Al igual que en su ópera prima Los duelistas -filmada a partir de la adaptación libre de un relato de Joseph Conrad-, Ridley Scott narra -ahora, a sus 84 años- un duelo y sus implicancias a lo largo del tiempo. Si en aquella primera película el enfrentamiento se llevaba cabo en el medio de las campañas napoleónicas, en este caso la disputa narrada se retrotrae a 1386, casi un siglo antes de que Cristóbal Colon descubra América. Estructurada desde las tres visiones de un mismo hecho, El último duelo piensa el rol de la mujer en la Edad Media, el cuerpo como mera mercancía, y a la vez tematiza el honor, la codicia y la traición.

Marguerite de Thibouville (Jodie Comer), segunda esposa de Jean De Carrouges (interpretado convincentemente por Matt Damon), es abusada sexualmente por parte de Jacques Le Gris (Adam Driver) en ausencia de su marido. Los diferentes puntos de vistas sobre un mismo acontecimiento remiten al clásico de Akira Kurosawa, Rashomon, y sin duda las diferencias en los registros de dicho evento potencian el contenido dramático de una historia en la que el orgullo y el honor son cosas de hombres. El rol de la mujer se reduce al de un mero adorno sin valor: su vida se encuentra en suspensión mientras el hombre se aleja del hogar para saldar batallas o para resolver deudas económicas; en ausencia del marido, debe esperar dentro de su hogar cumpliendo penitencia.

El último duelo puede verse entonces como un drama de época que da cuenta de esta serie de tensiones culturales y políticas, pero también como una modélica película de acción. Nadie filma las escenas de batalla en el cine mainstream como Ridley Scott: el duelo final -que completa la secuencia inicial de la película- entre Jean de Carrouges y Jacques Le Gris tiene una violencia contenida y una adrenalina que envidiaría el 90 por ciento de las películas de superhéroes que se filman en la actualidad. Cada uno de los golpes da cuenta de esa rivalidad y del posicionamiento que ambos actores llevan adelante, porque si Damon representa al caballero orgulloso y valiente que de algún modo piensa con la lógica del honor, el personaje de Adam Driver piensa la vida desde la lógica del interés y la codicia. La primera escena de batalla tiene ecos de la bravura y la ferocidad del Mel Gibson de Corazón valiente, sobre todo en el frenesí con el que se filman esas luchas cuerpo a cuerpo. De hecho, representa el regreso de Scott a ese cine de gran espectáculo al estilo Gladiador y a la vez un acercamiento al universo austero de Los duelistas. Tanto aquella película inaugural como el relato original de Conrad dejaban los conflictos de clase en un segundo plano y se centraba en los aspectos psicológicos que llevaban a esos dos hombres (Gabriel Feraud y Armand D´Hubert) a prolongar ese duelo de modo ininterrumpido a lo largo de casi todas sus vidas. En cambio, en El último duelo el conflicto tiene que ver con el abuso que sufre Marguerite a manos de Le Gris, antiguo amigo de Jean de Carrouges. La paradoja del asunto en cuestión es que en el fondo la honra y la integridad de la mujer es lo que menos pareciera preocuparles a todos los hombres de la historia. La representación social de la mujer que filma Scott es la de una mera moneda de cambio y es clave la variación del punto de vista desde el cual se narra la historia para entender el lugar de la mujer en el relato y el concepto de valor que portan los supuestos héroes (y villanos) de la historia.

Escrita por Ben Affleck, Matt Damon y Nicole Holofcener (responsable de la hermosa Una segunda oportunidad) a partir del libro homónimo de Eric Jager (experto en este período histórico) y basada en una historia real que describe el proceso del último duelo de orden judicial sucedido en Francia, la película de Scott también puede y debe verse como un acercamiento a ciertas temáticas feministas de esta época. Más allá de estas disquisiciones de índole sociológica, las virtudes también pueden encontrarse en dos aspectos complementarios: por un lado, en esa pulsión para narrar la acción, y por el otro, en la mirada personal del mundo para describir las tensiones de clase entre los nobles y la plebe durante el Medioevo que encuentran sus ecos en la actualidad. Esos conflictos, que se manifiestan en la lucha por la conquista de territorios y en el cobro de impuestos,es lo que hace funcionar ese sistema financiero que permite que el Conde Pierre d’Alençon (Ben Affleck, luciendo un peinado platinado muy llamativo) viva entre el lujo y la vulgaridad acompañado siempre de cerca por Le Gris, un sujeto frío, ambicioso y cercano al poder. El ordenamiento de esa sociedad es lo que también hace que el matrimonio tenga que ver a menudo con la lógica del interés y el dinero y dentro de esa lógica la mujer sea una mercancía poseída y consumida por los hombres. En las escenas de lucha, en las que sobran las palabras, se ponen en evidencia los roles sociales asignados a cada uno de los protagonistas: nunca su potencia se acaba en la mera confrontación física, sino que las batallas concentran la representación de los juegos de poder.

En los diálogos modernos de la trama se deslizan los ecos de nuestro mundo: si bien en un primer momento el personaje de Damon representa el coraje y el de Driver la codicia, a medida que los puntos de vista se suceden comenzamos a observar opacidades en esa primera versión de los hechos. Scott trabaja esa zona de ambigüedades para revelar al final «la verdad» en la voz de quien ha sido silenciada. El duelo que ambos hombres deciden llevar a cabo pone en peligro la vida de Marguerite de Thibouville -el castigo implica que sea desollada viva si su marido pierde la contienda- y la salida de ese conformismo es lo que en definitiva le merece portar el mote de heroína. Especie de Juana de Arco 2.0, Marguerite manifiesta calma y fiereza ante las injustas acusaciones y, a diferencia de su marido que lucha por su honor mancillado, solo quiere justicia y verdad ante el daño inflingido, a pesar de las consecuencias que podría sufrir. Su dolor nunca se reduce a la esfera individual: tiene un hijo producto del abuso sufrido y desea vivir por ella y por su pequeño. Scott expone a las instituciones como entidades absurdas en sus burocracias y prejuicios múltiples de clase y género. Lo que potencia el costado trágico y kafkiano del asunto es que no son solo las instituciones las que dudan de la versión de Marguerite sino su propia amiga a la hora de elegir entre la amistad y sus intereses de clase.

Scott demuestra que sabe hamacarse en el fragor de la batalla. El último duelo brilla en el terreno de la acción pero su grandeza definitiva radica en que lejos de la batalla física logra capturar el rostro de una mujer heroica en su sacrificio. Las escenas de lucha son pura acción y adrenalina. En cambio el rostro de Jodie Comer es filmado con un sentimiento religioso ligado a la poesía. El mismo con el que hace casi un siglo Dreyer concibiera el sacrificio de su valiente Juana de Arco. Entre ambos registros (el épico de las grandes batallas y el minimalista de los pequeños grandes gestos) oscila una película que hablando de la Edad Media tiene mucho para decir(nos) del mundo contemporáneo.

Calificación: 9/10

El último duelo (The Last Duel, Estados Unidos, 2021). Dirección: Ridley Scott. Guion: Nicole Holofcener, Ben Aflleck, Matt Damon.Fotografia: Dariusz Wolski. Edición: Claire Simpson. Elenco: Matt Damon, Jodie Comer, Adam Driver, Ben Affleck, Harriet Walter, Alex Lawther. Duración: 152 minutos.


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