1. Tengo un recuerdo muy vago de Dante Panzeri. Cuando él murió yo tenía 10 años, y era difícil a esa altura tener conciencia de qué era buen periodismo y qué no. En todo caso, Panzeri era como un rumor. Un murmullo disonante, el tipo que siempre estaba contra todo. Y eso, probablemente viniera de mi padre. Porque en ese tiempo en casa se respiraba más fútbol que ahora, y al menos desde que tuve 6 años el día que más esperaba de la semana era el martes, cuando mi padre llegaba con la revista Goles (no sé por qué, a él no le gustaba El Gráfico, pero después que Goles desapareció, El Gráfico ocupó su lugar un par de años hasta que hubo que elegir qué revista seguir comprando y qué no). Panzeri no estaba ahí, claro. Por esos tiempos ya era una especie de francotirador en un territorio hostil. Después de su muerte, Panzeri era apenas una especie de contraseña para los conocedores, los paladares negros que lo recordaban. Sus libros habían quedado ocultos por el tiempo. No sé en qué momento, pero algo cambió. El nombre de Panzeri empezó a ser reivindicado por nuevas generaciones de periodistas deportivos, tan marginales como el propio invocado. Justo cuando el negocio del deporte se hizo cada vez más grande, el nombre de Panzeri volvía a circular.

2. A alguien se le ocurre pedirle a Sebastián Kohan Esquenazi desde una editorial, que seleccione un libro  para re-editar. Piensa en un libro que no esté en ningún lado. Piensa en Panzeri.

3. Lo que descubre es que no solamente el libro no está en ningún lado. Panzeri tampoco está en ningún lado. Es, de vuelta, un rumor. Un nombre que se había pasado de generación en generación durante los últimos 40 años como una seña de identidad. Pero eso. Nada más.

4. Entonces, el proceso se duplica. Los libros de Panzeri vuelven a editarse. Fútbol, dinámica de lo impensado (en la reedición, Kohan Esquenazi escribe uno de los epílogos), Burguesía y gangsterismo en el deporte y hasta una voluminosa antología de textos periodísticos surgen a contrapelo de la época. Como para recordar a todos que aquello que decía Panzeri en la década del 60 o en la del 70 no ha perdido ninguna vigencia. Y Kohan Esquenazi sale en otra búsqueda, a recuperar a Panzeri como figura trascendente del periodismo, en paralelo con la obra.

5. Buscar a un hombre que fue trascendente debería ser una tarea fácil. Pero en Argentina lo más probable es que si cayó en algún momento en el olvido, no haya demasiados registros posibles. No es cosa solamente de Panzeri: la historia argentina es un gran agujero negro en el que se pensó que la televisión y el cine lo registrarían todo, pero se perdió en el camino cualquier idea de archivo. Panzeri es, como muchos otros, una elusión. Su cara, su voz, son una especie de tesoro que hay que buscar en los más oscuros recónditos de los archivos privados. Y esperar que  la suerte ayude.

6. Tal vez haya que pensarlo desde la idea –creo que la sugiere Matías Bauso, el generador de uno de los grandes libros deportivos de la Argentina, Mundial 78– que sostiene que Panzeri era un “fuera de tiempo”. La idea admite una doble entrada. Por un lado, el carácter atemporal de su mirada sobre el deporte. Por el otro, el del tipo que en su reflexión sobre el hecho deportivo está corrido del tiempo en que lo formula. Se puede pensar una tercera vía aún más oscura: Panzeri como el hombre devorado por el tiempo. El que hay que traer de vuelta al tiempo para que sea recuperado.

7. Hay, en las declaraciones que se acumulan en el documental, unos cuantos lugares comunes que eran inevitables. “Hombre bisagra del periodismo deportivo” dice Gonzalo Bonadeo. “Crítico de lo establecido” señala Pablo de Biase. Su trabajo era “pegar y romper esquemas” tercia Tomás Sanz. Pero en todo caso hay que tomar a esos elementos como referenciales, como puntos de partida a partir de los cuales tratar de entender por qué Panzeri fue eso, y acaso más. Cuando Matías Bauso plantea que Panzeri elaboró una teoría crítica del fútbol, está yendo más allá de la simplificación al borde del slogan: está señalando que además del cuestionamiento lo que había era una elaboración que intentaba superar las limitaciones de la crítica per se. Lo que implica Panzeri es la discusión que va más allá de la pelea absurda alrededor de un partido del fin de semana, tratar de desmontar una construcción a la que ese comentarismo al borde de lo chimentero es funcional.

8. Desde las entrañas mismas del deporte, Panzeri escribía contra esa construcción. La crítica a los Juegos Panamericanos de 1951, símbolo de la relación entre el peronismo y el deporte. El boxeo como un daño a la salud. El automovilismo como industria. Los técnicos de la década del sesenta que hablaban de “ganar”, de “trabajo”, de “sistema”. Los “siniestros que copiaron lo peor de los europeos”. Los jugadores del Estudiantes de Zubeldía como una “secta de fanáticos”. Su pelea con Alberto J. Armando (y es curioso: ha sobrevivido una entrevista televisiva a este personaje que exige que Panzeri se rectifique, pero no la intervención del propio Panzeri). El antagonismo con José María Muñoz. La oposición desde el diario La Prensa a la realización del Mundial 78. Lo de Panzeri no es declamativo, es acción pura sintetizada en las palabras.

9. Lo que no está no se puede inventar ( y tal vez por eso, el intento de recrear a Panzeri desde lo actoral termina resultando fallido porque  no se puede reemplazar a lo irremplazable sin parecer una copia desdibujada). Persisten los recuerdos. Los envíos que Panzeri realizaba desde Chile para el Mundial de 1962 para la televisión. Su pico de popularidad cuando participaba del Noticiero Central de Canal 11. Pero quizás el más rico hallazgo del documental está en su recorrido por los tiempos en que fue director de El Gráfico. Porque allí no solamente aparece el ejercicio crítico puesto en la acción de editar una revista –la más importante revista deportiva del continente-, sino una mirada –“Yo soy un observador” lo escuchamos decir al comienzo- sobre el deporte. Ese momento en el que se detienen en la campaña que llevó adelante contra las fotos de los técnicos posando en el campo junto a los jugadores, los epígrafes asombrosos y maravillosos, los espacios que dejaba en blanco cuando se negaba a publicar esas fotos, son momentos sublimes (que también les dice a los que creen que Jorge Lanata inventó el periodismo desacartonado que ni siquiera fue original). Pero el gesto se completa cuando lo despiden de la revista. Y solo pide que lo dejen hacer un número más. Y entonces, vuelve a correrse del tiempo y con él corre a la revista, sacándola de su obsesión por lo actual, para poner en la tapa a un jugador retirado y el título “Báez, justicia para un olvidado”.

10. A diferencia de otros documentales, en Buscando a Panzeri la linealidad biográfica no existe. Se vuelve sobre la vida familiar de Panzeri como si en esa búsqueda se necesitara contrarrestar esa imagen previa. La del hombre continuamente serio. La de quien tenía una visión conservadora de la relación entre el Estado y el deporte. Es curioso, pero lo que parece apenas una forma de airear el documental tiene su razón de ser. Asistimos al relato de su casamiento, de su amistad con un ciclista italiano. Vemos las fotos en las que se sale de lo habitual (“Fue la única vez que lo vimos feliz” dicen, sobre su casamiento). Parece que todo va a quedar allí, como un episodio anecdótico. Pero entonces, la voz del hijo de Panzeri señala  que la esencia de su padre se la quedó Jorge Llistosella. El director entonces habla con él. Le dice casi como en un ruego, “Si no nos cuenta usted, no se va a saber”. Pero Llistosella dice que no quiere hablar. No lo dice, pero pareciera que si lo hace estaría cometiendo una profanación. “Extraño a Dante tanto como a mi padre” atina a decir, como para que el espectador entienda de qué está hablando. Es en ese momento en que se revela lo que Carlos Ulanovsky resumirá algunos minutos después. Panzeri se convirtió en una voz solitaria, tanto que nadie puede, ni pudo, hablar por él.

Calificación: 7/10

Buscando a Panzeri (Argentina, 2020). Dirección: Sebastián Kohan Esquenazi. Guion: Juan Villegas, Sebastián Kohan Esquenazi. Fotografía: Juan Ignacio Sabatini, Juan Pablo Sallato. Montaje: Titi Viera-Gallo, Gonzalo Cladera (VACA BONSAI). Dirección de Arte: Ana Cambre
Música: Juan Pablo de Mendonça. Entrevistados: Ezequiel Fernández Moores, Carlos Ulanosky, Matías Bauso, Tomás Abraham, Pol Ajenjo. Duración: 69 minutos. Disponible en Puentes de Cine (www.puentesdecine.com).


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