Atención: Se detallan elementos importantes del argumento.

El prólogo presenta a una joven mujer, de espaldas, contemplando la vista al río desde la planta alta de una imponente casa, en un entorno apartado. Que de entrada no se la muestre directamente, es signo de lo que se esconde, de que las apariencias engañan. Así comienza Swallow (2019), opera prima del realizador estadounidense Carlo Mirabella-Davis. Se trata de un drama narrado mediante el recurso al thriller psicológico, como anticipa desde el comienzo la música perturbadora.

Hunter (Halley Bennet) es la flamante esposa de Richie (Austin Stowell), un joven que acaba de ser nombrado por su padre como director general de la empresa de su acomodada e influyente familia. Hunter viene de un origen más sencillo. Antes de conocer a su esposo era vendedora en una tienda de productos cosméticos y concurría infructuosamente a reiteradas entrevistas laborales en el rubro del diseño publicitario. Casarse con Richie supuso para ella alcanzar el sueño de vivir una vida feliz de princesa.

La joven pasa sus días en soledad, arreglando la casa, el jardín y aguardando por las noches a su esposo con la cena. El ambiente hogareño es de una perfecta armonía y asepsia, tal que resulta asfixiante y perturbadora. En este contexto, cualquier mínimo desliz, cualquiera pequeña mota de polvo, arruinarían ese cuadro perfecto. Y Hunter, siendo la extraña, realiza todos sus esfuerzos por encajar en ese ambiente, por ser la bella esposa y la eficiente anfitriona de reuniones sociales, orientada a hacer feliz a su marido.

Es interesante el uso que el director realiza del espacio en la casa para traducir el tono que tienen los vínculos en la clase social que representa al capitalismo. La frialdad y la armonía de esos ambientes impolutos traduce un mundo de modales correctos y mesurados, pero impersonales y distantes, donde las relaciones se reducen a meras transacciones comerciales y las personas a objetos de pertenencia que inflaman el narcisismo de su dueño. Aunque se enuncien palabras bonitas, como lo hace Richie respecto de Hunter en diversas escenas, a poco que avanza la película se deja ver que éstas no dejan de ser frases hechas y convenientes a la situación social, pero no encarnan en un verdadero sentir en el cuerpo.

Hunter intenta capturar la atención de su esposo, luciendo un vestido rosado que resalta sus formas y brilla respecto del entorno, pero éste sigue absorto en su trabajo. También trata de contar una anécdota de su infancia en la cena familiar con motivo de conocerse su embarazo, pero será rápidamente ninguneada por esa familia que sólo vive en los negocios. A través de distintas escenas, vemos que tanto para Richie como para su familia, Hunter queda reducida al ama de casa que lo atiende, al adorno que completa la foto de la familia ideal, al objeto sexual disponible a su necesidad o a la gestante de su descendencia; según convenga.

Y en este punto es donde comienza a cobrar relevancia el título del film. «Swallow» significa a la vez tragar y golondrina. Hunter finge hacia afuera que es feliz, pero calla y se traga cada vez la amargura y la decepción de saberse no querida, de no ser reconocida, de encontrarse fuera de lugar. Y es precisamente esta incapacidad de reaccionar, esta condescendencia para con un entorno que la humilla, lo que convertirá al pájaro silvestre (ligado a lo femenino) en uno enjaulado en un palacio de princesa.

El acceso a la maternidad puede constituir un momento desestabilizador, ya que requiere poner en juego herramientas simbólicas que permitan que el bebé no sea vivido como un invasor o un intruso por esa madre. De ahí que cuando Hunter quede embarazada, el “tragar” adquiera otro matiz. Ya no metaforiza el tragarse las palabras que enuncien lo que le molesta, sino que deviene en la irresistible compulsión a tragar objetos que no tienen un valor de alimento, conocida como Trastorno de Pica. Así vemos que ante el desaire afectivo, Hunter comienza a tragarse primero objetos inocuos como un hielo o una bolita y luego otros que van incrementando el daño que podría infringirse a sí misma o a su bebé, como ser un pinche, una pila o un alfiler. Esta práctica que era llevada a cabo a escondidas por Hunter, toma estado público para la familia cuando, durante una ecografía de control, se encuentren junto al bebé los extraños objetos, que le son extraídos mediante un lavaje de estómago de urgencia.

La materia metálica e inerte de los objetos que traga dan cuenta del tragarse esa frialdad que recibe de su entorno, que se verifica y se intensifica aún más habiendo tomado conocimiento del trastorno emocional que padece Hunter. Ante el descubrimiento, el padre de Richie (David Rasche) quiere mantener rápidamente la situación bajo control. Porque en ese mundo perfecto y completo que se sostiene en la ética del bien y de los bienes, ninguna desmesura, falta o aberración puede ser tolerada. Y como buen capitalista para quien todo se reduce a números, impulsa un tratamiento y exige eficacia comprobada y a corto plazo. Así, demanda imperiosamente que Hunter sea medicada. Su esposa Katherine (Elisabeth Marvel) apela a una lógica de tipo conductista e instruye a su nuera en el preparado de licuados energéticos y vitamínicos, para que aprenda a armonizar su mente con su cuerpo. Richie, quien en primera instancia se enoja con ella por fastidiar la foto de familia ideal, luego, como buena semilla de su padre, contrata a un enfermero que la asista y vigile sus comportamientos. Y es en este punto que, siempre manteniéndose dentro del registro realista, el director maniobra con habilidad para que la amable y apacible familia Conrad pierda paulatinamente sus amables semblantes y la veamos en su verdadera faz, introduciéndonos en el efecto de lo siniestro. El príncipe azul revela ser un tirano y el castillo de princesa vira hacia lo que verdaderamente es: una cárcel mortuoria.

Dado que el rico reniega de la castración, es decir del límite, y nada le falta, sólo puede relacionarse con otras personas reduciéndolas a mercancías pasibles de ser compradas. No hay allí lugar para el deseo, el amor o la compasión. De allí se entiende el acierto del director al mostrar que los personajes que pertenecen a otra clase social son los únicos capaces de manifestar empatía hacia Hunter. Así, el vigilador Luay (Laith Nakli), en tanto inmigrante sirio que huyó de la opresiva situación de la guerra, es quien puede brindarle su ayuda para una fuga cuando la familia plantee su confinamiento en una institución mental. Por otra parte, la terapeuta apuesta a la oferta de un lugar amable donde su decir pueda ser alojado para a partir de allí, encontrar una solución a su malestar,  menos costosa en términos subjetivos.

Y aunque los progresos terapéuticos de Hunter queden truncos cuando descubra que el afán de control posesivo de Richie llega al punto de violar la intimidad de sus sesiones (no hay nada que el macho rico no pueda comprar, incluso el secreto profesional), de estos encuentros surgen aspectos interesantes a destacar.  Hunter dice que cuando traga estos objetos siente que recupera el control y que le gustan las sensaciones que experimenta en su boca. Estos objetos que producen cortes en el cuerpo de Hunter, pueden leerse como un modo de cortar en lo real de su cuerpo con la angustia desbordante que la invade cada vez que se encuentra con el rechazo del otro (precisamente porque no puede ponerle un coto desde lo simbólico). De allí que adquieran luego el valor de un cierto trofeo, de un triunfo en cuanto a acotar el mal que le viene del otro. Por otra parte, el ”tragar” entra en relación con su pasado. Hunter fue producto de una violación. El violador ha cumplido condena por este delito y su madre, ferviente religiosa, nunca consideró practicarse un aborto. Hunter adviene entonces desde el lugar del deber de dar vida (no desde el deseo de hijo), que tapona el odio hacia esa hija. La situación de ser tomada por Richie en calidad de objeto, al servicio del sostén de su potencia viril y el embarazo, reeditan el trauma infantil, desestabilizando a Hunter. Es el deseo de muerte materno (como queda en evidencia cuando ante el pedido de ayuda, la madre le ratifique que no hay lugar para ella), lo que se reedita en la actualidad con la frialdad de la familia Conrad y lo que retorna en los actos dañinos que Hunter dirige contra ella misma y su bebé.  

El padre es función tercera entre la madre y el niño. En esta línea, que Hunter busque a Erwin (Denis O’Hare) resulta interesante. Erwin cumplió su condena y ha iniciado una nueva vida. Este hombre, por suerte, asume su responsabilidad por la demostración de poder machista que realizó en el pasado cuando violó a la madre de Hunter. Y entonces la disipa de la culpa mortificante. Este pasaje del macho todopoderoso al hombre en falta, es lo que le permite situarse en una función paterna. De este modo, puede funcionar para Hunter como una herramienta separadora respecto de ese deseo de muerte materno que funciona como destino de jaula, y así recuperar la libertad de elegir sobre su vida y sobre su cuerpo.

Swallow es una película que trabaja los mortificantes designios del macho capitalista respecto del  deseo femenino a través de una propuesta original. Mirabella-Davis logra combinar hábilmente el realismo dramático con el suspenso psicológico, para producir un efecto sumamente perturbador. La solidez del guion, el impecable trabajo de puesta en escena y la lograda interpretación de Haley Bennett, hacen de esta ópera prima una experiencia que vale la pena animarse a transitar. 

Calificación: 8/10

Swallow (Estados Unidos/Francia, 2019). Guion y dirección: Carlo Mirabella-Davis. Fotografía: Katelin Arizmendi. Montaje: Joe Murphy. Elenco: Haley Bennett, Austin Stowell, Denis O’Hare, Elizabeth Marvel, David Rasche, Luna Lauren Velez. Duración: 94 minutos.


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