Un western, una película del oeste fronterizo de España, del desamparado extremo occidental de la Europa de la modernidad. Galicia y Portugal conforman el oeste de Europa así como en el vínculo geográfico entre las dos, la tierra gallega es el oeste de España. La ley de la frontera es un western por derecho propio, una película del oeste, no solo geográfico, también lo es por su historia, su clima, sus tópicos y su respiración. Adolfo Aristarain hizo otras películas que evocan los temas y el espíritu del western. Lo eran Un lugar en el mundo (1992) y, en buena medida, Lugares comunes (2002) La ley… película intermedia entre ambas (1995), lo es de modo cabal, investida de un humor, alegría y vitalidad que no se encuentra de la misma manera en el resto de la filmografía de Aristarain.

La frontera no es aquí más que una línea difusa, una convención geopolítica diseñada por la gente del este, un territorio desconocido para los habitantes de esta ficción, el sitio de donde vienen las leyes codificadas, revestidas de severidad y respeto; el paraíso del orden y las jerarquías, aquí representados por el próspero y distante padre de Joan, por los empresarios dueños de la empresa minera (Tulsaco ¿Qué otra?), por la iglesia y la familia. Desde el comienzo los protagonistas huyen de toda jerarquía y orden, de toda seguridad. Joan es un personaje de la picaresca que reniega, en apariencia, de su destino de prosperidad familiar para internarse en el cercano oeste bárbaro de la España de las primeras décadas del Siglo XX. Xan, su par y espejo, huye en cambio corrido literalmente por la miseria. La unión de la astucia de uno con la fuerza y la ingenuidad del otro disparan la acción y la llevan por los comunes y queridos territorios del western, la vieja patria de la aventura y el azar. Un albur como el que gobierna el encuentro del dúo con otra Bárbara, la bella y sofisticada reportera proveniente de la civilizada costa este norteamericana que persigue un encuentro con El Argentino, el legendario bandolero que empareja la frontera con sus asaltos expropiadores. La dialéctica derivada del cruce entre estos personajes y otros del bando contrario, el del orden y la supuesta ley, como el Capitán Legión, dan el sustento a la acción y a la moral que la sostiene, la que Aristrarain ha propugnado siempre desde su cine: un anarquismo práctico, sin enunciados, ejercido desde la acción. Solidaridad e igualitarismo, ni leyes ni patrones, ni títulos de propiedad que aseguren la exclusividad de nadie. Ni sobre los bienes ni sobre los cuerpos. El espíritu anárquico que se manifiesta en su cine bajo la forma del drama, libera en cambio en La ley…toda su carga lúdica. La acción, la violencia y el amor se equiparan en juegos e intercambios sobre los que parece rondar el ánimo amoroso de Jean Renoir; la fugacidad, el cambio de los sentimientos y la atracción de los cuerpos, sin la melancolía última del maestro francés. Todo es comedia, todo es acción. Al mismo tiempo juega y lleva hasta sus últimas consecuencias el tópico de la amistad viril, que nació allá lejos, en La parte del león con la amistad entre Bruno y Mario, se prolongó con Bruno y Pedro en Tiempo de revancha; tomó matices casi metafísicos en el vínculo entre Mendizábal y Kulpe en Últimos días de la víctima y alcanzó una de sus culminaciones posibles en Martín H con la amistad entre Martín Echenique y Dante. Amistades que se reiteran en toda su obra, clásicas y viriles en principio, pero que luego se van invistiendo de un erotismo que da otro matiz al vínculo; una frecuencia más alta que fluye con naturalidad creciente hacia otra forma de autoconocimiento. En La ley de la frontera el vínculo entre Joan y Xan está marcado por el homo erotismo que borda las intenciones y el insinuado deseo del primero. Pero también el Argentino, el viril bandolero sin miedo y sin tacha, vacila frente a las insinuaciones del ambiguo mancebo citadino en el que se ha travestido Bárbara. Erotismo de ida y vuelta, fugaces intercambios de placer y sentimientos. Ni una comedia de Lubistch, ni una de Truffaut. Es Adolfo Aristarain jugando con sí mismo, estirando hasta su propia frontera el límite de las pulsiones y los sentimientos de sus personajes. Tanto como para volver cada uno a sus orígenes: el rico a su riqueza junto a la mujer que han deseado todos; un hombre y una mujer, en realidad niños bien atraídos por el exotismo, desertantes de la aventura cuando el riesgo se hace concreto; el pobre a su pobreza militante y orgullosa, festoneada de amores clandestinos. El Argentino, ni pobre ni rico, honesto expropiador del patrimonio acumulado por otros, poniendo de su lado al Capitán Legión, el  antiguamente monolítico representante de la ley, una distinta, la del orden, la de Dios, la patria y la propiedad. Aquella que fatalmente cede ante el promiscuo empuje de la ley de la frontera.   

La ley de la frontera (Argentina / España, 1995). Guion y dirección: Adolfo Aristarain. Fotografía: Porfirio Enríquez. Edición: Juan Aledo.  Elenco: Pere Ponce, Aitana Sánchez-Gijón, Achero Mañas, Federico Luppi.  Duración: 117 minutos.

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