Por Gabriela López Zubiría.

Batalla en el cielo, o la película del chofer de los Reygadas. Esto que, a primera vista, parece peyorativo (y en realidad es casi cariñoso) es verdad en un doble sentido.

En primer lugar, porque Marcos (Marcos Hernández), el protagonista, es el chofer del padre del realizador y, en segundo lugar, porque esta elección da cuenta de una mirada de clase sobre lo que se narra. De hecho, Marcos representa a un chofer, en este caso de un general, y el triángulo se completa con su mujer y con Ana (Anapola Mushkadiz), la blonda y bella hija de su jefe.

Marcos y su mujer (que trabaja de vendedora ambulante en el subte) han secuestrado a un bebé. No queda claro si se trata de un sobrino de ellos o del sobrino de alguien más, pero casi todos somos sobrinos de alguien ¿no? La «tragedia» que desata el drama es que este bebé -secuestrado por dinero- «accidentalmente» se les muere. Y al pobre Marcos, claro, le cuesta cargar con esa pérdida. El director se ocupa de escamotearnos esta información, de banalizar lo abyecto de su “recurso discursivo” sepultándolo bajo escenas de sexo entre gente fea, y entre gente fea y gente linda. En este mecanismo tan menor y previsible reside la “provocación” que tanto revuelo causó la película.

Batalla en el cielo es una película sobre el dinero, y las respuestas de clase frente a él. Todo es absolutamente lineal y previsible, hasta la “provocación”. La película abre y cierra con la escena de una felación (lo que dio como resultado que algunos críticos la bautizaran una “película de mamadas”). La cámara construye una imagen simétrica, vemos la panza voluminosa y mestiza de Marcos, y la espalda de Ana, de puro marfil y sus dorados cabellos.


Reygadas estetiza el patetismo, la miseria, la fealdad, el deseo, y los vacía de contenido. Deseo que aparece ausente en los rostros de todos los involucrados. Nadie parece sentir nada, lo único que pesa en esta escena es el contraste: el gordo chicano y la rubia bonita. Y ésa es una mirada política. También lo son las escenas de sexo que representan Marcos y su mujer, donde lo único que se pretende es incomodar al espectador, cosa que seguramente logre.
La abyección -el secuestro de un bebé- como respuesta a una necesidad “real” de dinero en Marcos y su mujer -los pobres- es contrastada con la “rebeldía” de Ana que se prostituye por “diversión” (absolutamente TODAS las reseñas lo mencionan así) y, claro, esa diversión entre pares –Ana es una prostituta de clase alta, por pertenencia y por clientela- también redunda en dinero. La redención, la infaltable procesión a la Basílica de la Virgen de Guadalupe, casi un viejo sello del “nuevo cine mexicano”, y el asesinato premeditado del objeto de deseo están ahí, y nadie se sorprende.

Batalla en el cielo es una película horrible, pretenciosa y aburrida, y no por lo que muestra, sino por lo que pretende omitir construyendo un discurso de clase fuertemente prejuicioso, disfrazado de canchera provocación. Se parece más a una operación de marketing destinada a conmover a la crítica europea que a una película visceral y sincera.

(Un dato de color: el estreno de la película generó mucha expectación tanto por los comentarios recibidos por parte de la crítica europea, como por su fuerte contenido sexual. La secuencia inicial y final de la película es una felación, escena que fue censurada en su exhibición comercial en México, acción que el mismo Carlos Reygadas aceptó ante la solicitud de miembros del elenco.)

Batalla en el cielo (México, Bélgica, Francia, Alemania, Países Bajos, 2005), de Carlos Reygadas, c/ Marcos Hernández, Anapola Mushkadiz, Bertha Ruiz, 98′.

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