La imagen del zombi ha quedado aferrada a las características gore propias del género en los 90, donde el principal atractivo estaba puesto en el nivel de violencia que podía invadir la pantalla. En el caso de la canadiense Los hambrientos, el ímpetu salvaje se retrae a la melancolía y el miedo aflora ya no del shock visual sino de la tristeza ante lo perdido.

Sin dar explicaciones acerca de las circunstancias bajo las cuales aparece el apocalipsis zombi, la película de Robin Aubert presenta una serie de personajes que buscan sobrevivir en medio de una zona rural cuya población no cesa de ser diezmada, dejando unos pocos habitantes que se relacionan en alianzas endebles para aguantar lo inevitable: el ataque de unos muertos vivos que no terminan de ser totalmente monstruosos, sino que lo que los separa de los no infectados es una línea muy fina de algo que no tiene que ver con el maquillaje sino con la capacidad para refrenar impulsos feroces.Tanta es la similitud entre los cazadores y los cazados que siempre queda la duda acerca de quién está infectado y quien no: para el espectador, para los protagonistas, e incluso para los zombis es difícil discernirlo.

Desde la primera escena, el bosque y la niebla se erigen como entes que encarnan en sí mismos la naturaleza y su misterio. La horda de zombis se mueve siempre entrando y saliendo de entre árboles y malezas; pululando entre animales, a los que nunca ataca. Constantemente se recurre a planos que muestran a la naturaleza ganando terreno sobre la civilización, como una vaca pastando en el patio de una casa o un gusano paseando en primer plano.Un ralenti de caballos enardecidos será lo que marque el inicio de la segunda parte de la película, donde la aparente seguridad se derrumba hasta los cimientos para dar paso a la naturaleza desenfrenada.

Ese desenfreno, ese caos apocalíptico, no se hiperboliza desde lo formal. El registro se mantiene lo más ascético posible. La tranquilidad en la iluminación absolutamente naturalista, en ocasiones incluso cándida, y el sonido diáfano que se interrumpe solo por bramidos -que no se diferencian de un grito de ira de un humano “no zombificado”-, van a regir la estética que aboga más por el ritmo pausado del cine ligado a la vanguardia experimental, con un halo contemplativo que tal vez se explique como encarnación de la herencia del cine directo con el que se identifica la cinematografía canadiense.

Ese sobrecogimiento no significa que los personajes permanezcan impávidos. Cada uno de los seres que habitan ese universo se muestran capaces de ejercer violencia y mostrar ferocidad; una violencia a la que la película pareciera no adherir, ni como cuestión moral ni como recurso espectacular, puesto que los hechos sanguinarios permanecen generalmente fuera de campo, cortando el espacio entre la víctima y el victimario por medio del montaje. El tratamiento hacia los cuerpos de protagonistas y antagonistas los nivela en un mismo plano. Desde el registro que los toma no hay jerarquías, no se celebran unas muertes por sobre el llanto de otras. Los zombis inspiran miedo, pero sin ser transformados en un Otro del todo extraño. Éstos adoran objetos, se mantienen alienados -adjetivo característico sine qua non en este subgénero- ante pilas de elementos a los que se les ha privado de su funcionalidad para habituarlos a la mera contemplación: sillas, juguetes y demás enseres conforman pirámides adoradas de forma casi oscurantista, como una forma del pasado “salvaje”, por un lado; como una crítica al consumismo derrotado por ese salvajismo, por el otro.

El tema de cierta modernidad superflua que mantiene obnubilados los bienes preciados como la familia y los amigos se pone en palabras de una mujer al recordar la forma en que perdió a sus hijos por ir al salón de belleza. El foco no está puesto en la acción, en la sangre, en lo truculento. Por el contrario: esa avidez que el espectador de cine de terror espera termina siendo puesta en crisis por la reflexión ante la muerte. Lo que prepondera son las cuestiones morales sobre el acto de matar (zombis), y el dolor de hacerlo porque son seres queridos, amigos, hermanos, hijos. De esa culpa surge la melancolía de aquello que se perdió y de los costos afectivos de sobrevivir.

Tanto la película como los personajes recurren al humor, pero como forma de afrontar la aflicción, mezclando chistes conmomentos reflexivos y escenas de tensión temerosa, haciendo que el miedo tome diferentes tonalidades, donde la calamidad puede vestirsede resignación.

Los hambrientos (Les affamés, Canadá, 2017). Guion y dirección: Robin Aubert. Fotografía: Steeve Desrosiers. Edición: Robin Aubert, Francis Coultier. Elenco: Marc-André Grondin, MoniaBokri, Micheline Lanctot, Brigitte Poupart, Charlotte St-Martin. Duración: 96 minutos.


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