Profunda soledad: En el prólogo se nos presenta a una joven que trabaja ocasionalmente como empleada de limpieza, que tiene un bebé y es hipoacúsica de un oído. En los pasillos de la oficina de empleo, se encuentra con un hombre y escapa de él. Así comienza La hija de un ladrón (2019),  opera prima de la realizadora española Belén Funes, que nos sumerge en la historia de Sara (Greta Fernández), una joven en situación de vulnerabilidad. 

Sara debe lidiar con dos situaciones: la precariedad económica (no tiene un trabajo estable y vive temporariamente en un departamento tutelado para jóvenes madres solteras) y afectiva (sufre el abandono de una madre, elemento que la directora deja en fuera de campo, y el de su padre, que ha permanecido varios años en prisión).

La directora construye a una protagonista fuerte y decidida, una joven mujer luchadora que busca sobreponerse ante estas adversidades. Insiste en la búsqueda laboral, pese al rechazo que muchas veces implica la situación de tener un bebé sin red de contención familiar, y así logra quedar efectiva en un comedor como asistente de cocina.

En lo que hace al plano emocional, Sara anhela el contacto afectivo de una familia. Así, cuando Dani (Àlex Monner), el padre de su hijo, regresa de un trabajo en la vendimia en Francia, ella busca componer en varias ocasiones la relación de pareja, exponiéndose a la negativa de él. Por otra parte, Sara tiene un medio hermano de edad escolar llamado Martín (Tomás Martín). Su hermano se encuentra en un internado para niños huérfanos, del cual quiere salir, especialmente a partir de la liberación de Manuel (Eduard Fernández), su padre, de la cárcel.

Uno puede ver reflejada en Martín, la infancia que alguna vez fue también de Sara, lidiando con las decepciones de un padre que realiza promesas de presencia que luego no cumple. Esta situación se mantiene en el presente. Manuel alega ser un hombre nuevo, pero promete llamados y ofrecimientos que luego no sostiene. La relación entre Sara y su padre está teñida entonces por una profunda ambivalencia: necesita su afecto y contención, pero lo odia por sus reiterados abandonos y decepciones a las que la expone. ¿Cómo se lidia con la necesidad del amor de quien te hiere? ¿Cómo separarse de un lazo tan primario como el que te une a un padre? Estas son las encrucijadas que se le plantean a Sara y en las que la directora nos involucra poniendo la cámara pegada a la protagonista para que la sigamos en su periplo emocional. Los pequeños triunfos y alegrías de Sara se opacan rápidamente ante el regreso de este padre lábil en su función. Y así, mediante los planos cerrados, palpamos la frustración y la angustia que se van apoderando de Sara, ante la repetición de la posibilidad del desamparo.

La desesperación por el contacto afectivo, que brota como el llanto incontenible de su propio bebé; choca con la cruda realidad de las posibilidades concretas de Sara de hacer familia en la escena final del litigio en tribunales; donde Greta Fernández encarna a la protagonista con una verosimilitud  y espontaneidad que logra traspasar la pantalla.

Funes propone en este drama social y familiar narrado en clave realista, una heroína de los márgenes que evoca una filiación con el cine de los hermanos Dardenne, tanto por la austeridad de los recursos que emplea como por la evitación de subrayados y golpes bajos innecesarios. El color rojo de la campera que identifica a la protagonista, permite así visibilizar el mundo de las mujeres vulnerables que luchan estoicamente y diariamente en soledad y que se hicieron fuertes a los golpes, curtidas por la rispidez de la situación socio-familiar que habitan.

Aquello que perdimos en el fuego: Las impresionantes imágenes iniciales de Lo que arde (O que arde, 2019), película del director francés Oliver Laxe, logran que el fuego que arrasa con el bosque se vuelva a la vez inquietante y fascinante.

Amador Coro (Amador Arias) es un conocido pirómano de la zona de Galicia, quien al salir en libertad de la cárcel regresa a su pueblo rural en medio de las montañas a vivir con su anciana madre Benedicta (Benedicta Sánchez). Allí Amador la ayuda en el arreo de las vacas, se hacen mutua compañía y somos testigos de la vida rural de ambos en contacto amable con la naturaleza, así como de su convivencia con algunos otros pobladores. Amador es un hombre taciturno, solitario y de pocas palabras. Su característico rostro surcado por las arrugas y cierto desencanto se impone en su singular presencia. La atmósfera de pueblo chico se capta en los chistes y chismes sobre su ausencia, que se esparcen rápidamente por los alrededores como un reguero de pólvora.

En una escena clave donde Amador le señala a su madre el crecimiento desbocado de los eucaliptos, sin dejar que crezca otra cosa a su alrededor, Benedicta le dice: “Si hace sufrir, es porque sufre”, mientras las máquinas que talan árboles merodean por el lugar.

Estas pequeñas situaciones anticipan lenta y sutilmente lo que viene. La paz del pueblo se ve alterada por la ferocidad imponente de un incendio arrasador, difícil de controlar para los bomberos. Las imágenes del fuego que avanzan son tan bellas como angustiantes. El daño es inevitable y desolador. La angustia de lo perdido precipita a los pobladores a buscar un culpable, donde Amador se presenta como el blanco más fácil.

El mayor mérito del film de Laxe es apoyarse en la poética visual para construir su narrativa,  evitando caer en subrayados evidentes. De allí que se destaque en su belleza y estética fotográfica. El adecuado manejo de la luz, tanto en interiores como en exteriores, construye imágenes pictóricas de realismo costumbrista y también de gran potencia simbólica.

Lo que arde nos invita a reflexionar sobre el valor del respeto por la naturaleza, que mucho más grande y sabia que nosotros, se resiste a someterse plenamente a las ambiciones humanas. Entonces, la endiablada belleza del incendio puede pensarse en una doble vertiente. Ese fuego evoca tanto las llamas del infierno mismo (creado por el hombre), como también la defensa y purificación de la propia naturaleza, respecto de la nociva codicia del capitalismo salvaje.

Una errancia fecunda: De pocos realizadores uno diría que saben sobre el mundo femenino. En La virgen de Agosto, y acaso por la impronta de Itsaso Arana en el guion, Jonás Trueba logra pasar la prueba.

Eva (Itsaso Arana) es una mujer de 33 años que decide quedarse en Madrid durante las verbenas de la primera quincena del mes de Agosto. Esto la sitúa ya en el lugar de la rareza. Va a contramano de la mayoría predecible; al permanecer estoica cuando casi todos parten de vacaciones hacia otros lugares para evitar el calor sofocante de la ciudad.

El verano implica una temporada relajada y Eva se permite abandonar las obligaciones, las determinaciones y los semblantes que actuamos para los otros, para encontrarse a sí misma tal como es. La película se construye entonces en torno a la deriva sin rumbo determinado de Eva por las calles de Madrid y a las conversaciones que mantiene a partir de una serie de encuentros casuales que le ocurren.

Eva aparece como un personaje enigmático, no se sabe claramente qué quiere, ella no sabe quién es, ni qué espera de su vida. La errancia como modo de andar y su extravío hacen de ella un personaje al cual «no se le puede sacar la ficha» de entrada. El misterio de Eva es un rasgo típico de lo femenino. Su deslocalización y su fugacidad se expresan en esa mirada suya hacia el cielo, sin punto fijo definido, que se topa por azar con una estrella fugaz. Su interés por los saberes esotéricos, alternativos al saber científico, por los insondables designios del cosmos y la fe religiosa que se respira en las calles madrileñas, hacen también de Eva un personaje femenino por excelencia. 

La protagonista va transformándose en su deambular. Y como en toda buena historia de amor, Eva (parafraseando a Picasso) no lo busca sino que lo encuentra por contingencia. Agos (Vito Sanz) fuma melancólico y taciturno en un viaducto. Se trata de una zona prohibida por las autoridades, no apta para almas sensibles y en pena, dado la leyenda popular que lo vincula a un desdichado amor romántico. Que Eva traspase aquella barrera que la separa de Agos, que lo siga en su recorrido cuando lo vuelva a encontrar casualmente por segunda vez, es signo de que es una mujer que rompe con el estereotipo de la mujer que es seducida mediante trucos por el hombre. Eva avanza decidida hacia el hombre para gozar de él, dejando atrás sus inhibiciones y prohibiciones internas.

El amor cuando ocurre es del orden del misterio y del milagro. Este aspecto le otorga el aura de lo divino, de lo místico. El milagro de un embarazo virginal, al que refiere el título, es el elemento que condensa metafóricamente la posición de Eva. Ya no se trata de la feminidad desamarrada del comienzo, sino de una posición femenina que no reniega de su relación con el falo. Su relación con Agos la conecta con el enigma de ese goce de lo divino, de la palabra de amor que resuena en el cuerpo, pero a la vez le brinda un punto de anclaje a esa loca deriva infinita. En una época de tanto cinismo y desencanto, no queda más que celebrar que en La virgen de Agosto Jonás Trueba haga una apuesta fuerte y nos regale esta luminosa historia de amor de claros ecos rohmerianos que consigue conmovernos.


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