
En su segundo largometraje de ficción, Una quinta en Portugal (2025), la realizadora española Avelina Prat indaga, a través del drama realista intimista, en los temas de la identidad y del hogar. ¿La identidad es algo dado para siempre o es algo que puede reinventarse? ¿El hogar es aquel en el que se nació o se está circunstancialmente, o es acaso aquel que se construye como lugar al cual poder volver?
La historia sigue a Fernando (Manolo Solo), un profesor de geografía cuya esposa desaparece intempestivamente sin dejar rastro. Cuando realiza la denuncia policial por su desaparición con el solo dato de que Milena era oriunda de Serbia, puede constatar que ha cruzado la frontera de dicho país; pero desiste de buscarla, pues se da cuenta que todo indica que no quiere ser encontrada.
Contrariado, ante el desengaño de lo que creía como una sólida historia de amor, Fernado se va de viaje a la costa de Portugal y allí, traba amistad con Manuel (Xavi Mira), el jardinero del hotel, que fallece inesperadamente por un paro cardíaco. Con el dato de que Manuel iba a trabajar en el jardín de la Villa de los Almendros, regenteada por una mujer acomodada, suplanta su identidad y se presenta a trabajar. Amalia (María de Medeiros), la dueña de la quinta, es una mujer amable, pero misteriosa y solitaria como él. Aunque ella se da cuenta de que Fernando no es el verdadero Manuel lo deja permanecer en el trabajo.
El tiempo va pasando y Fernando va trabando lazos afectivos con las plantaciones mismas, con el lugar y con Amalia. Llega el punto en que habiendo desenmascarado cada uno su pasado, Fernando se propone vender su departamento en Madrid para ayudar a Amalia a recuperar la plantación de almendros de su abuela, la cual sucumbió a una plaga. Se entera Fernando entonces que su piso está ocupado hace dos años por una mujer de origen serbio, que se hace pasar por Milena.
La película funciona entonces en el juego de duplicidades y de espejos con el trasfondo del colonialismo, pues Amalia pertenece a la descendencia de colonos portugueses en Angola, mientras que Olga (Branka Katik) es inmigrante en España como efecto de la balcanización de su país tras la caída de la Union Soviética. Se plantean así tres formas diferentes de exilio: el de Amalia, porque no es de ascendencia angolesa, pero tampoco se siente portuguesa; el de Olga, forzado por la necesidad de lograr mejores oportunidades económicas y el de Fernando, buscando dejar atrás un pasado doloroso. Y cada uno de los personajes está en busca de encontrar su lugar en el mundo o de encontrar el mejor arreglo posible con el lugar en el que vive.

Un hogar al que volver es aquel en el que se han podido echar raíces, forjadas por la memoria y los lazos compartidos. Así, Amalia encuentra en la finca una suerte de solución de compromiso a su no ser de aquí ni ser de allá, a condición de cada tanto, poder salir y regresar a ella. De Olga no sabemos si logrará hacer de Madrid su hogar, o si regresará a Belgrado, como le pasó a Milena. Fernando al regresar a Madrid se encuentra con una extraña, como bien puede ser extraña Madrid misma, no hay allí algo a lo que volver para él. Pero Fernando se configura entonces, como el personaje que logra genuinamente echar raíces en la quinta portuguesa y, por lo tanto, elegirla y adoptarla como su hogar al que volver.
El viaje a Portugal opera entonces en Fernando como una transformación interior, pues ya no vive la tierra desde la abstracción cartográfica distanciada, sino desde la experiencia afectiva de habitar un territorio, y eso le posibilita, sirviéndose de la ficción de otra identidad, reinventarse una vida más genuina.

La película sostiene además un gesto ético de solidaridad con la inmigración en la cesión que Fernando hace de su departamento a Olga, hasta que logre establecerse como ciudadana de derecho, habida cuenta de que allí ya no hay nada para él.
Una quinta en Portugal es una película austera desde las formas y mesurada desde su ritmo, que consigue su efecto gracias a sostener el misterio que rodea a la vida de los protagonistas y a la sensibilidad con que aborda temas de actualidad como el colonialismo y la inmigración, así como otros más universales y existenciales como la soledad, la identidad y el hogar, invitando desde allí a una mirada menos prejuiciosa y más humana.
Una quinta en Portugal (Una quinta portuguesa, España-Portugal, 2025). Dirección: Avelina Prat. Guion: Avelina Prat y Clara Serrano Llorens. Fotografía: Santiago Racaj. Edición: Juliana Montañés. Elenco: Manolo Solo, María de Medeiros, Branka Katik, Rita Cabaco. Duración: 114 minutos.
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