*La lógica –y podría decirse también la necesidad- del documental se puede cifrar en esa imagen en la que Pablo Martín, quien fuera bajista de El Corte, le explica a su pareja norteamericana, varios años más joven, qué era esa banda y qué significó en su vida y en su tiempo. Con el disco sonando de fondo, Martín explica a Dylan que ese disco tiene unas doscientas personas que lo aman, y que para él es un disco difícil. Para Dylan, en cambio, la percepción es otra: pasaron 40 años de esa grabación y ella parece disfrutar de la escucha de eso que en su momento fue oscuro y ahora tal vez no lo sea tanto. El camino contrario asume ese mismo camino trazado por el bajista: se trata de contarle a las nuevas generaciones qué fue El Corte, qué significó su música y quién fue Hernán Reyna, uno de sus fundadores.

*Unos chicos de escuela secundaria se conocen en las aulas, en los recreos. Esa es la historia del origen, una escenografía que se repite con mínimas variantes de tiempo y lugar en la mayor parte de las bandas de rock. En este caso, hubo una banda primigenia, Zaratustra, que no pasó de los ensayos y de alguna presentación aislada. Un primer cambio de camino en la historia es la ruptura que llevará a una parte del grupo hacia el futuro bajo el nombre de Instrucción Cívica. La otra parte, la que le importa al documental, será Frappé. Uno y otro fueron dúos de ese pop que emergió luego de la llegada de la democracia en 1983, anclados más a la estela que empezaba a dejar Viuda e Hijas de Roque Enroll que al camino que habían abierto unos años antes Virus y Los Abuelos de la Nada. Proyectos efímeros que sin embargo llegaron a la edición de un disco y hasta a tener algún módico hit radial (“Obediencia debida” en el caso de Instrucción Cívica; “En la cama” por Frappé), empujados posiblemente por las pautas de las discográficas. El Corte fue, en ese sentido, lo que anuncia tanto su nombre, como lo que sería el título de su segundo disco (“El camino contrario”): ruptura, búsqueda de otros territorios musicales.

*El Corte parece haber surgido del descontento. De esa sensación de que Frappé podía verse como un paso necesario, pero que se dio en una dirección contraria a los deseos musicales de sus integrantes. Así, del pop ochentoso se pasa al ambient. O como lo explica Ariel Minimal, esa década que trajo primero a las bandas alegres, festivas (Virus, Los Abuelos de la Nada, Los Twist), después se puso oscura, pesimista (Los Encargados podrían ser considerados la punta de lanza de lo que después encarnaron entre otros, Sobrecarga y Don Cornelio y la Zona). Ese descontento es rescatado por el documental a partir de dos planteos. Uno es el recuerdo de Federico Oldenburg –tecladista de El Corte- respecto de la crítica que escribió en la revista Pelo a un show de Frappé, con el que terminó coincidiendo el propio Javier Calamaro. El otro, la visión de Calamaro sobre la música del dúo: el no reconocerse en esa música implica extrañeza, ajenidad, que se forjó ya en ese momento y que fue el motor para partir en otra dirección.

*”En El Corte todo tenía un por qué”, dice, para tomar distancia de los proyectos previos. La frase implica un proceso de maduración de ese grupo de adolescentes que se encontraron con la posibilidad de grabar un disco antes de poder tocar en vivo –algo impensable en ese entonces y ahora- gracias a la existencia de un contrato firmado en tiempos de Frappé. Y una determinación para hacer una música que tenía que ver con el momento que atravesaban y que iba, justamente, por un camino opuesto al de las bandas de ese momento. Hay algo en esa actitud y en la conciencia de lo que estaban produciendo en la decisión de pedir a la compañía discográfica que no pusiera publicidad en los medios: la música de El Corte no encajaba más que en las necesidades de los músicos y tomaba distancia del funcionamiento del negocio musical.

*Algo de eso se advierte en el documental, puesto de relieve en el lugar en el que eligen grabar ese primer disco. Nada de los estudios habituales ni los que estaban de moda en la época. Nada de Ion ni de Panda: un depósito de AySA –por entonces todavía Obras Sanitarias de la Nación- que había servido para la filmación del clip de “Ansia negra”, con su reverberancia incontrolable incluso para Mario Breuer, dio la sonoridad del disco. Casi un disco en vivo y que, parecen coincidir todos los involucrados, sonaba peor que los demos grabados en una portaestudio. Pero esa distorsión de lo esperado es un signo que el documental remarca como parte de su vitalidad musical. Cada elección que tomaba el grupo, entonces, tenía un por qué, aunque no se lo pudiera expresar en palabras: era parte de una búsqueda por tomar distancia con el propio pasado y con el presente de esos tiempos de la música joven y rockera del país.

*Dos elementos más en los que se afirma el documental sobre la narrativa de la historia del grupo. El primero, la descripción de los shows, entre el relato de los músicos y de otros que fueron testigos, como Sergio Roitman. La distancia con el público, la frialdad que establecían, hacen pensar en que los shows se asemejaban a un compromiso, a algo que solo había que cumplir –esa idea de tocar rápido e irse enseguida tiene correlato en que, sobre todo para Reyna, lo importante era hacer música- y que entonces limitaban a los espacios donde podían sentir cierta comodidad –teatros o centros culturales. La descripción, sin embargo, abona una idea en la que prima una incomodidad que coincidía con la que el grupo generaba musicalmente y que se sostenía y se transmitía desde arriba hacia abajo del escenario.

*El otro elemento es el cambio de rumbo que implicó la grabación del segundo disco. Los testimonios señalan motivos diversos: entre ellos que Javier Calamaro empezaba a coquetear con el proyecto de lo que poco después serían Los Guarros y que la composición de los temas comenzó a repartirse. Que el disco se llame “El camino contrario” funciona como un resumen de la trayectoria del grupo: siempre buscando despegarse de lo hecho previamente para ir en otra dirección, en este caso, menos oscura pero igualmente distante de lo que musicalmente se hacía en la época. Disco y distancia implican el desgaste y el enojo que llevan a la separación y la disolución: esos enojos que en el presente parecen haberse diluido, como atestigua el encuentro de Calamaro con Martín y el show en el que cantan un tema del grupo.

*Esa disolución de lo grupal en lo individual lleva a que el documental profundice en su tramo final en la figura de Hernán Reyna. Si algo de su centralidad en la concepción de El Corte se venía intuyendo –al incluir los testimonios de su hermana y de sus tres parejas-, en ese tramo se vuelve explícita: se relata su periplo por Alemania y España, su intención de tener un estudio propio, su recurrencia a las “cartas” filmadas artísticamente y sin hablar que enviaba a Buenos Aires –de las que el documental rescata algunas imágenes-, su reencuentro con Oldenburg, su música de cariz algo más rockero que la de El Corte. Una exploración que lleva hasta su muerte –absurda, inesperada, torpe se diría, propia de los riesgos que se toman en la juventud-, lo que implica no solo el final definitivo de la vida de Reyna, sino de la experiencia de El Corte con sus músicos originales. Ese tramo que intenta redondear la imagen del músico, ese que “irradiaba” y que era “un ser noble” parece advertir la imposibilidad en las palabras de la hermana de Reyna, cuando dice que “Hernán fue siempre un enigma”. El camino contrario intenta, en todo caso, descifrar una parte de ese enigma para el público.  

El camino contrario (Argentina, 2026). Dirección: Daniel Flores, Martín Wain. Guión: Daniel Flores, Martín Wain, Eliane Katz. Edición: Eliane Katz, Camila Menéndez. Duración: 78 minutos.

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