Recientemente estrenada en Netflix, la miniserie En la mente de Aaron Hernández: El asesino oculto puede ser considerada parte del género documental ‘true crime’, pero una vez recorridos los tres episodios que la integran, quedan varias sensaciones que le escapan al género. Y más si el espectador es argentino, o está al tanto de una de las noticias a la que más importancia le han dado los medios en la última semana: el asesinato perpetrado por los rugbiers de Zárate en Villa Gesell.

En un primer acercamiento, la miniserie -cuyas tres horas se pueden ver de un tirón y no aburre- se centra puntualmente en las cuestiones policiales. Mechando con datos biográficos del acusado, reconstruyendo con sutileza su vida, En la mente de Aaron Hernández avanza como cualquier otra serie documental de asesinatos. Y por momentos recuerda a American Crime History, la serie que dramatiza el caso de O. J. Simpson. ¿Por qué? Porque Aaron Hernández era una estrella del fútbol americano y jugaba en uno de los equipos más importantes de Estados Unidos.

El primer capítulo presenta el caso y nos introduce en la biografía del acusado. El segundo capítulo avanza en ambas cuestiones y le suma datos biográficos de las víctimas. Todo marcha como en cualquier otra serie, pero como mencionamos antes la sutileza está, y tiene que ver con lo que termina desarrollándose hacia el final del tercer capítulo. Cuando en una ficción de asesinatos se presentan varios posibles asesinos, un modo eficiente de construir el suspenso es dar algunos indicios ciertos y varias pistas falsas. O sea, armar varios rompecabezas, que si la serie es lo suficientemente inteligente terminarán encajando en uno solo, el menos pensado por los espectadores. En el caso de esta miniserie, si bien no es ficción, hay dos cuestiones que en principio no destacan con suficiente fuerza y que llegado el fundido a negro del tercer y último capítulo, aportan ese giro sorpresivo que todo buen producto merece. Ahora bien, en este caso, ese giro final anticipado con indicios sutiles desde el principio deja abierto un debate final: la sexualidad en el deporte machista.

Cuando la serie devela -en el segundo capítulo- que el inicio de la discusión que termina con el asesinato de dos personas es el derrame de una bebida en la remera del asesino dentro de un club nocturno, es imposible que no aparezca en la mente del espectador la noticia de los rugbiers de Gesell. Es probable que algún lector que llegue hasta esta línea, y le suene descabellada esta relación o hasta incluso se ofusque, abandone aquí. Un poco de paciencia. La serie se inscribe en dos debates, en aquel que atañe a la violencia del fútbol americano –que, para los que nunca lo practicamos, se ve como un grado más avanzado de la violencia del rugby-, y en aquel que descubre signos de homosexualidad reprimida bajo la homofobia de estos círculos machistas y violentos. Por ello la serie no se enreda en grandes desarrollos de pericias policiales, en análisis de la escena del crimen y demás cuestiones de investigación, sino que ofrece como mérito desde lo fílmico el ir sumergiendo al espectador en cuestiones que la sociedad esquiva o no termina de asimilar. Si el deporte fuese tal como lo definen los arcaicos de la Real Academia Española, “recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre”, sería difícil argumentar qué diversión o placer hay en tanto golpe, fracturas y atletas retirados por problemas de salud. Algo parecido -seguro que llevado al extremo- a lo que acontece con, por ejemplo, las artes marciales mixtas, vale todo, o el nombre que le gusten poner.

Cuando promedia el tercer y último capítulo, son estas dos cuestiones escondidas con elegancia las que salen a flote y cambian por completo el sentido de lo que estamos mirando. Y es indiscutible que la serie, más allá de documentar y entretener con la fórmula siempre rendidora del ‘true cime’, intenta acercar el debate sobre el vínculo entre este tipo de deportes y el machismo. Quizás lo que le falta es escarbar un poco más en ese desenlace insinuado, en el que la justicia se hace la boluda y falla a favor de la empresa que tenía que poner el millonario billete indemnizatorio.

En la mente de Aaron Hernández, incluso desde el título en sí, refuerza la hipótesis de este texto, y a riesgo de spoilear demasiado, no revelamos lo que está oculto. Pero todo está ahí, aunque lo nieguen. Las elites, el dinero, la homofobia, el poder, todo condensado en tres capítulos de una presunta serie policial. Como desde hace unos días, en las noticias de todos nuestros medios, que hablan de pelea, muerte y desgracia, en lugar de, como bien lo señaló el periodista Mauro Zeta (que todavía no descubrió que trabaja para los medios cómplices), emboscada, asesinato y premeditación.

En la mente de Aaron Hernández (Killer Inside: The Mind of Aaron Hernandez, Estados Unidos, 2020). Dirección: Geno McDermott. Duración: 202 minutos. Disponible en Netflix.


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