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Parece que a principios de los ’80, en Estocolmo, existía la firme convicción de que el punk no estaba definitivamente muerto. O por lo menos así lo piensan las protagonistas de We are the best! y su director, el sueco Lukas Moodysson. Marginales en su mundo cotidiano, enemistadas con la generación de sus padres, resistentes a la música de moda y, sobre todo, a la cultura del deporte competitivo, Bobo y Klara son dos rebeldes prematuras que ensayan una serie de estrategias divertidas e ingeniosas para poner en crisis ese mundo que emergía con fuerza en los años finales de la Guerra Fría. Tras la crisis del petróleo, los últimos estertores de la carrera armamentista, y el archivo (u olvido) de cuestiones sociales vinculadas con los procesos de descolonización y el feminismo, el mundo se aprestaba para una década de estabilidad de la mano de la política reaganiana de “mientras más capitalismo, mejor” y las naciones europeas emblemas del keynesianismo se adaptaban como podían o morían en el intento.

Aquel escenario fue clave para las resistencias culturales que, en este caso, Moodysson expone en la piel de dos jóvenes outsiders para las que la forma sí es el contenido: sus cortes de pelo varoniles, su ropa holgada y poco femenina, y sus consignas vociferadas en canciones improvisadas y algo absurdas, le dan verdadero cuerpo –un poco destartalado por cierto, a la manera del monstruo del Dr. Frankenstein- a aquellas banderas prestadas por las bandas rockeras de los ’70, con su espíritu libertario y contracultural a cuestas, y resucitan una estrategia de resistencia que parecía muerta y enterrada bajo los primeros escombros del viejo Estado de Bienestar europeo.

Nacido en 1969, Moodysson recrea los años adolescentes de su propia generación y elige la música punk como símbolo de aquella incomodidad que encontraba expresión superficial en atuendos, vestuario y actitud, pero que luchaba por desestabilizar los resortes profundos que sostenían aquella realidad. “¡Fucking Reagan y Brézhnev!” se convierte en la condensación de una postura que se instala en un escenario político concreto a partir del cuestionamiento a esa dualidad, sostenida entonces en la lenta transformación a la que aspiraba Europa. El deporte, los concursos y las competencias, la música bailable y el cristianismo son el blanco de esos ataques furibundos, fruto del espíritu juvenil de perpetuo desacuerdo, que también exponen una mirada crítica respecto a un país pensado como emblema del progreso y la igualdad, donde nadie pide monedas en la calle, donde la red de contención social está a la orden del día, pero que empieza a mostrar las grietas de un sistema que estallaría tiempo después como lo demuestra la aparición de grupos neofascistas con fuerte arraigo social (basta ver la prensa escandinava de los últimos 20 años, que hoy también impregna el grueso de la producción literaria que nos llega de esa zona).

103414_originalWe are the best! es una película tierna y festiva, y ese tono podría morigerar sus otras ambiciones. Así como la primera película conocida de Moodysson, Descubriendo el amor, contaba una historia de amor entre dos chicas marcada por el descubrimiento de la sexualidad, el deseo y el placer de la aventura mientras que, al mismo tiempo, mostraba el desafío de esa lógica inquieta y revoltosa a un mundo previsible como el adulto, estructurado en instituciones y espacios sociales que encontraban su mejor representación en la escuela, We are the best! nos habla de esta amistad como mucho más que una estrategia de supervivencia. Ese dúo de rockeras improvisadas, surgido de la rebeldía antes que de la verdadera vocación artística, da un importante paso hacia adelante cuando incorpora a una talentosa cantante y guitarrista que las chicas descubren en un concierto del colegio, que es un año más grande que ellas pero está siempre sola y aislada. Casi como el camino hacia la toma de conciencia, como la transición entre el “vos y yo” y el “nosotros”, la llegada de Hedvig se convertirá en el equilibrio de ese trío, en la clave de su fortaleza e integración. Aunque le cortan el pelo de prepo, aunque conserva una cadenita con una cruz como permanencia de su fe religiosa, aunque le cuesta desprenderse de su timidez y su tono sereno, la constatación evidente de su talento, la valoración de ese nuevo vínculo conseguido y la asunción de un liderazgo diferente, no visible sino subterráneo, casi metafísico, muestra a las claras las posibilidades de cambio que se alojan esquivas en los lugares más impensados.

Moodyson se reserva un delegado en su propia ficción: simpático y algo inmaduro, el padre de Klara pelea con su mujer por la ropa sucia, se ríe frente a las travesuras de su hija y toca el clarinete sentado en el inodoro. Su conciencia de ese lugar de rebeldía perdido –que se traduce en los intentos poco convencidos de imponer autoridad a sus hijos- lo acerca extemporáneamente a esos jóvenes que pueblan su casa. La música, terreno de encuentros y desencuentros en la película, se convierte nuevamente hacia el final en el instrumento de comunión entre Moodysson y sus personajes. Observador atento, algo infantil pero no distraído, ese padre que recuerda su juventud en las travesuras de su hija anhela, en cierta medida, contagiarse un poco de ese paraíso perdido.

We are the best! (Vi är bäst!, Suecia, 2014), de Lukas Moodysson, c/Mira Barkhammar, Mira Grosin, Liv LeMoyne, 102’.


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