1.El comienzo de Los vencedores establece una postura contundente. Entre el museo interactivo denominado Pisar Malvinas y la experiencia de, efectivamente, pisar el suelo de las islas, hay una distancia enorme. No solo porque lo virtual nunca puede suplantar a la realidad, sino porque esencialmente no se puede interactuar con el territorio ni con quienes lo habitan. Es la diferencia entre una simulación que pretende sustituir a la experiencia, brindando otra sustancialmente distinta, y la experiencia misma. La virtualidad permite un recorrido sostenido por un programa que elude la conflictividad, que simplifica hasta el punto de difuminar la complejidad, en este caso política, que implica Malvinas. Porque, a fin de cuentas, es la narrativa de este lado del mundo la que impregna esa simulación.

2. No bien la cámara comienza a registrar imágenes de las islas, lo primero que aparece es, justamente, la conflictividad. Entre la advertencia del lugareño respecto de que a la gente no le gusta que la filmen y el cartel que advierte que los argentinos serán bienvenidos cuando admitan su derecho a la autodeterminación, se comienza a perfilar un territorio decididamente hostil. Una tierra que no puede abandonar sus mecanismos de defensa, después de haber sido sorprendidos en 1982. En lo que sigue, Pablo Aparo entrevista a varios habitantes de Puerto Stanley, en las que esos elementos de conflicto no tardan en surgir, aunque en todos los casos se trate de intercambios amables y respetuosos. Con el retrato de la reina de Inglaterra dominando uno de los salones, lo que se afirma es tanto una pertenencia (“somos británicos, pero sobre todos somos isleños”) y una elección que implica no solo lo británico, sino la permanencia en el lugar en donde persiste una vida más simple y tranquila que en las grandes ciudades. Lo que se advierte es que eso a lo que alude el título, no refiere tanto a quienes triunfaron en la guerra militar, sino a los que, a partir de ella, afirmaron un sentido de pertenencia a esa tierra y a la relación con las islas británicas.

3.En el momento en el que ese conflicto parece ponerse en primer plano es cuando Aparo se desplaza desde Puerto Stanley hasta la zona rural en Goose Green. Porque, como le advierten antes de su partida, el encuentro con Matthew, el dueño de una pequeña finca que se dedica a la cría de ovejas, instala una tensión que puede provocar cierta violencia. “Odia a los argentinos”, le advierte el jefe de policía. Otros le dicen que no saben si estará bien cuando vaya a verlo. El primer diálogo lo reafirma. El tono en ese primer encuentro oscila entre la desconfianza (la pregunta esencial pasa por entender por qué está ahí) y la amenaza (“no me hagas enojar en la entrevista”). De hecho, esa entrevista propiamente dicha, se demora. Matthew estira con sus negativas la posibilidad, mientras la cámara lo sigue registrando en sus actividades diarias. Y mientras descubre, también, como señal inequívoca de carácter, los retratos de John Wayne que cuelgan en diferentes habitaciones de la casa.

4. Hay un momento en el que esa resistencia implícita parece quebrarse: es cuando Aparo le muestra a Matthew el video en el que se lo ve siendo un bebé, después de la liberación de la población durante el avance inglés en la guerra. Como si esas imágenes que nunca vio despertaran la necesidad de recuperar una experiencia –que fue ajena y que le llega como relato familiar- y ponerla en palabras. Y que sirven para una apertura que excede al personaje: el relato habilita una zona de la narrativa de Malvinas que permanecía vedada y que le otorga otra dimensión. El encierro colectivo de varias familias en un salón durante casi un mes, con escasas comodidades y poca comida, es la representación de la guerra como un territorio que excede a las batallas en espacios abiertos. La dimensión de la experiencia para la sociedad civil se traduce en otras palabras: ocupación, devastación, apropiación, encierro, prisión.

5.Matthew hace una diferencia en un momento. Entre los soldados argentinos y los oficiales. Especialmente entre el pueblo argentino y el gobierno de la dictadura militar que encaró esa guerra. “No se querían quedar acá” dice, en referencia a los soldados argentinos, como si no supieran qué hacer en esa tierra de la que no podían evitar caer en la disociación entre la pertenencia –geográfica- y la ajenidad –histórica, poblacional. Y esa mirada se complementa con la idea de que en las islas se sabía lo que pasaba en Argentina. Desde esa perspectiva, no es difícil comprender que no lo vieran como una liberación sino como una invasión. Que, para peor, utilizaba en las islas, los mismos procedimientos que en el continente: ¿o acaso encerrar a la población en esos salones no puede equipararse de alguna manera con los campos de concentración distribuídos por todo el país?

6.”La guerra nos puso en el mapa” dice Matthew y la frase afirma tanto el descubrimiento estratégico para el Reino Unido como la falla de la estrategia argentina. Allí hay un nudo que en nuestro país nunca se pudo desatar: el que debería entender que el absurdo de la invasión no fue una guerra que se sabía imposible de ganar, sino en las consecuencias que trajo a futuro. La guerra terminó por afirmar en los isleños dos cuestiones: la imposibilidad definitiva de un diálogo con quien los invadió por la fuerza y la necesidad de estar siempre preparados para que no vuelva a ocurrir. La militarización de la isla supone, se afirma, una tranquilidad psicológica ante la amenaza perpetua que representa la Argentina –aunque su actual poder de fuego, su potencial bélico sea aún más bajo que en aquel momento. La guerra por las armas sepultó las batallas que podían seguir dándose en el tiempo. Lo que se advierte en Los vencedores es una derrota más amplia: la de saber que por mucho tiempo –por no decir, probablemente nunca- las islas no volverán a ser argentinas.

7. Sin embargo, hay algo que alienta la película, que no implica la discusión a nivel político entre estados. La transformación en la relación entre Aparo y Matthew es palpable: pasa de una convivencia distanciada a un diálogo que, salvo por una escena cercana en el final, esquiva las rispideces, mientras logra diferenciar a las políticas y los gobiernos de los habitantes de ambos lugares. De la amabilidad de las entrevistas con los pobladores se pasa a una relación más cercana –que Aparo termine apareciendo en un mismo plano con Matthew en el final es una representación de ello-, donde la discusión se vislumbra posible dentro de un marco de convivencia. Que los dos puedan disfrutar de la misma admiración por el paisaje, es parte de ese encuentro que la película refleja como posibilidad. Lo que queda allí es el desarme de la lógica del enemigo que la posguerra de Malvinas y los continuos rebrotes de nacionalismo interesados no hicieron más que alimentar. Lo que queda es reemplazar a ese enemigo construido por un otro, primer paso para recuperar un diálogo arrebatado por la historia.

Los vencedores (Argentina, 2026). Dirección y guión: Pablo Aparo. Fotografía: Pablo Aparo. 97 minutos.

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