Por Marcos Vieytes.
Menos de 80 minutos con los huevos en la garganta. Eso es Final del silencio, título con resonancias un tanto pretenciosas y herméticas que uno puede suponer filosóficas y terminan siendo psicológicas y precisas. El final es trágico, pero, hasta cierto punto, liberador. Más para el protagonista que para el espectador, no porque no veamos la resolución del conflicto sino porque no escuchamos el grito del atormentado, el final de su silencio, que es responsabilidad de un conocimiento colectivo silenciado. Entonces, queda rebotando adentro nuestro. El atormentado en cuestión es un pibe, digno heredero de los personajes de las películas de Nicholas Ray, ‘rebelde sin causa’ que no sabe qué hacer con su vida ni por qué razón hay que hacer algo con ella. Lo peor, como siempre, es que quienes lo rodean y engendraron tampoco saben qué hacer con él, o sí, pero sólo se les ocurre algo siniestro, vale decir algo terrible que nunca pronuncian y se vuelve peor aún por ello. Final del silencio es una de esas películas que muestra objetivamente la crueldad de ciertos funcionamientos sociales, como hacía Luis Buñuel en Los olvidados o Leonardo Favio en Crónica de un niño solo, sólo que concentrado aquí en el círculo familiar más cercano.

Los escasos 80 minutos tensos de esta película pesan en el pecho. La cámara en mano a veces sabe aquietarse, pero cuando lo hace deja lugar a la gravitación de un fuera de campo doloroso y potencialmente criminal. La película arranca in media res, con un desayuno familiar violento en una región rural de Francia y una madre que despierta a su marido diciéndole que tiene que encargarse del problema. El ‘problema’ tiene alrededor de 20 años, una cara cortada a cuchillo como las que aparecen en las películas de Pasolini, pómulos ásperos, ojeras coloradas, frente amplia, expresión salvaje y aire de perseguido interior. De su boca salen unas pocas palabras que siempre parecen insultos y transmiten impotencia detrás de tanta bronca. Es imposible no pensar por un momento que padece algún tipo de retraso mental. Arisco como un bicho, su intratable e intraducible presencia unirá a dos familias conectadas con el chico a lo largo de unos pocos días. El vínculo que hay entre ambas se revelará gradualmente y nunca será aclarado por nadie, pero los actos del último tercio no dejan dudas acerca de su naturaleza. 


Final del silencio es una cacería. No sólo porque organizan una durante la primera mitad, sino porque un arma en manos de este pibe desatará la búsqueda a través de un bosque lluvioso fotografiado con la misma paleta fría de El aura, de Fabián Bielinsky. También se nos impone la amenazadora inminencia de la muerte como en La ciénaga, de Lucrecia Martel, cada vez que un chico apuntaba fuera de campo con su rifle. Como la primera, Final del silencio recuerda los thrillers estadounidenses de la década del 70 en los que la estructura abstracta de los géneros era sometida al peso del mundo físico, en los que los que la férrea tipología freudiana con que se elaboraban los personajes en el guión clásico pulseaba con la complejidad de las respuestas psicológicas inclasificables del personaje ante situaciones concretas y el rodaje en exteriores. La escena, entonces, se vuelve impredecible y también es difícil adivinar la resolución del conflicto, porque es hasta admisible que no se resuelva debido a la decisión de filmar el material como si fuera un segmento cualquiera, sin especial relevancia, en la vida de los personajes. 

Sin embargo, Final del silencio no se vale del prestigio especulativo de la obra abierta para esquivar el bulto del cierre, lo que la hace todavía más arriesgada y corajuda. A Edzard no le interesa tanto el lucimiento retórico como para imponerse al material narrativo. El arte de la película está siempre en función de lo que les pasa a los personajes. La escasa duración y la enorme concentración dramática recuerdan la economía eficaz y potente de las películas clase B estadounidenses del Hollywood clásico o los ásperos polares (policiales franceses) de posguerra. La relación entre la cámara y los cuerpos nos hace sentir un malestar físico parecido al de las experiencias fílmicas propuestas por Cassavetes y Pialat. Todas estas referencias cinematográficas iluminan la relación entre melodrama familiar y policial, géneros unidos por eso que se da en llamar crimen pasional. En On Dangerous Ground, de Nicholas Ray, un adolescente con problemas mentales mata a una nena porque no le devolvió la sonrisa. En Final del silencio no hay una sola sonrisa durante toda la película, nadie pisa suelo seguro nunca y el punto de vista es muy a menudo el de una mira telescópica. En ambas, familia y pequeña comunidad se ciernen sobre todos, y en especial sobre el joven, como trampas filiales. 

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