Por Marcos Vieytes

Un hijo filma a sus dos padres octogenarios. No sufren problemas físicos que los hayan dejado inválidos y tampoco pasan apuros económicos. Entre los viejos y el hijo hay una distancia que todos saben infranqueable, por más que el puente civil que hayan tendido esté asfaltado de cortesías, cansancio y comprensión. No hay otra tragedia que una de las de siempre: hijos que dirigen su vida en dirección contraria a la de sus padres, sino derecha hacia su deseo o, en este caso, padres que en vez de elegir se dejaron llevar por mandatos sociales rutinarios, solventes y limpios hasta el desasosiego, y del otro lado un hijo artista que, a la vejez viruela decide filmarlos sin saña, alternando imágenes cotidianas de ambos con las de un par de marionetas con forma de conejos que los representan, una vestida de camisa y corbata, otra con delantal de cocina, sin cambiar jamás de vestuario. La presencia de los muñecos es menos siniestra que ligeramente tragicómica.
El padre del director se jubiló después de trabajar toda su vida en el mismo lugar. Su esposa no trabajó prácticamente nunca ni manejó dinero; ahora es miembro activa de un grupo cristiano. La pareja duerme en camas separadas, y pronunciar la palabra ‘amor’ en este contexto sonaría tan remoto como escuchar un simple de Elvis en un gulag (en algunos campos de concentración se recibía a los detenidos con La cumparsita) y, sin embargo, dicen quererse y ¿quién lo puede negar? El padre del director supervisa diariamente la porción asignada del jardín que circunda el monoblock en el que viven, porción de tierra que cuida más que a nada en el mundo porque la manutención de ese territorio es la garantía del orden previo a su jubilación que, de otra forma, podría perder, como perdería ese pedazo de tierra si lo descuidara porque el consorcio es implacable en su exigencia de jardines prolijos (delicias del primer mundo). La madre dice rezar para que su hijo no vaya al infierno y puedan reencontrarse en el paraíso (otro jardín florido). 


El padre recuerda que durante la Segunda Guerra Mundial custodiaba la frontera para que no entrara ningún refugiado (a pisar el césped de la Suiza impecable en que viven). Viéndolo llevar un minucioso registro escrito de las tareas que desempeña en su jardín, como antes los llevaba en su trabaja, es imposible no pensar en la brutal alienación del funcionario, incapaz de ser fuera de los estrechos límites de la tarea asignada. El hijo, que es un caballero (señor de más de cincuenta al que nunca vemos) y se representa a sí mismo como marioneta con cara del hombre que ríe de Víctor Hugo, no clava el puñal en ninguna herida, aunque la puesta en escena da cuenta de unas cuantas cicatrices, y se dedica a constatar, quizás ya sin azoramiento (ha pasado mucho agua bajo el puente), que el amor entre padres e hijos –o el amor a secas- no es necesaria ni usualmente recíproco y que, más tarde o más temprano, no queda otra que enfrentarnos al hecho de que no consiste en otra cosa que aceptarse sin esperar nada del otro mundo. 

El jardín de mi padre – El amor de mis padres (Suiza, 2013), de Pieter Liechti, 93’.

Por Ignacio Izaguirre

La amenaza fascista. Empieza con la muerte de Mussolini. Es decir, con imágenes de la muchedumbre en la plaza donde colgaron el cadáver de Mussolini. Hay algunos muertos tirados en el suelo y gente festejando. Ahora que hasta levantar la voz es políticamente incorrecto, el justo festejo entre los muertos es extraño, más cuando algunos de los que celebran llevan armas. Todo esto sucede en silencio, en cámara lenta, muy lenta, casi cuadro por cuadro. El silencio en el cine pone en escena a la sala de cine. Los murmullos, los caramelos, los movimientos en la butaca, comparten protagonismo con la pantalla. Después de algunos minutos, el cuchicheo, ese cuchicheo tan de señora, aumenta. Alguien en el fondo se levanta, enseguida se escucha “señorita, no anda el sonido”, silencio, “ah, es así, bueno bueno”. Los partisanos italianos (sin saber qué es un partisano, sé que esos eran partisanos) siguen festejando mientras la señora se resigna: “mira vos, sin sonido, nunca vi”.

A partir de ahí, fotos y películas de la época mostrarían la guerra -quizás sea más justo llamarlo ‘masacre’- entre Italia y Etiopía en 1936. Como la película es francesa, tiene que ser solemnemente francesa. Algunas imágenes son acompañadas con música, otras por descripciones declamadas pomposamente, como sólo un francés puede hacerlo. No conformes con esta intervención, algunas frases se repiten, pero cantadas, o casi cantadas. Por ejemplo, una mujer francesa dice “cientos de hombres morían por el gas arrojado desde los aviones”. Por esas cosas de las copias para festivales, el mismo texto aparece en subtítulos en inglés y en subtítulos en español. Enseguida la misma voz francesa vuelve a decir, esta vez cantando, “cieeeentos de hooombres morían por el gaaas arrojado desde los aviooones”, y los subtítulos en inglés y los subtítulos en español y la voz en francés. De todos modos, por las buenas o por las malas, se termina viendo una impresionante selección de imágenes de esa guerra-masacre desconocida. El final de la película es una advertencia sobre el fascismo, algo así como que siempre está volviendo y hay que verlo en la coyuntura actual. Supongo que se refieren a la situación en Francia en relación a los inmigrantes o a las intervenciones de Estados Unidos en varios países de Medio Oriente y África.


Pays barbare (Francia, 2013), de Angela Ricci Lucchi, Yervant Gianikian, 65’.

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