dolares-de-arenaLa irrupción de La causa de mi muerte, cantada por Ramón Cordero con la cámara fija en un rostro, presagia lo que será la película, no sólo en cuanto al tema sino también en cuanto a los ritmos, que se muestran cortantes e incluso violentos. Así comienza una película en la que la búsqueda por sobrevivir tropieza con la necesidad material, por un lado, y con la amorosa, por el otro; donde la coexistencia de ambos elementos que se supone brindan acceso a la felicidad se muestra imposible porque parecen excluirse.

Geraldine Chaplin interpreta a una francesa que, de vacaciones en República Dominicana, se enamora de una joven que vende su cuerpo para mantener a quien ella ama y por quien pareciera no ser correspondida. Vender el cuerpo para vivir, dar dinero por amor.

La impronta festiva y de relajación que se espera de unas vacaciones en un clima tropical paradisíaco se muestra empantanada en el barro donde el calor, la alegría y la festividad se ven en negativo, donde no hay ni amor ni pasión, donde el sol despide rayos grises, y donde el trópico se expresa sólo mediante tormentas que diluvian en olas. El mar intempestivo recibirá únicamente al personaje de Chaplin, pues es quien ama con un atisbo de entusiasmo. Ese mar tiene su negativo en la frialdad de la piscina en donde la francesa se sumerge a juguetear con la dominicana.

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El tacto no prospera más que en los abrazos necesarios de quien anda de sobrecargo en moto, incorporando además la relación que mantienen los viajantes. El que va atrás en la moto es el que abraza, el que ama, y ese contacto es más elocuente que el habla. A pesar de su versatilidad idiomática, los diálogos se mantienen escasos para dejar que hablen los rostros en primeros planos, para mostrar la tristeza impregnada en los personajes, decidida a no abandonar la pantalla. Ese pesar no depende tanto de la falta de dinero como de la falta de afecto. Los amores no son ni la sombra de una pasión, sino que se muestran reprimidos, parcos.

La tensión que viven los personajes se plasma en el montaje cortante, brusco sobre todo musicalmente, que ataca al espectador con sobresaltos entre la tranquilidad y la irrupción de ritmos desasosegantes. No obstante, la relajación e incluso la esperanza llega de la mano de las canciones al ritmo de bachata, con letras que sufren el amor pero en tiempos de desahogo optimista para apalear la soledad.

Dólares de arena (Argentina/México/Rep. Dominicana. 2014), de Israel Cárdenas y Laura Amelia Guzmán, c/Geraldine Chaplin, Yanet Mojica, y Ricardo Ariel Toribio, 84′.


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