El paraíso del amor. La calidez de las primeras imágenes sugiere una versión idealizada de la experiencia amorosa: una pareja de cincuentones nada en el mar de modo apacible, en una escena que tiene más de propaganda turística que del melodrama pasional por venir. Esa primera escena, que presenta el tono de una comedia romántica, termina de modo abrupto. En la escena siguiente, Sara y Jean (interpretados de modo notable por Juliete Binoche y Vincent Lindon), están de regreso en sus casas. Los vemos abrir las boletas y cartas que llegaron a su domicilio mientras ambos estaban de vacaciones. La escena en la playa representa la utopía del amor que será interrumpida por el principio de realidad. Con el regreso a la rutina descubrimos que Sara es una exitosa conductora radiofónica, en tanto Jean deambula por la ciudad, resuelve trámites burocráticos y se ocupa de hacer compras. Denis nos va dando pistas a lo largo del metraje del pasado de Jean: estuvo preso, y en parte eso explica la dificultad que tiene para incorporarse al mercado laboral.

En la primera versión de la experiencia amorosa de la que da cuenta el film, todo cierra sin fisuras. En la obra platónica El banquete, uno de los oradores, Erixímaco, que era médico, supone que el amor como concepto debería pensarse en base a la armonía como punto pivote. En este sentido, hace la distinción entre una versión del amor ligada al campo de la salud y una versión del amor patológico. Unos cuantos siglos más tarde, Freud ubicará a través de la experiencia analítica que, del mismo modo que existe un más allá de la experiencia consciente, existe un más allá del principio del placer. Ideas como la “compulsión a la repetición” -una de las caras de la pulsión de muerte- van a poner en escena el ocaso del mito del amor romántico. Del mismo modo, la mirada de Claire Denis y las actuaciones de Binoche y Lindon retratan, con una potente paleta de colores, los conflictos de una pareja adulta a partir de la introducción de un elemento conflictivo en la trama: la reaparición del viejo amante, François, interpretado por Gregoire Colin.

Con amor y furia trata sobre varios tipos de amor. Por un lado (el más evidente), el amor de pareja, que se entiende como representación del amor romántico. La relación entre Sara y Jean se encuadra dentro de ese paradigma. Por el otro lado, tenemos el típico ejemplo de amor irracional, que es el que rige el vínculo entre Sara y François, que podemos encuadrar en el paradigma del amor fou que en el cine francés tiene clásicos como La mujer de la próxima puerta (1981), de François Truffaut, película con la que el film de Denis dialoga. Desde el momento en el que Sara se encuentra de modo azaroso con François la vemos temblar ante el arrebato que le produce el regreso del sujeto amado. El relato, lleno de elipsis virtuosamente trabajadas, nos narra el tormento del amor y como éste trastorna la aparente normalidad de la pareja central.

Pero la película de Denis se expande hacia otras cuestiones que exceden al drama pasional. El vínculo amoroso que se da a partir de este triángulo le da a Con amor y furia, en una primera lectura, toda la apariencia del melodrama convencional, pero como en toda película de Denis las capas de sentido se van agregando una a la otra, complejizando esa historia mínima por fuera del específico juego pasional. De esta manera, aparecen una serie de tópicos que se van sumando a la historia central. Hay otro triángulo, que es el que componen Jean junto a su madre, interpretada por la gran actriz francesa Bulle Ogier, y su hijo afrodescendiente, un joven de quince años criado por su abuela y que se encuentra en la típica crisis adolescente condimentada por toda la problemática social y étnica propia de la Francia contemporánea. Así, Con amor y furia no es el clásico melodrama burgués que se da por fuera de las tensiones propias de la sociedad. Sara es conductora de radio, y Denis utiliza el espacio laboral de su protagonista para introducir de un modo no invasivo las problemáticas del mundo turbulento en el que vivimos. En una notable escena documental, Sara entrevista al campeón del mundo en Francia ’98, Lilian Thuram. Allí, Thuram (que se transformó luego de su retiro del fútbol en un ensayista que centra su obra en diversas problemáticas sociales), habla sobre el racismo estructural en la sociedad francesa, citando al extraordinario escritor y faro de la independencia argelina, Frantz Fanon. La lectura que Thuram hace de la obra de Fanon es también la lectura que Denis hace de la sociedad francesa contemporánea. Así también se resignifica la relación de Jean con su hijo. El conflicto intergeneracional y los límites perfectos se conjugan con inteligencia en un sermón liberal que no permite problematizar las diferencias de clase y la discriminación al pueblo afrodescendiente en una Francia post-pandemia que prometía una nueva normalidad.

Amor y conflicto. La calidez de una playa de verano va dejando entonces paso a un cielo gris y citadino. Jean intenta recuperar el tiempo perdido luego de su tiempo en prisión. Su madre, un hijo, el mundo del trabajo para un hombre de mediana edad con antecedentes penales a cuestas, aparecen como una angustia silenciosa que Denis resuelve de modo sutil, siempre por medio de la puesta en escena. Surgen los resabios de un mundo post pandémico a partir de la aparición de los barbijos en la trama, la crisis económica y social, los discursos de odio hacia árabes y negros comienzan a deslizarse en la vida de los personajes, aunque sin incomodar del todo. Sin duda, no es hasta la aparición de François que toda esa aparente normalidad cede ante la tensión de ese deseo irreprimible. El deseo que manifiesta Sara hacia François termina de concretarse una vez que éste contacta a Jean para ofrecerle una propuesta laboral en relación a la representación de jugadores de rugby, lo cual es una propuesta tentadora que permitirá que este último se reincorpore al mercado de trabajo. El deseo sexual de Sara, desde el momento en el que François vuelve a entrar en contacto con ella, es lo que acelerara el derrumbe de su vínculo con Jean. Denis pone el foco en el personaje de Binoche, y en ese sentido es interesante pensar cómo las miradas sobre el deseo de una mujer son diferentes a las que produce el deseo de un hombre. En Denis no hay ninguna bajada de línea condescendiente con el nuevo tiempo social en el que vivimos, ni ningún ejercicio de progresismo bien pensante. La cámara y la bellísima música de los Tindersticks acompañan cada una de las decisiones de los protagonistas, y en ningún momento juzga a ninguno de sus personajes. Si en Sara lo que marca el pulso de sus días es esa pasión arrebatadora, en Jean, el tiempo de sus días se alterna entre el derrumbamiento de su relación amorosa y sus responsabilidades como padre ante un hijo que a la distancia pide ayuda. En ese otro triángulo, Denis repara en otra dimensión del amor que va en la dirección contraria a la de ese amor loco que pareciera no dejar nada en pie.

Fin del amor. En un inicio, el fin del amor se muestra como una quimera, pero a su vez el otro final del amor que narra el film funciona como el puntapié inicial para que Jean pueda reencontrarse con una parte fundamental de su vida. Con amor y furia finalmente resulta ser un hermoso y conmovedor ensayo sobre el amor y los múltiples modos que este tiene de manifestarse y hacerse presente en nuestras vidas. También es una película de sobrevivientes que hacen lo que pueden con las heridas que llevan a cuestas y sobre las posibilidades infinitas que abre el deseo. Gracias a Dios algunas cosas siguen dependiendo de nosotros.

Calificación 9/10.

Con amor y furia (Avec amour et acharnement, Francia 2022). Dirección: Claire Denis. Guión: Christine Angot, Claire Denis. Música Stuart Staples, Tindersticks. Fotografía: Eric Gautier. Edición: Sandie Bompar, Emmanuelle Pencalet, Guy Lecorne. Elenco: Juliette Binoche, Vincent Lindon, Grégoire Colin, Bulle Ogier, Mati Diop, Issa Perica, Hana Magimel. Duración 116 minutos.


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