Coleccionar imágenes de un primer paso, convengamos, no es algo habitual. No importa que ese primer paso sea el del hombre en la Luna, un hecho trascendental del siglo pasado. Pero ya lo sabemos los que alguna vez coleccionamos algo: la colección no tiene una lógica de sentido que la justifique. En todo caso, la pulsión coleccionista hace equilibrio –frágilmente- entre nuestros costados racionales e irracionales. Algo de esa irracionalidad brota en un momento de la voz de Lucas Larriera, no solo cuando admite la colección sino la necesidad de chequear ese primer paso y detenerse en los detalles que hacen que una imagen sea diferente a la otra. Una colección de objetos iguales que en verdad se revelan disímiles. Imágenes de un mismo hecho que se desdoblan en sus diferencias. Fragmentos, en definitiva, que componen una narrativa siempre incompleta.

La aparición de un nuevo elemento que puede acrecentar la colección es el fetiche del coleccionista. Es la zanahoria que se nos pone delante para seguir avanzando y siempre esperar que aparezca algo más. La zanahoria en Canal 54 la pone Armengol Torres. Lucas visita España para presentar su película previa, Alunizar, invitado por el propio Torres. Lo que le espera allí es una historia: una serie de imágenes publicadas en 1969 en una revista argentina con fotos tomadas de un televisor americano, que captó imágenes diferentes del alunizaje original. La nota que acompaña a las imágenes revela un nombre: Norberto Otero. Y una imagen más: Otero enarbolando la (supuesta) antena con la que habría podido registrar las imágenes de ese otro alunizaje.

Otero se vuelve entonces la figurita que el coleccionista tiene que conseguir para que el álbum –al menos éste- cierre en algún momento. La certeza de la dificultad está latente desde el comienzo. De Otero hay solo una dirección en Avellaneda. Una casa cerrada en la que nadie responde. Vecinos que no lo conocen. El primer dato que aporta algo de precisión proviene de una mujer que atiende un kiosco: Otero murió hace mucho tiempo, no tuvo hijos, nadie más vivió en esa casa. Ante la imposibilidad que ello implica, Larriera decide reconstruir, jugando al reflejo que le provee la duplicidad de las imágenes del alunizaje, la imagen de Otero encarnada en su propio hermano. Si la realidad del alunizaje se disuelve entre ensayos previos en un set e imágenes que captan diferentes elementos, la realidad de Otero sigue un camino similar: permanece esa única foto que se complementa con la reconstrucción ficticia de la casa y el personaje en el momento de la transmisión.

El Otero real va configurando un contorno difuso. Los compañeros de trabajo en Segba lo definen entre la seriedad y la parquedad, descartando cualquier posibilidad de que haya fraguado la historia de la transmisión. Hay quienes recuerdan su aparición en el clásico programa de Pipo Mancera, “Sábados Circulares”: algunos recuerdan que estuvo una vez contando su historia, otros recuerdan una segunda en la que se desdijo de la primera. Los radioaficionados desconfían: dudan que con la antena que se ve en la foto, en 1969 se haya podido captar esa transmisión. Victor Ferrando, el vecino que se dedica a limpiar y reparar armas de fuego, parece cimentar esa ambigüedad que no puede despejarse del personaje: Otero contaba que lo habían tenido secuestrado y torturado y que la Embajada de Estados Unidos le ofreció trabajo en la NASA. La mejor definición de Otero, la que muestra la contradicción definitiva es esa imagen que reconstruye el propio Ferrando desde sus recuerdos: en un armario de su casa, Otero tenía de un lado una foto de Marylin Monroe y del otro una de Adolf Hitler.

El coleccionista sabe que esa figurita del álbum ya no está. Que la única que existía se la llevó el tiempo y el olvido. Pero hay algo que persiste y es la convicción de que esas imágenes existieron. La sola presencia de las fotos en la revista parece alcanzar: lo que queda es saber qué fueron esas imágenes. Larriera y Armengol ensayan teorías como un juego en el que saben que no tienen todas las piezas que encastran hasta formar la figura definitiva. Abandonan una a una esas ideas por saberse imposibilitados de ponerlas en algo más concreto que no sean sus propias elucubraciones. Pero la sola admisión de la existencia, lleva a otra pregunta: de dónde se transmitieron esas imágenes y para qué se transmitieron.

Es esa pregunta la que termina por convertirse en la cuestión central de la búsqueda de Larriera. Es ese el momento en el que el coleccionista comprende que lo que está abriendo es un nuevo álbum que debe completar. Ya no necesita de alguien que venga a ponerle por delante aquello que no tiene. En el final, Lucas se sube a una terraza y conecta un viejo televisor a una antena, para tratar de captar las imágenes que captó Otero. Esas imágenes que faltan y que cree –todo coleccionista, es a fin de cuentas, no más que eso, un creyente- que siguen circulando en el aire como un loop eterno al que solo hay que disponerse, con paciencia, a esperar que aparezcan. Ese final no es más que la concreción del cambio que traduce la película. Si al principio el personaje creía que las imágenes eran las que lo perseguían, ahora advierte que siempre fue él quien las perseguía.

Calificación: 7/10

Canal 54 (Argentina, 2021). Dirección: Lucas Larriera. Guion: Clara Ambrosoni y Lucas Larriera. Fotografía y cámara: Inés Duacastella y Belén Asad . Dirección de arte: Cecilia Correnti y Paula Albornoz Iniesta. Sonido: Mercedes Gaviria. Montaje: Cecilia Astelarra. Duración: 90 minutos.


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