Luego de un muy fallido primer spin off de la muñeca de El conjuro (James Wan; 2013) y un segundo que funcionaba mejor que el primero únicamente porque la impericia de ese era monumental, llega una tercera entrega que, sin descollar, funciona gracias a la autoconciencia de los recursos y la inteligencia del guion.

La autoconciencia radica en la apropiación de los limitados recursos para trabajarlos con el estilo sugerente propio de la clase B, mientras que la inteligencia está en la astucia de proponer a la muñeca no como elemento amenazador per se -como hacían las anteriores entregas-, sino como médium, como medio para conducir a otras entidades a poblar los territorios humanos y tornar la casa en un todo amenazante.

Ese “todo” se traduce a todos los espacios, al afuera y el adentro siempre angustiosos: los ambientes pequeños, atestados de cosas, laberínticos, y las brumas que transforman el exterior en un no-lugar de pura asfixia, dejando sin opción de escape a las víctimas de Annabelle.

La casa, como recinto familiar, se descompone al irse los padres. Estos, que desde el comienzo de este universo cinematográfico se mostraron como protección salvadora (y que acaso ofician acá como deidad ausente), dejan a su hija al cuidado de una niñera y su amiga, ambas adolescentes. En ese punto resulta raro cómo Dauberman se corre del lugar común del género en la época a la que remite (los 70, ambientación que se da no tanto desde lo visual, sino desde lo sonoro, por la música), que dicta que los adolescentes son díscolos, propensos a caer en el pecado y desviarse del camino de la rectitud, donde el Mal llega de alguna forma para poner coto a los sediciosos y donde la final girl se convierte en tal gracias a su castidad. En este caso, los adolescentes son respetuosos de las reglas (no llevar chicos a la casa de sus jefes, por ejemplo), y si pecan o permiten que el Mal entre en sus vidas es más por una herida -la culpa-, que por romper alguna regla sagrada.

Tampoco los padres son mostrados como elemento de opresión, sino que se continúa con la línea de Wan –quien en esta oportunidad no dirige, pero produce-, de mostrar a la familia como institución protectora y primordial, sin la cual no es posible afrontar la realidad. Es en pos de salvar a la familia que se lucha contra cualquier amenaza. Es después de la partida de los padres de la casa que la realidad comienza a cambiar y trastocarse: lo que comienza como insinuación, como peligro latente, va poco a poco develándose en una ruptura total con el plano de lo real, con una fotografía que remite al giallo baviano, de colores contrastantes que pasan a ser simbólicos, y personajes que se miran a sí mismos en una puesta en abismo que se tiñe de Destino. El ingreso de Annabelle supone la pérdida del orden estructurante del ámbito familiar que hasta entonces era impoluto, y esa amenaza externa se va desenvolviendo en la creación de un clima avieso, sin caer en el facilismo del susto repentino, sino trabajando las tensiones y haciendo uso del comic relief para distender tanto como para potenciar.

Los recursos son utilizados con la precisión del buen estudiante de la historia del género (con referencias a la brumosa Hammer y sus cementerios, a la fotografía de Mario Bava, y a la perfecta familia WASP de Wan), lo que, si bien rinde frutos en el resultado final, por momentos se muestra como una sumatoria de lugares comunes y seguros a donde aterrizar. A esto se le suma la incomodidad ante ciertas frases hechas que casi parecen sacadas de algún folleto de autoayuda, puestas generalmente en boca del personaje de Vera Farmiga.

No obstante, pese a las cosas que puedan achacársele, la película de Dauberman es hasta ahora la mejor de la saga, quizá la primera nacida del universo Wan que, sin ser dirigida por él, funciona. Hasta ahora, las películas a las que El conjuro y La noche del demonio (Wan; 2010) abrieron una puerta, no rindieron frutos desde lo narrativo ni desde lo estilístico. Son producciones de bajo presupuesto que, en general, y gracias a las películas madres que las preceden, rinden en taquilla, pero no terminan de gustar -el caso más reciente es La monja (Corin Hardy; 2018)-. Esta es la primera de las spin offs que tiene conciencia del lugar que ocupa, e incluso da la posibilidad de abrir una puerta más, introduciendo otro personaje para una nueva saga (el vestido de la novia), aportando a que ese universo se expanda.

Calificación: 7.5/10

Annabelle 3: Vuelve a casa (Annabelle Comes Home; EUA; 2019). Guion y dirección: Gary Dauberman. Fotografía: Michael Burgess. Edición: Kirk Morri. Elenco: Mckenna Grace, Vera Farmiga, Madison Iseman, Katie Sarife, Patrick Wilson. Duración: 106 minutos.


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