io+e+te+bertolucci“Me pregunto si alguna vez nacieron, si el presente resuena en su interior tal como resuena en el mío y no puede consumirse.”  

Antes de la revolución, Bertolucci, 1964.

La sobria negrura de los títulos iniciales da paso a la imagen de un joven con la cabeza gacha frente a la cámara. La única identidad posible se esconde detrás de un pelo ralo que oculta los ojos del protagonista. Lorenzo niega su mirada mientras un psicólogo lo interroga acerca de un suceso concluido en abandono. Es la mirada que abandona todo para recluirse ensimismada en el mundo interior de ese ser que, por ahora, es sólo una cabellera encrespada.

El cine de Bertolucci suele tener como tópicos a la revolución social, la cinefilia y el goce sexual (a menudo, incestuoso). Sus personajes reflexionan sobre la revolución pero nunca son partícipes activos de ella, sino que se recluyen en sus mundos de niños –porque muchos de ellos son o se comportan como tales- burgueses. Más tarde, esos “sueños” de revolución son abandonados para satisfacer pulsiones eróticas. ¿Por qué Bertolucci elige mostrar esas situaciones en segundo plano y alejadas de sus personajes? Quizá porque es la forma en que el director mismo las vio. ¿Cómo mostrar honestamente una parte de la historia que no se ha vivido, de la que no se ha participado ni se ha hecho carne? Sobre La libertad guiando al pueblo, Delacroix había dicho: “He emprendido un tema moderno, una barricada, y si no he luchado por la patria al menos pintaré para ella.” Una visión que Bertolucci comparte, no en vano se muestra en Los soñadores (2003) una imagen de este cuadro parodiado con Marilyn Monroe. Sus personajes son alter egos del realizador, joven burgués que sueña con revoluciones pero no ha participado en ninguna. Y ahora que sí podría levantarse por ellas dado el momento propicio de la crisis capitalista que azota a la Unión Europea desde hace algunos años, no puede hacerlo porque la juventud ya no tiene las pulsiones de vida, la fuerza – ni el interés- para hacerlo. Io e te es la denuncia de ello, donde se renuncia a ambos sueños: ya no se caminan las calles, no se piensa en el cambio, ni se consuman las pasiones.

Lorenzo vive abstraído en sí mismo, desdeñoso de la realidad que lo circunda y de las gentes que la comparten, concentrado únicamente en el mundo presentado por la tecnología en forma de reproductores digitales y computadoras portátiles, más algún libro olvidado. Esos escenarios que se le presentan llegan siempre de “afuera”, todos los temas musicales que irrumpen con violencia en la diégesis a través del Ipod son canciones de bandas estadounidenses, incluso una versión italiana de Space Oddity de David Bowie, y es así, por medio de la cultura, como el capitalismo carcome las entrañas de la juventud cambiando sus sueños por el tranquilo encierro de la ignorancia. El chico pasea por ambientes cerrados donde los planos cortos sofocan bajo una iluminación somnolienta de tonos celestes témpano que se contraen por reflejos de anaranjados chillones que incomodan la vista, casi lastimándola. Lugares gobernados por el sopor, más tarde cambiados por lugares de oscuridad, de amores olvidados y de tristeza.

151358En ostracismo autoinfligido Lorenzo se reencuentra con su hermanastra Olivia, quien llega allí refugiándose de un exterior marcado por la droga, el alcohol y demás vicios típicos del “artista moderno”. Entre ellos surge una conexión y cierta tensión sexual sublimadas luego en un baile que penetra la pantalla de forma inesperada representando no sólo una concreción erótica sino también afectiva. La única que asoma, con timidez y ternura, en la película, y que no durará mucho antes de ser interrumpida por un relato de violencia que Lorenzo no recuerda porque era muy pequeño. Y lo sigue siendo, cosa que manifiesta constantemente a través de gestos de nene, como jugar con la comida, agarrar el vaso con las dos manos, amortajarse detrás de una cortina para esconderse de su madre, miradas y posturas edípicas que, de acuerdo a Freud, son comunes a todos los hombres hasta que los cánones sociales se encargan de reprimir la desviación. En el caso del muchacho en cuestión esa represión no ha tenido lugar ya que no hay inserción social. La única sociedad con la que tiene contacto es una granja de hormigas a la que observa con ojos desencajados, producto de la extrañeza que le supone una sociedad ordenada y organizada de manera armoniosa y perfecta. Cambia una comunidad por otra (la de las hormigas) que puede estudiar y controlar desde afuera porque, claro, es un narcisista. Narcisismo que exime al individuo de la necesidad de un objeto sexual para alcanzar la satisfacción plena ya que se utiliza a sí mismo. Es por eso que, en este caso, el complejo de Edipo no se consuma. Ya no se necesita, es el individuo por sí mismo. Y aunque luego exista un vínculo con la hermana, el personaje termina separándose y volviendo a su hermetismo (ya no físico, en el sótano, sino en términos sociales). “Cada uno por su lado, y Dios contra todos”.

Io e teno propone redención ante la condena que presenta. Sus personajes (y con ellos, Bertolucci), ya descreídos del capitalismo y del socialismo, han quedado varados en una realidad que no entienden. Entonces, lo único que les queda es encerrarse en un sótano o huir al campo a ver caballos. La sociedad los ha defraudado y ahora sólo queda prescindir de la sociedad. El plano final cita a Antoine Doinel en Los 400 golpes (François Truffaut. 1959), pero sólo para negarlo. En esta ocasión, no es posible huir. Sencillamente, porque afuera no está la salvación.

Io e  te (Italia, 2012), de Bernardo Bertolucci, c/ Jacopo Olmo Antinori y Tea Falco, 103’.


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