Por estos días en la televisión pública proyectaron en uno de esos horarios imposibles Los traidores de Raymundo Gleyzer (1971). Esta obra maestra incluye a su vez, imágenes de un documental llamado “Argentina, mayo de 1969: el camino de la liberación” de Pino Solanas, Subiela, Kuhn entre otros; película del cual únicamente se conserva una copia restaurada de un episodio de los 10 que componen el documental. En esta obra militante, independiente y clandestina, Tiempo de violencia es la película de Enrique Juárez que se salvó del exterminio fílmico de los militares de aquel entonces y se destaca como un film de denuncia sobre la violencia política y económica de la Argentina de finales de los 60 con Perón en el exilio. Una película que en su intento de desaparición fue restaurada de a pedazos por los esfuerzos de algunos de sus realizadores, familiares, investigadores y con el apoyo del INCAA. Así que, si alguien desea hoy día invertir en una cinemateca por iniciativa propia para no perder el patrimonio fílmico de nuestra historia, este sería por otro lado un buen momento.

Tal vez de este preludio nace Tiempo de revancha (1981) que narra otro tiempo histórico en el que la violencia política y la violencia económica ya hicieron definitivamente estragos sobre la sociedad argentina. ¿Qué es esta película? ¿Un cuento navideño, un thriller, un ensayo sociológico, la constatación empírica de la caída de los ideales? Lo interesante del asunto es que es todo eso junto y quizás muchas cosas más. Sin dudas, Tiempo de revancha es un gran policial sobre el momento más violento de nuestra historia política contemporánea. Parte del tríptico policial que completan La parte del león (1978) y Últimos días de la víctima (1982), Tiempo de revancha reescribe la fábula del perseguido que resurge de las cenizas en el contexto de la más violenta represión que sufrió el movimiento obrero argentino desde la llegada del peronismo al poder. Lo más impresionante es que Aristarain habla de la Argentina de finales de los ‘70 y comienzos de los ‘80 con la agudeza analítica de la que hiciera gala Rodolfo Walsh en la carta abierta sin mencionar de modo literal los acontecimientos que ocurrían en ese contexto en nuestro país. Aristarain usa su amor al cine para narrar la deriva de este hombre que aun doblegado no se da por vencido y sale airoso de la dificultad de decir y tomar partido sin caer en subrayados que atenten contra el poder cinematográfico de la historia que quiere contar.

Aristarain filma una declaración de guerra desde los primeros planos. Cánticos navideños y un muñeco de Papá Noel que escribe la historia que le dictan por teléfono. ¿Será que nuestra historia reciente parece estar escrita por un muñeco al que le dictan los mensajes?

La escena de las ruinas de la Autopista 25 de mayo retrata de manera sutil el paisaje de la dictadura con sus obras públicas (O de la total ausencia de las mismas) del Brigadier Cacciatore. En otro momento vemos a Bengoa (Federico Luppi) huyendo de un Falcón celeste. La acumulación de estos fragmentos da cuenta de la pericia de su director para narrar una historia épocal desde la precisión quirúrgica de la puesta en escena. 

La película narra la fábula del perseguido en tanto personaje representado por Federico Luppi y en tanto clase social pues la historia ya había perseguido al sindicalismo en tanto sujeto político. De ahí ese borramiento de la identidad de Bengoa funciona como una primera marca en el cuerpo de esa violencia esparcida por todo el tejido social

No es el único punto de conflicto donde se va a poner en juego la vida y la lucha por la supervivencia. Bengoa consigue limpiar los registros de su pasado. Ni un atisbo de su pasado sindical. Llega a una empresa sumamente prestigiosa, Tulsaco donde es recibido por Torrance (Rodolfo Ranni) un cínico empleador que parece disfrutar la destrucción de cualquier forma de resistencia social. En esa escena ya observamos la violencia implícita que se esconde detrás de esa “inocua” entrevista de trabajo. Ese primer momento funciona como la evidencia de la violencia que esconden los vínculos entre empleador y empleado en el modelo de producción capitalista. Filmada cuatro años después de la carta de Walsh, Aristarain, en Tiempo de revancha se apropia del concepto desarrollado por Ricardo Piglia para el cual el policial es el género que mejor representa los conflictos de clase que se dan en el marco del modo de producción capitalista en cualquiera de sus etapas. (la productiva de comienzos del siglo XX o la financiera que se da a partir de finales de la adopción de las políticas de libre mercado que conocemos con el nombre de neoliberalismo). Bengoa tiene un plan a la Bertolt Brecht. Estafar a los estafadores. Siguiendo una de las máximas populares de este autor alemán ¿Qué es robar un banco en comparación con fundarlo? La excusa del policial es lo que le permite al director sacar a relucir su oficio descomunal para narrar historias que son pura imaginación visual y que por otro lado se construyen desde la solidez de un guion que es una pieza de orfebrería. Tiempo de revancha derrocha epifanía por todos lados. Es un cuento de navidad agrio en el que Aristarain imagina la posibilidad de redención y victoria para un perdedor radical. Bengoa-Luppi es uno de los grandes héroes trágicos del cine argentino de la postdictadura y un símbolo de todo lo que el nuevo cine argentino de finales de los 90 reivindicara por ejemplo en el personaje de Julio Chávez en Un oso rojo (2002), de Adrián Caetano, otro hombre de pocas palabras que sabe que a veces un gesto es un modo del heroísmo más poderoso que un discurso.

Tiempo de revancha es un prodigio que pareciera no haber sido filmada por nadie como sucede con las grandes obras en donde todo funciona de manera tal que realidad y ficción se funden como caras de una misma moneda. Evocando la magia del Western, Aristarain filmó una de buenos que por una vez en la vida derrotan a los malos, aunque como dice el personaje de Arturo Maly al final del film: los malos nunca pierden.

Con el paso del tiempo también podemos mirar azorados la maestría de los actores que Aristarain hace brillar como nadie. Además del enorme Luppi ahí están haciendo de las suyas Ulises Dumont, Rodolfo Ranni, Haydee Padilla, Enrique Liporace y sobre todo el enorme Julio De Gracia en una de las grandes actuaciones de su carrera. Recostado sobre los géneros cinematográficos Aristarain ajusta cuentas con la sociedad argentina modelada por los militares. La política es para los políticos dice Bengoa en esa sórdida entrevista de trabajo y ese cinismo es condenado por su padre, un militante de los de antes que ahora pareciera reencarnar en el propio director y en su toma de partido ante el oprobio del presente. Por detrás de esa película policial perfecta que es Tiempo de revancha respira todo el poder humano que el cine puede darnos. Cuando Dumont le cuenta a su amigo que su mujer murió Aristarain construye un instante de amor (fraterno) ante nuestros ojos. Igual que cuando al final del film vemos a Bengoa y su mujer besarse bajo la ducha mientras afuera de ellos todo es un ruido atroz. Como si Aristarain pareciera querer decirnos que solo la humanidad podrá reconstituir los vidrios rotos del espejo interior que dejo la dictadura.

Cuarenta años después esta maravilla debiera servirnos de inspiración para los tiempos que vienen.

Tiempo de revancha (Argentina,1981). Guion y dirección: Adolfo Aristarain. Fotografía: Horacio Maura. Edición: Eduardo López. Elenco: Federico Luppi, Julio De Gracia, Hayde Padilla, Ulises Dumont, Rodolfo Ranni, Enrique Liporace, Joffre Soares, Arturo Maly, Aldo Barbero, Ingrid Pelicori. Duración 112 minutos.

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