
Borges, dialogando sobre el sabor de la épica, afirmaba que fue Hollywood -por razones comerciales naturalmente- quien la salvó, en un tiempo en que los poetas olvidaron que la poesía nació con la épica. Pero se salvó en los westerns, en el mito del jinete y la llanura (luego vinieron las grandes producciones de Cecil B. de Mille, las de romanos, ciencia ficción, mitológicas, etc). El Brutalista, (Brady Corbet, 2024), ostenta épica. Así se define: drama, épico-histórico. Y sí, tiene todos los elementos que la componen, grandes producciones, larga duración, (más de tres horas jactanciosamente dividida en obertura, primera, segunda parte y epílogo), enmarcada en acontecimientos históricos trascendentes, planos amplios y panorámicos, imponentes escenarios naturales, ámbitos adversos, abordaje de temáticas universales que indagan sobre la condición humana como el coraje, el sacrificio, la búsqueda de justicia, personajes de gran importancia que trascienden lo cotidiano. El Brutalista narra la historia Lazlo Toth, un arquitecto víctima de la Shoá, que, escapado de Hungría emigra a EEUU, la tierra de la libertad y las oportunidades.
Hay un proverbio americano que dice: “Se puede sacar al vaquero del oeste, pero no se puede sacar el oeste del vaquero”, supongo que eso es lo que se quiso contar, se puede escapar del Holocausto pero no podemos sacar el holocausto del arquitecto. Todas las expresiones de Adrien Brody, lacónico, abatido, desmoralizado, adicto, impotente, demuestran que nunca se fue, que es imposible escapar, que está muy lejos, y que ese fuego que mira en las chispas del obraje en un monte en Pensilvania, sigue siendo un fuego de Hungría. La historia se enmarca a través de la arquitectura, como metáfora de un sobreviviente que intenta reconstruirse sin poder recuperar su vida, aun realizando obras monumentales y resistentes de hormigón armado, esa grandilocuencia no le alcanza para rearmarse. La incorporación de la arquitectura -que tiene aún deuda con el cine- suena forzada, la serie de imágenes de edificios racionalistas y muebles Bauhaus como los de Van der Rohe o Breuer -hoy tendencia en casas masivas de decoración- y una especie de Chaise logue lecourbusiana iluminada con un halo de snobismo, no dan sustento a la historia, quedando ajenas, meras diapositivas estéticas como torpe correlato del viejo tema de sociedades rechazando vanguardias o la superioridad artística europea perseguida y silenciada ante la mediocridad americana.
La critica al mito del sueño americano, que comienza en Elis Island y una estatua de la libertad boca abajo, ratificada como metáfora a lo largo de la película, a través de la aparición de Harrison Van Buren (Guy Pierce) el antagonista, arquetipo – en clave maniqueísta- del rústico millonario, megalómano, un pequeño Gatsby en la temprana Guerra Fría, con sus contradicciones y su trasfondo de antisemitismo un poco antes del macartismo. El vínculo entre dos hombres, el reflejarse en ese espejo bárbaro que lo fagocita pero alimenta a la vez. La obra monumental e imposible, el Xanadú en Filadelfia, “La agonía y el éxtasis” resonando, las dificultades en la concreción, obstaculizada por avatares coyunturales y por los caprichos que el vínculo entre ellos supone, una Sixtina multireligiosa y racionalista y un final tan impostado como previsible.
Por momentos asoma la esperanza, cuando se hace alusión a un cuento acerca de una biblioteca infinita, por momentos pareciera que algo va a pasar, pero no.
Ni en la sexualidad tan latente como apagada, en esa serie de trípticos que supone simbólicamente cada vínculo, Toth con el primo y su mujer rubia y antisemita, Toth con su esposa y el millonario, Toth con su esposa y su sobrina, tres en la película pornográfica que miran. Triciclo. Cifra impar. El triángulo, símbolo común al cristianismo y judaísmo, en el que suele estar inscripto el Tetragramaton hebreo, donde se encuentra el nombre de Dios. El mismo triángulo del compás que representa la arquitectura y la masonería.
Ni en la primera parte en la que se idealiza el amor a través de cartas de Erzebet (Felíciy Jones) que es ausencia, una voz y un ansia, la voz que le falta a su sobrina Zsofia, en el silencio que no calla, que salva y aleja de ese mundo decadente y abusivo. Ni durante la segunda parte, tras el reencuentro con el pasado, los obstáculos de la realidad, la impotencia, las cicatrices de su esposa, que la dejan imposibilitada físicamente pero en movimiento, su voz volviéndose acción, demanda, justicia.
Ni todas las canteras de mármol en Carrara, cuando Brady Corbet se vuelve Fellini, o Sorrentino queriendo ser Fellini, mostrando la contracara de la riqueza, la verdadera riqueza virgen que el burgués no puede abarcar aunque pueda comprarla, sintiéndose impotente ante el esplendor, marcando para siempre su poder sobre el arquitecto. Ni en todas las imágenes del mármol del renacimiento, (que, guiño mediante, su homónimo, el verdadero Lazlo Toth, fue quien en los ‘80s vandalizara y destruyera parcialmente La Piedad de Miguel Ángel)
Ni el sobrecargado realismo representado en el perfecto acento húngaro de Brody y Jones hablando en yddish o en hebreo, más allá de la polémica por la incorporación de la IA. Hay más verdad en Judas Ben Hur hablando en inglés.
Ninguno de esos elementos, que podrían haber resultado interesantes, alcanzan para salvarla del desvanecimiento, del tedio. Además de que no haya una gran historia que contar, falla en la manera endeble y obvia en que aborda temas como el poder, las peripecias de un sobreviviente del holocausto y de un sistema que, bajo el precepto de libertad lo sigue acorralando, mujeres empoderadas (resolviendo el caso), abusos, antisemitismo, arquitectura, la Bauhaus, la autocrítica políticamente correcta, como demanda el Hollywood progre, sobrecargada de simbolismos y estereotipos. El Brutalista abarca pero no aprieta.
Tiene todos los elementos del cine épico, pero le falta el sabor de la épica. Y ese sabor se puede encontrar incluso en pequeñas historias, en escenarios íntimos, donde el héroe moderno elige la salida más incómoda y no se queja de los resultados, no sabe si es o no un valiente y solo lo descubre en el instante crucial en el que sabe quién es, puede ser el fracaso, la derrota, el olvido, incluso la muerte o el reconocimiento de sus adversarios. ¿Cuál sería el final de este héroe más novelístico que épico, que vaga buscando una esencia perdida, ajeno al mundo, sin respuestas? El epilogo, tirado de los pelos e ineficaz, (que recuerda al final del Chaplin de Attenborough recibiendo el Oscar honorifico) al ser reconocido -como había sido reconocido anteriormente en EEUU por su mecenas- pero esta vez, por la vanguardia de la arquitectura internacional – en la prestigiosa y ecuménica Bienal de Venecia. Épica pobre.
Lazlo Toth no llega a ser el pianista maravillando al nazi, ni el Jardinero anónimo de “El último emperador” cuidando los jardines que alguna vez fueron suyos, ni el héroe derrotado Fitzcarraldo, ni aquellos tres hombres en Río Bravo, también vencidos por el alcohol y la melancolía, que, en el estado de la estrella solitaria, esperan por ellos mismos, sabiendo que no podrán salir de allí, que están confinados a vivir eternamente su oeste, su pasado de sombras y llanuras irreversibles. Pero en un momento epifánico, comprenden su destino, como lo supieron Tadeo Isidoro Cruz, Dahlmann o Moreira, y no lo supo Laszlo Toth.
Quizá sea la lógica de estos tiempos, quizá debamos redefinir el concepto, épica suave, épica de cristal, en términos bahumianos, líquida. Dejémosela a Clint, a Herzog, Ford o Scorsese. Los edificios de Lazslo Toth fueron diseñados para resistir la erosión de la costa, El Brutalista no resistirá la erosión del olvido.
The brutalist (EUA / Hungría / Reino Unido, 2024). Dirección: Brady Corbet. Guion: Brady Corbet, Mona Fastvold. Fotografía: Lol Crawley. Edición: Dávid Jancsó. Elenco: Adrien Brody, Felicity Jones, Joe Alwyn, Guy Pearce, Raffey Cassidy, Stacy Martin. Duración: 215 minutos.
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