiones que John Lasseter y sus compinches vienen trabajando de modo obsesivo desde hace más de 20 años, en los tiempos de la fundacional Toy Story, Cars y Buscando a Nemo, por mencionar solo algunos clásicos irrompibles de esta escudería.

Luca tiene muchos puntos en común con Buscando a Nemo y Coco. Familias sobreprotectoras y chicos que quieren salir al mundo y crecer por fuera del influjo familiar son el desencadenante de la trama. El punto de partida del relato es muy similar al de aquellas películas. Esa tensión entre las ansias de conocer el mundo por parte de Luca y esa familia omnipresente conmueve porque el trazo con el que se narra ese conflicto siempre es delicado. Incluso respecto a este punto hay una diferencia con Coco, en la que la muerte hace que la carga de ese viaje iniciático sea más espesa desde lo simbólico que la que observamos en el film del italiano Enrique Casarosa, que estrena promisoriamente sus dotes de director mainstream.

La principal virtud de Luca es el tono. En ningún momento sentimos el peso de las cosas, el relato fluye solo y los espectadores nos metemos de lleno en lo que allí sucede, teniendo la percepción de que eso que se cuenta no podría suceder de otro modo. El film de Casarosa inicia narrando ese conflicto familiar y ese despertar a la vida por parte de nuestro protagonista, pero una vez que Luca sale del mundo familiar y se pierde en la superficie lejos de sus padres surge otra historia fundamental como es la de su vínculo con Alberto y Giulia. Alberto es un chico huérfano y solitario que está buscando justamente lo que Luca tiene, y de sobra. Giulia vive con su padre, personaje que en un primer momento es descripto como un hombre tosco pero que, finalmente, se revela como repleto de ternura.

Lo central del film tiene que ver con ese descubrimiento del mundo y de la amistad que no son otras cosas que la continuidad del amor filial. Ese mundo en el que lo central es el afecto deberá enfrentarse a otro mundo hostil como es el de las apariencias y los prejuicios. Luca surfea la idea de la monstruosidad sin caer nunca en el subrayado ni en ningún tipo de cliché, como si a Casarosa no le interesara en lo más mínimo dejar sentencias acerca de la condición humana por fuera de las peripecias que le suceden a estos pequeños héroes.

Por momentos el film centra su atención de modo innecesario en una carrera de bicicletas y en un villano que no está a la altura de las virtudes del relato, pero eso no es importante en lo más mínimo. Lo que deja huella en Luca es el pulso con el que se cuenta el iniciar de una vida y cómo los afectos nos constituyen y nos erigen en lo que a la larga terminamos siendo. Los conmovedores padres del protagonista, buscando a su hijo perdido en tierra firme, lejos de su hogar, son junto a Alberto, Giulia y su padre los que le dan sentido a la historia. El final en el que vislumbramos la separación de los destinos de Luca y Alberto es conmovedor porque comprendemos que la distancia física no logrará separarlos por el resto de sus vidas.

Este relato sobrio y emotivo que erige Casarosa no sería lo que es sin las múltiples referencias al cine que lo enmarcan y lo hacen definitivamente conmovedor. Portorosso es un pueblo anclado en la Italia de los 60, donde todo el tiempo observamos referencias a la historia del cine italiano y universal. Primero el nombre del pueblo es prácticamente idéntico al de Porco Rosso, una de las obras maestras de Hayao Miyazaki. Luego aparecen homenajes a la historia del cine, desde las referencias obvias como los carteles de La princesa que quería vivir, una foto de Marcelo Mastroianni y un póster de La strada, la inolvidable película de Fellini, pasando por una animación notable que refiere a la Italia sesentista, hasta las referencias más interesantes que son las que construyen el carozo de la trama. Todo en Luca transpira cinefilia bien entendida. Cuando uno ve al desenvuelto Alberto y al timorato Luca uno no puede dejar de pensar en Il Sorpasso, esa cumbre del cine italiano de la década del 60 en la que un inolvidable Vittorio Gassman le enseña a un inexperto Jean-Louis Trintignant de qué se trata vivir. Jules y Jim también se cuela como una referencia ineludible a la hora de pensar en las aventuras afectivas del trío que componen los dos muchachos y la bella y divertida Giulia.

Ese conjunto de citas en ningún momento son un obstáculo para que el relato tome vuelo propio. Todo lo contrario, son lo que le marca el pulso y el ritmo a una película entretenida y conmovedora que uno quiere que no se termine nunca.

Calificación: 8/10

Luca (Estados Unidos, 2021). Dirección: Enrico Casarosa. Guion: Jesee Andrews, Mike Jones. Fotografía: David Juan Bianchi, Kim White. Montaje: Catherine Apple, Jason Hudak. Voces: Jacob Tremblay, Jack Dylan Grazer, Maya Rudolph, Giacomo Gianniotti, Jim Gaffigan. Duración: 95 minutos. Disponible en Disney +.


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