Todo comienza con el viejo problema de un padre que no comprende a su hija. Un pequeño problema en el seno de un grupo familiar disfuncional en el que no todo encaja. La joven Katie está por dejar el nido para iniciar su vida adulta y universitaria y esa partida expone la crisis en la relación entre padre e hija. Una macana más del padre de familia, horas antes de la partida de la joven, modifica los planes de viaje y lo que iba a ser un vuelvo cómodo en avión se transforma en un viaje en un auto destartalado junto a papá, mamá y su hermanito Aarón, un fanático de los dinosaurios que prefiere tirarse por la ventana antes que decirle a una chica lo que siente por ella.

La película dirigida por Michael Rianda y Jeff Rowe se plantea como una remake postmoderna 2.0 de Vacaciones, aquel clásico con Chevi Chase, para finalmente mutar en una visión subyugante del apocalipsis contemporáneo. En el medio de la travesía de esta familia freak se sucederá una rebelión de máquinas que intentará destruir a la humanidad.

Es interesante la visión de esas máquinas descartadas ante el inexorable avance de la tecnología que deciden vengarse del género humano. La rebelión frente a esta amenaza que supone el fin del mundo será conducida por este grupo familiar que tenía planes mucho más modestos como restablecer el dañado tejido familiar. Es justamente en el mix de géneros y tonalidades al que la película se abraza donde se encuentran sus virtudes; una película graciosa y angustiante a la vez, que tematiza con pericia cuestiones centrales de la vida contemporánea.

Alguien podría decir que no es la primera vez, en los últimos años, que el cine mainstream aborda la idea del apocalipsis. Allí tenemos, entre otros ejemplos populares, a la saga de Avengers. Pero esa idea de destrucción masiva que recrean los encapuchados de Marvel (o la saga del Batman de Nolan, si queremos buscar otros exponentes de fantasías de destrucción a escala masiva) están bañadas de un serio dramatismo, inspirado en las fantasías inconscientes surgidas con posterioridad al atentado de las torres gemelas. El cine superheroico de Marvel y DC, independientemente de sus virtudes y defectos, no es otra cosa que una puesta en escena de ese mundo en peligro frente a un Otro que viene a poner en jaque nuestro modo de vida.

La familia Mitchell vs las máquinas toma esta estructura argumental y hace saltar por los aires cualquier atisbo de solemnidad que podría atascar a la historia, cabalgando a paso de comedia durante 114 minutos frenéticos en los que uno se ríe (y se preocupa) ante la posibilidad de un futuro oscuro para la humanidad. El héroe de la película, y de la familia, es el padre, una reversión de Homero Simpson o Pedro Picapiedra en rebelión total frente al mundo moderno y las nuevas tecnologías que los acosan desde la misma puesta en escena.

De algún modo, La familia Mitchell vs las máquinas es síntoma de esta época llena de guiños a la cultura del meme y las redes sociales, pero a diferencia de otras películas de animación que utilizan este orden de cosas a modo de gag, aquí todo es incorporado al relato, agregándole consistencia dramática y espesor a la situación. El film de Rianda y Rowe funciona, a su vez, por el excelente timing para la comedia con el que se trabaja un tema tan pesado como el fin del mundo. Un extraordinario perro cerdo, dos robots fallados, una madre que con torpeza intenta traer paz a la organización familiar son algunos de los notables personajes que le dan sentido a un film clásico desde lo narrativo y moderno desde la forma.

Producida por Chris Miller y Phil Lord, que antes produjeron maravillas animadas contemporáneas como La gran aventura Lego y Spiderman, un nuevo universo, la película consigue que ese imaginario lleno de frikis y de velocidad narrativa infrecuente adquiera una consistencia argumental que puede pensarse incluso como un salto de calidad en relación a los films anteriormente mencionados. En el apocalipsis narrado hay tiempo para contemplar la belleza y pensar sin ponernos cursis en la importancia del amor en sus diferentes formas. Hoy, que Pixar ha sido deglutido por Disney y eso lo lleva a un inevitable proceso de metamorfosis, un film revulsivo como La familia Mitchell vs las máquinas es necesario para reírnos con toda la cara de estas fantasías que Hollywood viene tematizando hace dos décadas y que la pandemia solo ha profundizado dramáticamente.

La familia Mitchell vs las máquinas también puede verse como una oda al cine desde la puesta en escena. Allí tenemos a Katie, que filma desde pequeña, yéndose a estudiar cine, trayendo ese espíritu juvenil y lúdico de los jóvenes. El amor al cine es el gran tema que recorre la historia, y la convierte en una de las grandes películas de este tiempo en el que el apocalipsis ya no es una fantasía literaria o cinematográfica. Con películas como ésta probablemente el mundo que venga sea un poco mejor. Como están las cosas hoy en día, eso ya es un montón.

Calificación: 9/10

La familia Mitchell vs las máquinas (The Mitchells vs. The Machines, Estados Unidos, 2021) Guion y dirección: Michael Rianda y Jeff Rowe. Dirección de Arte: Toby Wilson. Montaje: Greg Levitan. Voces: Abbi Jacobson, Danny McBride, Maya Rudolph, Michel Rianda, Eric André. Duración: 114 minutos. Disponible en Netflix.