Supongamos que una película se propone tratar un tema complejo. Que, a su vez, su intención es abordarlo desde un punto de vista diferente al habitual (al menos, eso es lo que declara su directora). Sigamos suponiendo. Que ese tema es la forma en que se enfrenta una adicción, en este caso, a una droga dura y marginal como es el paco. Que la idea es salir de ese retrato del “drogadicto” que resulta prototípico. Y que, para ello, el relato debe estar narrado desde afuera del personaje en cuestión y, a la vez, ser lo más realista posible (aunque se utilice un pulcrísimo blanco y negro, más deudor del policial clásico con sus claroscuros, que de una historia marcada por la droga).

Supongamos que no hemos visto, este mismo año, una película como Beautiful Boy, en la que la adicción del hijo se mostraba alternativamente desde la perspectiva del hijo y del padre. Supongamos que, si vimos la película, tratamos de evitar las generalizaciones y lo transitivo y pensamos que no necesariamente se repita la experiencia fracasada. Que, al fin y al cabo, una es una película industrial norteamericana, con actores conocidos para su explotación comercial y la otra es una pequeña película independiente, de una directora con cierto prestigio y un grupo de actores que no provienen de la industria.

Supongamos que le damos una oportunidad. Que creemos que se puede hacer una película como esa que se promete.

Y una de las primeras cosas que escuchamos es a Brisa (Mónica Galán), decir por teléfono que “hace muchos días que no sé nada de él”. Y en la siguiente escena, mientras ella camina por el costado de las vías del tren, encuentra a Hilario (Nicolás Mateo), su hijo, dentro de un contenedor de basura. Como buena madre, Brisa lo lleva a la casa, le da de comer, lo hace bañarse y le dice que duerma y que al otro día hablarán. Al día siguiente, cuando Brisa se levanta, su hijo ya no está y descubre que le ha robado nuevamente. Brisa entonces va a buscarlo hasta un baldío en el que supuestamente se refugia. Lo llama pero nadie responde, hasta que suena la alarma de su auto: alguien le rompió la ventanilla y le robó un tapado de piel. La secuencia de escenas que se describió someramente, que lleva de la inquietud al encuentro y de allí a la decepción, restablece una línea habitual en la mirada hacia un joven drogadicto. La construcción del personaje asumiendo la condición de supervivencia en un espacio marginal, dedicándose al robo en pequeña escala para seguir comprando droga –no solo le roba a su madre, como veremos más adelante, sino también a otros adictos- y despegado de cualquier lazo familiar (sus regresos a la casa familiar son para robar algo que luego pueda vender), no implica una mirada diferente, sino redundante sobre el retrato prototípico del drogadicto. La prosecución del relato no hace más que afirmar esa suma de lugares comunes: vemos a un padre (Gabriel Corrado) que se desentiende del destino de su hijo y que replica la solución terapéutica como salida única aunque ya haya demostrado su fracaso (“Esto es muy doloroso pero ya me hice la cabeza de que lo perdí”), una madre que insiste en forzarlo a una internación, y un hijo que una y otra vez escapa hasta que vuelve a caer después de amenazar con matarse (de manera literal: en una plaza, en la puerta de la casa de su madre).

Si el frente de la relación con el hijo se resuelve sobre la estructura de lo predecible (y dentro de esa predictibilidad se incluye la decisión, antes que la imposibilidad, de no intentar entender las razones que lo llevan a la adicción), un segundo frente que se abre a partir del personaje de Brisa adquiere características similares. Porque Brisa además es una actriz importante, una suerte de diva del cine (lo sabemos porque el taxista que la lleva la reconoce y le cuenta que se escapaba de su casa para ir a verla en “Amor perfume”), que está filmando una película llamada Los Felices, con un director (Rafael Spregelburd) que lidia con problemas de producción y con un actor principal que no llega. Si la filmación parece replicar en alguna medida, entre Brisa y el director, la misma indocilidad que se produce entre Hilario y su madre, parece funcionar a la vez como una línea paralela y como un contrapunto. En paralelo, en tanto tiende a reproducir las dificultades e imposibilidades que Brisa tiene con su hijo: de alguna forma, puede verse el desarrollo caótico de la filmación como un proceso de similares características a las de la madre que intenta recuperar a su hijo, al punto de detectar ciertas coincidencias en el recorrido final de ambas. En contrapunto, porque entre ambos frentes se postula una suerte de doble vida de Brisa en la que una y otra no tienen ningún tipo de contacto que no sea el de un llamado telefónico que la reclama a un lado o al otro. Esa situación es llevada hasta el límite de la obviedad: no solamente lo que le dicen en la calle a la Brisa/actriz y a la Brisa/madre se oponen diametralmente (el hombre que la reconoce en la vereda y pretende pedirle un autógrafo/la mujer que le grita que es una hija de puta por dejar a su hijo tirado en la vereda), sino que la apariencia física se contrapone (la peluca y la ropa que lleva siempre en el set no se parece en nada a la de la “vida real” de Brisa).

Pero volviendo al comienzo de este texto, una película que aborde el tema de la drogadicción debe estar dispuesta a quebrantar ciertas reglas de la corrección –moral, política- si es que pretende afirmarse en un territorio de por sí pantanoso. O se narra desde adentro y se acepta sumergirse en la perspectiva del adicto, asumiendo los costos que implique el rechazo de los potenciales espectadores, para tratar de comprender desde adentro qué es lo que ocurre con uno de esos personajes. O se narra desde afuera –como en este caso- y se planta en un lugar claro y contundente desde el cual afirmar la mirada. Cuando esa mirada se dispersa del objeto aparentemente central –la relación madre/hijo-, lo que se resiente es la totalidad de la estructura que se pretende sostener. Y no se trata solamente de las escenas de filmación. Cuando vemos que Brisa con su amiga entran en la casa abandonada que sirve de refugio para los adictos (a la que llaman “La Cueva de Alí Babá”), no solo se rompe cualquier verosímil realista (no es muy posible creer que esas dos mujeres de clase media alta se animen a internarse en ese espacio), sino que el tiempo interno y la duración excesiva de la escena quiebran el ritmo del relato y lo sumergen casi hasta el borde de un absurdo del cual le cuesta remontar. El problema de Baldío es la decisión de no asumir riesgos y contentarse con la pulcritud formal que no logra disimular la fragilidad de su contenido. En un punto es la misma película la que asume para sí misma el título: su territorio es el de un espacio baldío, improductivo, sin un trabajo que lo haga redituable.

Calificación: 4/10

Baldío (Argentina, 2019). Guion y dirección: Inés De Oliveira Cézar. Fotografía: Federico Bracken. Montaje: Ana Poliak. Elenco: Mónica Galán, Gabriel Corrado, Martín Pavlovsky, Nicolás Mateo, Rafael Spregelburg, Mónica Raiola. Duración: 79 minutos.


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